En noviembre de 2003,
escribí una crónica convocando a la organización del AHA, Asociación de
Heterosexuales Anónimos. Han pasado casi diez años y cuando argumentaba que los
heterosexuales éramos una especie en extinción, no pensé que iba a causar
tanto impacto. Dentro de las muchas notas de adhesión a la creación del AHA
recibí también algunas veladas o expresas imputaciones de intolerante. Sin
embargo, lo real es que ser heterosexual es hoy casi como decir “soy adicto”,
expresándose la palabra incluso con sentimiento de culpa. Semi serio, el
artículo tuvo una acogida increíble. Vuelvo sobre el punto porque la idea de
retomar en la opinión pública una voz hetero ha ido avanzando y el sentimiento
generalizado de mujeres y hombres, que se mantienen con sus hormonas e
inclinación sexual en forma inequívoca, es la sensación de invasión, de
sentirse agredidos por una presión mediática de las autodenominadas “minorías
sexuales”. Los heterosexuales nos sentimos hoy prácticamente arrinconados por
una ola mediática global que quiere hacer ver como natural la opción
homosexual, llegándose en esa tendencia a convencer a parlamentos de diversos
países para que se apruebe “el matrimonio gay” y se llegue a “la adopción
de hijos por parte de parejas homosexuales” o al alquiler de vientres para
mandar a hacer hijos por encargo.
La sensación de destape se explica porque la sexualidad, que siempre fue un
tema de la esfera privada de las personas, se ha puesto en pantalla con un
voyerismo mercantil exacerbado. Nadie discute el derecho de las parejas
homosexuales a fijar acuerdos societarios de ayuda mutua, pero de allí a
debilitar el matrimonio como lo consagra la ley civil hay una gran distancia.
Se ha sacado la sexualidad del ámbito privado para esgrimirlo como un tema público,
generándose grupos de poder y lobbistas que presionan sobre el Estado para que
regule las relaciones afectivas que pertenecen a la privacidad de las
personas. Es absolutamente respetable en la esfera de la vida privada que
personas mantengan relaciones homosexuales, pero en ese empeño se han revuelto
las cosas y el AVC, Acuerdo de Vida en Común, ha terminado incorporando a
parejas de distinto sexo, que conviven y deciden no casarse, cuestión que está
en su libre albedrío, pero no se justifican legislaciones específicas si ya
existen el matrimonio y el divorcio, que aplica para estos casos. Antiguamente,
existía la faramalla de la nulidad, Hoy el camino para resolver un
contrato matrimonial que no ha resultado, se llama divorcio.
El punto va más allá, porque se pretende hacer del libertinaje, sinónimo de
progresismo o de pensamiento liberal. Por el contrario, esto no es asunto
que se pueda resolver con presiones sobre la institucionalidad, ya que cambiar
el matrimonio civil ameritaría un plebiscito y un amplio y documentado debate
ciudadano. Lo que se ha hecho es un proyecto de ley híbrido que ha metido en el
AVC a los convivientes heterosexuales que simplemente no quieren casarse. En
vez de favorecer la institución familiar se quiere generar tratamientos
especiales para los que conviven, metiéndolos en el mismo régimen que los
homosexuales. En los debates sobre el punto, se mezclan los planos y se llega a
falacias como exigir que un progresista deba aceptar que la institución del
matrimonio heterosexual sea relativizada con normativas que obedecen a
presiones fundamentalmente mediáticas, donde toda voz opuesta es acusada de
discriminatoria.
La tolerancia y el respeto a la vida privada no están en discusión, pero sí
lo está el principio de que hay situaciones personales, como es el ejercicio de
la sexualidad, que debe quedar discretamente en el dormitorio. Los
límites son para todos, heterosexuales, transgéneros y homosexuales que
pretendan ventilar sus intimidades por la tele o sitios públicos, poniendo
en riesgo la visión de los demás, especialmente de los niños.
Debo reiterar que los heterosexuales existimos, somos una mayoría
silenciosa; que en nuestra sociedad se puede haber vivido machismos asquerosos
y feminismos panfletarios, igual de negativos; pero, en definitiva,
independientemente de la sexualidad de cada quien, lo que debe primar es el
respeto mutuo, donde nadie debe invadir los derechos del otro, se debe respetar
que otros vivan su vida privada sin agredir con ella a nadie; personalmente
defiendo ese derecho a la privacidad. Y respecto al matrimonio, la familia, los
niños, se debe defender una mirada que vele por el bien común. Por lo tanto,
los heterosexuales buscamos que estas materias se traten en la forma más
abierta y participativa posible, fortaleciendo los espacios de afecto y
seguridad de las familias, para que Chile entregue calidad de vida a los niños,
que tienen derecho a nacer en el seno de un hogar como es debido, con un papá y
una mamá, hermanos y abuelos.
Periodismo Independiente, @hnarbona en
Twitter 21.01.2013
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