Symposion
Literatura | 23/08/2025

SYMPOSION

Vicente Adelantado Soriano

Un escritor satírico advierte de cómo la educación, la amistad y el buen humor de los invitados era el requisito indispensable para el buen éxito de la fiesta de charlas y muchas copas.

Carlos García Gual, Simposios y banquetes griegos.

-¿Ha ido usted alguna vez a algún banquete de bodas? -me preguntó mi vecino sirviendo la primera copa de vino.

-Sí; por desgracia me ha tocado asistir en alguna ocasión. No he podido zafarme.

-¿No le gustan?

-No. Prefiero los entierros: así en principio parecen más auténticos. O, al menos, no son tan bulliciosos.

-Bueno. Depende: algunas viudas ponen el grito en los cielos. Pero sí, tiene razón -añadió tras brindar-. Al fin y al cabo solo grita una persona. O dos a lo sumo.

-Así es. Ya no hay plañideras, con lo cual el entierro se hace más llevadero para los pobres mortales que siguen al féretro con cara de circunstancias.

-¿Cree usted, y perdone mi ignorancia, que los banquetes de boda, o de bodas, tienen alguna relación con los banquetes de los griegos?

-No. No tienen ninguna relación. La tienen más, creo, con los banquetes romanos. Son parecidos a la famosa cena de Trimalción. Un nuevo rico de un mal gusto apabullante. Como los banquetes de muchas bodas. En algunos se llega a pedir las bragas de la novia, se le corta la corbata al novio… Y acaban todos medio borrachos o borrachos completos, diciendo y haciendo sandeces mil, desprovistas de la más mínima gracia. Un horror.

-Entonces -dijo sonriendo- estas reuniones nuestras en torno a una botella de vino, ¿se pueden considerar un banquete?

-Como mucho -le expliqué- podrían ser un simposium, o mejor un simposium en miniatura, un minisimposium. Lo normal era que en estas reuniones participaran más de dos y de cuatro personas.

-Estamos creando un género nuevo…

-No estamos creando nada. El diálogo existe desde antes de que el hombre comenzara a hablar.

-¿Y no le apetecería ampliar estas reuniones nuestras, que participaran más personas, y les pudiéramos dar el honroso título de simposium?

-No creo -le respondí con sorna- que en toda la ciudad encuentre dos personas justas. O dicho de otra forma, con ganas de participar en estos eventos, con chispa y con ingenio, para estar hablando de lo que se tercie sin meternos en las tonterías de siempre. Por ejemplo en habladurías y chismes.

-Bueno, querido amigo, para que se produzca la habladuría los comensales tienen que ser conocidos entre sí. ¿Y si no se conocen?

-Se recurre al manido tema de la política, y se producen grandes grescas. O, caso contrario, tendrá usted lo que se llama un simposio académico, sin vino, lo más alejado que hay del verdadero simposium. Éste consiste en la reunión de un grupo de amigos, no de desconocidos, que se citan para charlar y beber durante unas horas.

-Como usted y yo.

-Efectivamente. Y la charla refuerza los lazos de esa misma amistad. Ahora bien, se habla sobre un tema escogido, previamente, por el simposiarca, o jefe del simposium. Y se hace, siempre, por riguroso orden de turno. Nada de interrumpirse los unos a los otros, gritar y no dejarse hablar. O eso, por lo menos, es lo que se dice en los textos. Ahora bien, que fuera de esta forma o no, no lo sabremos. No creo a los griegos tan rígidos ni tan, digamos, impasibles.

-Imagine ahora por un momento -dijo llenando las copas de nuevo- que es usted el jefe de la reunión…

-El simposiarca.

-Eso. Dígame, qué tema le gustaría que tratáramos.

-Se me ocurren varios temas así de pronto. Pero, amigo, tanto usted como yo carecemos de experiencia, y finura, para hablar con cierto fundamento de unos y de otros. Y, como dijo aquel, de lo que no se sabe es mejor no decir nada.

-No sea tan negativo, algo sabremos.

-Bien. Propongo un tema: ¿Sirve para algo la educación? ¿Es esta capaz de transformar al hombre?

-Tema peliagudo, ciertamente; pero yo creo que sí. O, al menos, en algunos casos. Es como la famosa parábola de Jesús: unos granos caen en buena tierra, y germinan; y otros son arrojados en medio de los caminos y las zarzas y mueren sin dar fruto. Yo, por ejemplo, no concibo mi vida sin los libros. Imagino que igual que usted. No sabemos ambos qué hubiera sido de nuestras vidas sin esos libros, sin los institutos ni las universidades. No lo sabemos; pero le puedo asegurar que en mi caso la educación me ha transformado. Y para bien.

-¿Cree usted que hubiera sido de otra forma -es una pregunta un tanto necia- de haberse educado en otras latitudes?

-Por supuesto. Claro que sí.

-Es decir, que al igual que ahora es un hombre comprensivo y tolerante, caído en otras manos podía haber sido usted un oficial nazi de las SS, pongamos por caso.

