Las esencias patrias y la sopa de Mafalda
Literatura | 16/08/2025

LAS ESENCIAS PATRIAS Y LA SOPA DE MAFALDA

Vicente Adelantado Soriano

Más vale darse la vuelta que meterse en una carrera funesta1.

Luciano el Samósata. Lucio o el asno.

-¿Usted, y perdone la indiscreción, ha leído El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha?

Con tal pregunta me recibió aquella calurosa tarde de un día infernal. Agotado por el calor, me senté antes de contestarle, le pedí paciencia con la mano, y me tomé mi primera copa de vino. Fresco como una rosa. La botella la mantenía en la cubitera.

-Lo leí hace mucho tiempo -le respondí por fin-. No lo he vuelto a leer desde entonces. Le avanzo, pues, que si se trata de un examen -le dije sonriendo- me va a suspender.

-¡Por Dios! -exclamó- no se trata de ningún examen. Era una mera curiosidad. Y un ferviente deseo de que lo lea de nuevo, lo más pronto posible. Antes de su posible prohibición.

Y diciendo esto empujó hacia mí un estuche conteniendo dos gruesos libros. Los cogí y examiné con curiosidad. Era una edición de 1998, hecha con motivo del centenario del Quijote. Un volumen lo ocupaba la novela propiamante dicha, y el otro era un volumen complementario.

-Lléveselos -me dijo- ya me los devolverá. Y si no me los devuelve, tampoco pasa nada: nadie va a expurgar mi biblioteca en busca de la influencia de fulano o mengano en mi obra no nata.

-Ni me gusta dejar libros ni que me los dejen. Pero las raras veces en que he recurrido al préstamo, y usted lo sabe, siempre he devuelto el libro a quien me lo ha prestado.

-No se ofenda. No dudo de su honestidad -dijo llenando las copas de nuevo-. Y tampoco se trata de una imposición. Se trata, más bien, de una especie de introducción a cuanto viene ahora.

-De todas formas -dije conciliador- me los voy a llevar con su permiso. Me vendrá bien cambiar de autores y de temática. Lo leeré.

-Hágalo. Es una obra genial. Y no se demore mucho.

-¿Y a santo de qué vienen estas prisas por leer este libro? No me gusta participar ni en competiciones ni en carreras.

-¡Ah, querido amigo! ¿No lee usted las noticias?

-Muy de tarde en tarde. No tengo ganas de enfadarme nada más levantarme de la cama. Y aun así, las noticias son como algunas manchas de aceite: imposible detener su avance, e imposible no enterarse de todas las mezquindades, burradas y zafiedades, cuando no crímenes, de muchos de los políticos, de ahora y de todos los tiempos.

-Entonces se habrá enterado usted de que dos partidos políticos, de ámbito nacional, uno de ellos nos va a regenerar de arriba abajo cuando llegue al poder, han prohibido cualquier manifestación religiosa pública a los musulmanes que viven en nuestro país, en Jumilla exactamente.

-Sí, me he enterado. Y lo gracioso del caso, me ha parecido un chiste, es que algunos obispos católicos han protestado contra dicha prohibición. Al fin y al cabo, creo yo, el mismo Dios es Dios que Alá. De ahí la importancia de la filología: en la Edad Media se tradujo la famosa sentencia de “No hay más Dios que Dios”, como “No hay más Dios que Alá”, haciendo así dos realidades distintas, cuando no lo son. La proclamación de un único Dios se transformó en dos opuestos. Estaba, pues, permitido masacrar a los partidarios de Alá. Y ahora parece que también un obispillo quiere que los moritos pidan perdón por los cristianos que ellos matan o mataron. Él lo hará por los herejitos que quemó la santa inquisición. Que hace falta ser animal: quemar viva a una persona por no creer lo que le dicen. En nombre de no sé qué dios. Pero retirémonos de esta carrera de tamañas salvajadas.

-Sí, apartémonos, pues para todo hay justificaciones en esta vida, hasta para un crimen. Es repugnante, por ejemplo, ver lo que está sucediendo en Gaza. Aquellos que fueron perseguidos por Hitler, llevados a campos de exterminio, gaseados y muertos de hambre, se están comportando ahora con los palestinos peor que lo hizo con ellos aquella mala bestia de Hitler.

-Sí, y ya he oído por ahí la salvajada de que Hitler eliminó a pocos judíos.

-¡Dios mío! Pues si para frenar un crimen debemos recurrir a otro, estamos apañados.

Durante unos segundos permanecimos en silencio. Lo aprovechó mi buen vecino para llenar de nuevo las copas y hacer un breve brindis.

-Como siempre -le dije tras dejar mi copa temblando- nos hemos desviado del tema. Si no recuerdo mal -añadí señalando los volúmenes de Cervantes dejados sobre la mesa- usted trata de inducirme a leer esta famosa novela sin pérdida de tiempo ¿No es así?

-Así es, sí señor. Pero no nos hemos desviado tanto del tema. No crea. Estos políticos nuestros, de extrema derecha y extrema lucidez, han prohibido las celebraciones religiosas, públicas, a los habitantes de Jumilla de religión islámica. Con la excusa de preservar las esencias patrias.

