El fútbol es considerado el más universal de los deportes y los cubanos no escapan a su embrujo.
Poco importa que la selección nacional cubana no alcance niveles de importancia en los eventos propios o multideportivos. La afición de los cubanos por el fútbol se ha alimentado de esa pasión por los deportes, que se ha educado en años de masificación de la actividad deportiva y la inigualable posibilidad de ser testigos, a través de extensas jornadas televisivas, de todas las incidencias de cuanto evento deportivo de nivel tenga lugar en el planeta.
Los cubanos hacen suya la pasión ajena, la que ocupa el pecho de millones de fanáticos en el mundo. Podrá encontrar en nuestras calles acérrimos defensores del fútbol italiano, inglés o español, a nivel de clubes; o de Brasil, Argentina, España o Alemania, a nivel de selecciones.
El fanatismo se alimenta por diversas vías. Buena parte recae en los medios de prensa y la televisión nacional, en los cuales las noticias sobre las principales ligas y copas (fundamentalmente europeas) se disputan un valioso espacio con el béisbol; tanto, que en no pocos foros y blogs se ha llegado a cuestionar el lugar preponderante del béisbol en el gusto de los cubanos.
Internet también contribuye a la formación futbolística de los de esta tierra; si bien esta opción aún no llega hasta la casa de cada uno de los amantes de este deporte, busca los derroteros para, desde hoteles, universidades y centros laborales, mantener el nivel de actualización necesario para alimentar la polémica y el debate entre los hinchas cubanos.
La televisión nacional cuenta de tres espacios oficiales cuya
temática fundamental es el fútbol foráneo (paradójicamente poco se habla del de
casa, incluso en pleno campeonato nacional) y este tiempo se multiplica
extraordinariamente cuando eventos como
En días de Mundial, las ciudades cubanas se convierten en una extensión de la sede. En cada calle, parque o centro deportivo se improvisan pequeñas canchas donde se dirimen partidos que mimetizan los que minutos antes se disfrutaron a través de la pantalla.
Recuerdo aquel primer año universitario que coincidió con el Mundial de Japón y Korea, cuando dormíamos con los colchones puestos sobre el piso, frente a un televisor programado para encenderse a plena madrugada cuando, por la diferencia horaria, comenzaba el primer partido de la jornada. O aquellas otras semanas del Mundial alemán, en los que, otra vez acostados cómodamente sobre los colchones, ya casi libres de las presiones docentes, salíamos “disparados” quince pisos abajo para almorzar lo más rápidamente posible y así no perder un minuto de partido.
Pero esta pasión no solo se desata en eventos multitudinario como
Y es que, como asegura un texto que por estos días volví a leer (en una de las tantas versiones que ha llegado a mis manos), donde un “reconocido sabio maestro” (sic) intenta (no sin éxito) definirnos: cuando los cubanos discuten, no dicen: “No estoy de acuerdo contigo” sino “¡Estás completamente equivocado!”.
Actitud perdonable, debemos decir, porque el fútbol “es el deporte más hermoso del mundo” y a fin de cuenta, los aficionados cubanos suelen ser más madridista que los del Madrid y más blaugranas que los del Barça.