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Hernán Narbona Véliz (22/01/04)
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CUANDO LA TARDE caía en
Valparaíso, alrededor de las siete de la tarde, mi mamá se preocupaba de que
hiciera mis deberes y mientras yo sufría comprobando las restas, memorizando
las tablas de multiplicar, ella planchaba o tejía. Justo a esa hora, en la
coloreada rada de mi puerto se comenzaba a escuchar el tango. Era la radio Presidente Prieto,
sintonizada al unísono por miles de hogares, era el himno que desde las
elevadas callejuelas plasmaba todos los dramas de la gente modesta, que
ayudaba a suspirar y a reencontrarse con el amor, esculpiendo sueños y
suavizando sus tragedias. Cadenciosamente la noche
entraba en los barrios como una milonga estrellada, zigzagueando por las
quebradas, al ritmo ancestral de un Alberto Castillo, que cantaba a los cien
barrios porteños, un Pichuco Troilo, o un Argentino Ledesma, que elevaba su
Fumando Espero. El tango se me ocurría como un bohemio galán, llorando su
soledad en un farol del barrio Puerto. Desde mi viejo caserón de dos pisos,
podía admirar a las mujeres que lavaban en sus bateas de madera. Ellas
escapaban en sueños de princesa, mientras las encantaba un tango mentiroso,
entregándoles amor por tres minutos escasos. Tres minutos para suspirar, pese
a que sus manos estaban curtidas por el rigor, imaginando las caricias de
quien sabría estrechar sus cinturas y robar esos besos que se agriaban de
soledad. El tango sabía refrescar
esos silencios y esos secretos para mantener radiante de pasión la piel de
las mujeres laboriosas. Cuando las sentía cantar, intuía que sabían amar y
que esas letras dolidas que un Julio Sosa les dejaba día a día, era como una
flor en sus cabellos arrebolados de esperas. Y en las fiestas el tango las
liberaba. Era su música sobre sus cuerpos aprisionados por puritanas
organzas, como el viento sur del puerto levantando sus vestidos. Así conocí
el tango, como el ritmo incomparable de mis cerros. Así, cotidianamente, el
tango se infiltró en mi lenguaje; memoricé de niño cientos de cancioneros y
aprendí a susurrar sus letanías urbanas en forma natural, sin pensar nunca
que la vida me llevaría alguna vez a San Telmo, que sería por años un habitué
del Viejo Almacén, que tendría en Buenos Aires un alero fraterno para ir
organizando mi vida, como un ciudadano más de Corrientes y Esmeralda, en la
más cosmopolita ciudad del planeta. Porque Buenos aires fue una ciudad que nunca
me hizo sentir extraño, que me acogió como un inmigrante más, que traía la
raigambre del tres por cuatro tatuada a bandoneón debajo de las sienes
platinadas. El tango que aprendí con las
primeras letras en los clubes de barrio, aquellos tangos que se cantaban en
los encuentros familiares, se vienen hoy a mis ojos, rumbeando de nostalgia,
recreando esa infancia lejana en la cuadra de Basterrica, donde cada día el
tango se adueñaba de los crepúsculos porteños, como un gran himno de esos
cien barrios a donde pertenecería por siempre. Desde esta infancia que se
desplegaba como un volantín desbocado tragando lecturas, música y paisajes,
salté a esta madurez de hoy. Hace dos años despedí a mi
madre y sabiendo que había sido el tango su gran compañero, el mensaje final
de sus tres hijos y sus nietos y bisnieta, fue simplemente entonar para ella
y con ella, el “Adiós muchachos, compañeros de mi vida…” Como corolario de esta crónica, les regalo mi poema
Tango, de mi último libro publicado en 1993, “Memorias Poéticas y Licencias
para un Reinicio”. |
TANGO
Invadiste mi
niñez, el barrio, los lateríos.
La arteza grabó
tus penas, mis cerros tu carnaval.
Estuviste con
Pichuco, muy junto al hada madrina,
la abuela supo
entonarte, Castillo la ilusionó.
Te incorporé a mi
vagar
y te prendiste a
mis ojos, te comprendí como nadie,
me recibiste leal.
Cuando crucé
cordilleras, al aprender a fumar,
se me hizo humo la
noche sentado en el Viejo Bar.
Palpité tu
derrotero,
de San Telmo a
Paternal,
fui forastero al
principio
vos me empezaste a
vosear.
Porteña historia
en los mates,
el suave
filosofar…
yo rasgué los
tamangos p’a tener que morfar.
Supe del piola y
del chanta y me tuve que cuidar.
Supe de tus ritmos
nuevos, de tu destreza ancestral.
Me regalaste una
lágrima de imaginaria beldad,
a cuestas seguí
con ella, extrañando en soledad.
comprendí tus
inquietudes, fue tu canto celofán
que amortiguó las
esperas cuando hubo que aguantar.
Inmigrante
aclimatado aspirando tu sentir,
tus raíces
taciturnas, el desolado arrabal
y ese río con
arcilla que Quinquela fue a pintar.
Viví contigo la
noche que pretendió enmudecer
las verdades de
Discépolo en cinismo sepulcral.
después vine hasta
mis cerros, pues mi puerto
aquí me ancló. He
traído como hermano
el vibrar de un
bandoneón…
Tango amigo,
ciudadano, veterano del amor,
ya no hay dudas,
no es recuerdo…
¡me afanaste el
corazón!
precioso trabajo
Replysuerte
www.legazcue.com
EXCELENTE UNA VEZ MAS SABES INTERPRETAR A NOSOTROS LOS PORTENOS.
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