Un Suspiro
| 07/04/2017
Cual cascada de colores y aromas, camino por la orilla de las acequias a sacar las moras brillantes, esquivando espinas, en el mismo instante que grabaron los cinceles del cielo, con idéntico sentido, sumergido en un río fresco y amigo, en las pozas de verano, entre Petorca y Chincolco, trepando la cruz del alto con amigas niñas, degustando el miedo bajo las velas y los ave maría que eran escudo contra maleficios, hasta que el sueño se cimbraba desde el jarro de loza, con leche olorosa a canela y naranja, hasta cerrar los ojos para nuevos episodios de una dimensión sin prisa, derrochadora de magia, estampando las experiencias y rasguños de las chilcas en las rodillas, en una galería dorada, donde entro a ratos, como a una cajita de fósforos a admirar una mariposa desecada que mantiene su aire faraónico. Las laderas de la ensoñación son reductos atesorados que entro a caminar hasta que las lágrimas aprietan mi pecho y debo suspirar para volver a la realidad, con sus agujas y sus campanarios secretos. Quizá un segundo de distracción, perdón ¿dónde estábamos?

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