-Me pone usted los pelos de punta. La simple sospecha de haber acabado así me horroriza. Sé que el contexto, el ambiente, tiene una gran influencia… pero no, no creo que me hubiera hecho nazi. Hay algo en mí que rechaza esas ideologías de plano.

-¿Y se hubiera opuesto usted a ese ambiente incluso enfrentándose a la muerte?

-Antes ha dicho usted -me replicó serio- que de lo que no se sabe es mejor no hablar. Y ahora no hace más que hacerme preguntas capciosas cuya respuesta nunca sabremos.

-Tiene razón. Perdone.

-Pero de todas formas, le voy a contestar. Sí, hubiera preferido la muerte a causar daño a un semejante. Lo prefiero mil veces.

-Es usted un socrático sin saberlo: vale más sufrir una injusticia que cometerla.

-Totalmente de acuerdo. Antes morir que matar.

-No obstante, nunca digas de esa agua no beberé… Pero bien, dejemos la ciencia ficción. Vuelvo sobre el tema de la educación. Y así, de partida, hay un pequeño problema: rara vez el hombre aprende por las experiencias ajenas. Tiene que pasar él por ciertas vivencias para que la educación, la historia, la filosofía, lo que usted quiera, se haga carne y sangre propia.

-Es decir, todos estamos condenados a repetir lo mismo. Y eso explica que el hombre avance tan poco. Una y otra vez estamos cayendo en los mismos errores y horrores. ¿Es así?

-Sí. Algo de eso hay -dije en tanto volvía a llenar las copas de un vino que no estaba nada aguado-. La Historia, así con mayúsculas, se parece a aquella desgraciada princesa troyana, Casandra. Apolo se enamoró de ella. Casandra le prometió sus favores a cambio de que el rijoso dios le concediera el don de la adivinación. Se lo dio. Y cuando lo tuvo, la buena de Casandra lo mandó con viento fresco. Entonces él, irritado, la condenó a profetizar cuanto iba a pasar, pero a que nadie la creyera nunca. Y así fue.

-Ese mito -dijo tras beber un buen trago de vino- explica a la perfección la naturaleza humana: no creemos hasta que no tocamos la herida con nuestras propias manos. Le concedemos una gran importancia a nuestra propia experiencia. Las ajenas, en este contexto, y tal vez en todos, nos sirven de poco. Y menos los libros de historia.

-Por lo tanto, ya hemos contestado a la pregunta: de poco vale la educación. Estamos abocados a repetir una y otra vez lo mismo. La humanidad camina en círculo. No avanza… El día que deje de haber guerras, ese día podremos decir que el hombre sí que ha dado un gran paso. Enorme.

-Difícil lo veo. Pero aun así es innegable que el hombre ha progresado mucho desde que apareció sobre la faz de la tierra. Aunque -añadió con socarronería- todavía no ha vencido a la muerte. Todo lo contrario: sus armas cada día que pasa son más potentes y mortíferas.

-Si de algo sirve la educación, en contra de eso, de vencer a la muerte, ya nos advierte la mitología griega: primero, si vence a la muerte, que lo haga dejando a la persona en cuestión como cuando tenía treinta años. No vaya a lograr la eternidad, pero no la decrepitud del cuerpo. Y segunda, aprisionar a la muerte, supone el castigo de Sísifo. Éste encadenó a la muerte, por lo tanto nadie moría. Pero se quejó el Hades, el barquero Caronte y alguien más: por culpa de Sísifo se estaban quedando sin trabajo. Estaban en el paro. Y eso no lo podía consentir el omnipotente Zeus, jefe de la empresa.

-Mire, a mí eso de la inmortalidad, o vencer a la muerte, es lo que menos me importa: estar en un lugar por un tiempo indefinido se puede convertir en una pesadilla. Por lo tanto el Más Allá debe de serlo, a menos que allí se cambie de mentalidad.

-Tal vez esa sea la misión del Río del Olvido.

-Ve -me dijo sirviendo las últimas gotas de vino-. Hemos celebrado un simposio, aunque sea a dos voces. Y sin demasiado vino.

-Un simposio de bárbaros, señor mío.

-¡Hombre! -exclamó sonriendo- nos hemos portado con educación.

-Sí, pero hemos bebido vino puro, sin aguarlo. Y eso, para los griegos, era signo de barbarie. Así que, querido amigo, somos unos bárbaros.

-Bueno -dijo condescendiente- los tiempos cambian que es una barbaridad. Y además, nunca nos hemos emborrachado. Y yo este vino, con perdón de todo el divino panteón griego, no lo aguo ni borracho.

-Da lo mismo -repliqué levantándome-. Es indiferente lo que usted diga. Somos unos bárbaros. Bebemos vino puro. No hay más.

-Vale. Para usted la burra. Pero no lo voy a aguar. Faltaría más.

-Ni yo se lo consentiría.


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