Lobbistas
y Transparencia
El lobby
se define como toda actividad que desplieguen los privados, con o sin fines de
lucro, organizados formal o informalmente como grupos de presión o de interés,
para influir en las decisiones del Estado en defensa de dichos intereses
particulares.
Comúnmente
conocidas como gestiones de pasillo, estas acciones se han desarrollado
históricamente con máximo sigilo, por lo que siempre han quedado al filo de la
legalidad, pues es difícil delimitar una simple exposición de legítimos
intereses particulares, de un canje de favores con agentes del Estado, lo cual
puede ir desde la burda coima a formas más sutiles de vinculación que
configuran el concepto de “tráfico de influencias”, la más clásica forma de
corrupción y captura del Estado por parte de intereses privados.
En
Estados Unidos la actividad de los lobbistas que trabajan para terceros está
regulada por ley. Deben registrarse con una información completa y dejar
constancia pública del interés que representan, de la existencia eventual de
conflictos de intereses y registro de las reuniones y contactos que realicen,
de manera que se sepa públicamente con qué autoridad o funcionario del Estado
se reúnen, así como el texto de sus presentaciones.. En la Unión Europea no
está tipificada la función de lobbista, pero la Comunidad ha generado pautas
para la autorregulación y reglas de transparencia que permiten conocer las
posiciones de interés con sus correspondientes argumentaciones de cualquier
grupo o persona que ejerza su derecho a opinión y demanda ante las
instituciones comunitarias.
Influir
es parte del juego democrático.
Peter
Drucker nos hablaba de la inteligencia que necesitan desarrollar las
organizaciones empresariales, señalando que es la capacidad para cambiar
favorablemente su medio ambiente. Y lo tipificaba en tres frentes: el
tecnológico, el mercado y el gobierno. En cada uno de estos ámbitos las
organizaciones pueden ser pasivas o proactivas, lo que marcará la diferencia en
sus resultados. Por ende, una organización, de manera natural, desde la óptica
de la administración de negocios, buscará influir en las decisiones públicas
para que la favorezcan o, al menos, no la afecten.
La
diferencia de tamaño y recursos de las organizaciones empresariales marcará
distintas formas de acceso al Estado para influir en él. Las corporaciones
multinacionales, en el contexto global, buscan tener un peso determinante en
los gobiernos, construyendo lazos con las élites políticas de diversos
partidos, captando a los líderes naturales, acogiéndolos en sus think tank,
invirtiendo en becas para apoyar a su formación, financiando sus campañas
proselitistas. Esto lo hacen en los países centrales, donde radican sus casas
matrices, y en los países periféricos donde funcionan sus filiales. Procuran
así formar dirigentes políticos que sean sensibles a sus visiones e intereses.
Como un hito en esta función de influencia y control del Estado, recordemos
como, a iniciativa de David Rockefeller, en 1971, Zbigniew Brzezinski dirigió
un grupo de trabajo para fijar las bases ideológicas de una organización
privada de planeamiento geopolítico destinada a promover el ideario
socialdemócrata a nivel mundial en forma antagónica al imperialismo soviético.
Nació así la Comisión Trilateral, Trilateral Commission, fundada en Tokio en
Junio de 1973 y que reunió intereses financieros, industriales, y políticos de
Estados Unidos, Europa Occidental y Japón. La Trilateral Comisión contaba entre
sus fundadores a hombres como Giovanni Agnelli, Director Ejecutivo del Grupo
FIAT, James Carter, candidato demócrata por entonces, Henry Kissinger, operador
geopolítico del partido republicano, Raymond Barre, ex-premier francés, Akio
Morita, fundador de la Sony, el propio Brzezinski y otros 300 personeros de una
suerte de supremo gobierno mundial, que sustentó el proceso de globalización
una vez desaparecida la URSS. Un club privado de personas poderosas que se
conocen entre sí y manejan el mundo corporativo planetario.
Por su
parte, las grandes empresas nacionales, tradicionalmente han actuado sobre el
Estado a través de sus organizaciones gremiales y los partidos políticos de
derecha. Sin embargo también sus lazos de influencia se han modernizado,
extendiéndose ahora a políticos de partidos de centro o de izquierda, a quienes
han reciclado estratégicamente como miembros de los Directorios de sus
empresas, tal como lo hicieran durante el período militar con uniformados de
alto rango en retiro.
Las
cúpulas gremiales de carácter federativo, consolidan los intereses de numerosos
gremios sectoriales y suelen usar, además de sus acciones directas, el concurso
de lobbistas que mandatados por los grupos de interés, usan su acceso político
a las élites gobernantes para abrir puertas y presentar los petitorios de
dichos grupos empresariales, a cambio de remuneración o favores que quedan en
la confidencialidad del trato privado. El peso político de las organizaciones
gremiales de los grandes grupos económicos es evidente y baste con nombrar como
ejemplo a la Confederación de la Producción y el Comercio, la Asociación de
Exportadores, la Sociedad de Fomento Fabril o la Cámara de la Construcción.