-¿Y eso que es? Siempre que oigo cosas como esa de la esencia me acuerdo de mi infancia: cuando mi madre me daba la sopa, como a Mafalda; y yo harto de tanto fideo y tanto caldo, la rechazaba. Ella, insistiendo, siempre me decía lo mismo: en la última cucharada está la esencia. El verdadero alimento. Lo que hace mayores.

-No sé si la esencia del fideo suyo o de Mafalda tendrá algo que ver con las esencias patrias. Estas, cuestión obvia, no son sino un comodín con el que imponer una cierta ideología o estrecha visión del mundo.

-Lo sé. La esencia está -añadí sonriendo- en que somos españoles porque nacimos en España. Lo cual, querido amigo, no deja de ser un accidente. No seríamos mejores o peores de haber nacido en otras tierras y en otras épocas. Cada una tiene sus ansias, sus virtudes y sus pecados. Y vuelvo a la pregunta, porque ya me está intrigando el caso: ¿Qué tiene que ver todo esto con la premura para leer el Quijote?

-A eso vamos -dijo sonriendo y llenado las copas de nuevo-. Cervantes -comenzó a explicar- quiso ridiculizar las novelas de caballerías con su gran obra. Recurrió para ello a muchos de los tópicos de estos libros. Como sabe, las historias increíbles de estos esforzados e invictos caballeros, siempre deambulando por bosques y selvas, y siempre en busca de doncellas a quienes rescatar de manos de feroces endriagos, o enderezando entuertos, a menudo estaban escritas en viejos librotes. Puestos a buen recaudo en un baúl cerrado con siete candados y siete cadenas cruzadas. Escritos, además, en lenguas extrañas y exóticas. Requerían, por lo tanto, rotas las cadenas, de la intervención de algún anciano mago de luengas barbas para descifrarlas.

-No he leído novelas de caballerías. Pero sí, conozco el recurso del viejo manuscrito hallado en lugares remotos.

-En el caso de Cervantes, los manuscritos que continúan las historias de don Quijote, tras la batalla con el vizcaíno, no los halló en ningún lugar remoto, ni un cofre polvoriento, sino en unos cartapacios en un mercado de Alcaná de Toledo. Pero, y ahora viene la sorpresa, el manuscrito encontrado estaba escrito en arábigo. Y su puntual autor es Cide Amete Benengeli, autor arábigo y no menos moro que Mahoma. ¿Comprende ya por dónde van los tiros? Y el traductor de dichos cartapacios, para más inri, no es un mago de luengas barbas sino un morisco. Lo vierte al castellano a cambio de dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo, pagaderas por don Miguel de Cervantes2.

-¡Por Hércules! Esto es un enorme chiste. Como el de Luciano el Samósata: cuando éste baja a los infiernos, en uno de sus innumerables viajes, se topa con Homero. El cual le confiesa que es babilonio, persa… Todas las ciudades griegas, la isla de Quíos, Esmirna, Colofón, Atenas, Argos, Rodas, Salamina, Pilos, Cumas e Ítaca se disputaban ser su cuna. No cabía mayor gloria para ellos. Y resulta que Homero era babilonio, persa, y encima se llamaba Tigranes. Y los persas, querido amigo, eran los enemigos acérrimos de los griegos, como lo demuestran las batallas de las Termópilas, Salamina, Maratón, y Platea, y el que los persas incendiaran Atenas... Las grandes epopeyas griegas escritas por un persa3. ¿Se imagina?

-Tal cual con el Quijote. ¿Entiende ahora la relación de esto con las prohibiciones de Jumilla?

-Entendido.

-¿Y no es una enorme suerte que nuestros políticos sean unos zoquetes y no lean nada? Igual, si la leen, y lo dudo, prohíben la obra de Cervantes por los juegos que se lleva este con los moros y demás.

-No creo que se atrevan, pero más vale prevenir que curar.

-Usted, por si acaso, y sin más pérdida de tiempo, vuelva a leer este libro escrito por Cide Amete Benengeli, un muy puntual historiador arábigo.

-Se lo prometo. Para su tranquilidad, también me leí la Odisea y la Iliada, aun sabiendo que su autor era babilonio. Un defecto como otro cualquiera.

-Exacto.

-¿Y qué se va a hacer para cenar? -me preguntó sonriendo.

-Tengo caldo en la nevera. Me haré una sopa de fideos como homenaje a Mafalda, y con el ferviente deseo de hacerme mayor y captar las esencias patrias y de todo lo habido y por haber.

-Pues apure la sopa hasta la última cucharada. Y que aproveche.

-Gracias.

Y sin más, terminada la botella de vino, y las cortesías pertinentes, me fui a mi casa cargado con la novela de Cervantes, y con el volumen complementario.

1Luciano Samósata, Lucio o el asno, 18

2Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, primera parte, Cap. IX

3Luciano el Samósata, Historias verdaderas, II, 20


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