En la
base productiva, finalmente, con una débil capacidad de influir en las
decisiones políticas, encontramos un amplio y heterogéneo sector de medianas y
pequeñas empresas productivas, que no han logrado imponer sus intereses en el
ámbito tecnocrático del gobierno, como para lograr que se implementen políticas
públicas adecuadas a su realidad y problemas. Para estos sectores medios bregar
en el contexto de un sistema económico que está concebido con criterios
concentradores, que se contraponen a sus intereses de asociatividad,
cooperación, facilitación crediticia, les ha significado ser marginales en la
agenda de los gobiernos y no ser priorizados en las políticas públicas financieras,
tributarias ni de promoción. Quizás sea el sector que más requiere y con la
mayor urgencia un plan que integre sus intereses, que aportarían a la economía
un efectivo crecimiento, superando el estancamiento actual. Pero, para ello
serían necesarias medidas que les ayudaran a superar algunas debilidades
estructurales que constituyen barreras para participar en la economía en
términos equitativos. La asesoría experta en esta materia, perfilada luego como
lobby técnico-político, para presentar proyectos sólidos ante las autoridades,
podría ser el camino técnico que estos sectores necesitan para sensibilizar a
parlamentarios y autoridades de gobierno, sobre soluciones adecuadas a la
realidad de estos sectores productivos medios.
En
definitiva, transparentar las acciones de lobby para que dejen de estar
enmarcadas en el secretismo, es una condición indispensable para mejorar el
sistema democrático y prevenir situaciones de corrupción. Asimilando la
experiencia internacional es necesario asegurar el expedito acceso a la
información y ejercicio del derecho constitucional de petición, sin ningún tipo
de discriminación.
Reglamentar
el lobby en Chile
El
proyecto de ley sobre el lobby contempla el que se realiza a través de terceros
y, al respecto, pretende crear una categoría de “lobbistas profesionales”, la
que se adquiriría por el sólo hecho de haber representado a dos personas o
empresas al año, y registrarse ante el Congreso.
En el
proyecto sobre el lobby que se ha discutido en el Senado, se ha pretendido
incorporar como una actividad de intermediación el lobbying. La acción de
lobby, independiente de quien la realice, debiera ser transparentada con un
registro público de los documentos y gestiones que presente ante las comisiones
del Congreso o los gabinetes de los parlamentarios, cualquier persona o grupo
de interés. Además, el grupo de interés o persona se debería identificar y
podría ser ubicado por categorías como con o sin fines de lucro, ciudadano,
gremial, profesional, nacional o internacional.
Más que
tipificar un “lobbismo profesional” que crearía artificialmente esta suerte de
gestores oficiales registrados ante el Congreso, sería necesario exigir que
quien desee ser lobbista acredite una experiencia comprobada en el tema que se
le encomienda presentar, ya que, de lo contrario, cualquiera, sin mayores
méritos que el conocimiento del ambiente político y de los laberintos del
entramado burocrático, podría adquirir esta seudo profesión de lobbista, sin
tener las competencias efectivas para presentar ante la autoridad un proyecto o
propuesta por cuenta de terceros.
En
realidad, lo conveniente es que sea el propio grupo de interés el que haga la
presentación y que, en caso de recurrir a la asistencia técnica de un Consultor
externo, éste deba cumplir con todos los requisitos de funcionamiento legal y
tributario, como persona física o jurídica.
Para
complementar una ley sobre lobby es primordial que se haga efectivo el libre y
expedito acceso a la información sobre los actos administrativos; que se establezca
la declaración de patrimonio y de intereses y relaciones de funcionarios hasta
tercer nivel y de parlamentarios, sus cónyuges y parientes, de manera que la
ciudadanía pueda ejercer una fiscalización de los organismos públicos con toda
la información a disposición.
Finalmente,
frente a los lobbistas profesionales de diferentes profesiones, es necesario
que se recupere el rol de control ético de los colegios profesionales, de
manera que profesionales médicos, ingenieros, administradores, que ejerzan este
rol de intermediación ante las autoridades en representación de terceros, lo
hagan cumpliendo con reglas éticas y sean de alguna manera supervisados por sus
pares, a efectos de que no se falte a la fe pública ni se invadan los ámbitos
profesionales de cada especialidad. En este sentido, es más conveniente que en
vez de pretender regular el lobby, se fijen pautas de autorregulación, tal como
se estila en la Unión Europea.
Desde la
visión de Estado, es importante que todo contacto de funcionarios, autoridades
o parlamentarios con privados quede archivado en un registro instalado en la
web, que informe los motivos del contacto, temas presentados y documentación de
respaldo.
El tema
de transparentar significa eliminar el secretismo y poner a disposición del
público lo que cualquier persona presente como argumento de defensa de sus
posiciones o intereses. Toda persona u organización, con o sin fines de lucro,
tiene el derecho a conocer lo que otras opinen en relación a los temas que le
interesan o que puedan afectarlos. Así, la reglamentación del lobby es parte de
la participación ciudadana y no se debería descontextualizar de ella.
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diciembre 2006, Periodismo Independiente @hnarbona en Twitter
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