Un vecino culto
Literatura | 12/07/2025

UN VECINO CULTO

Vicente Adelantado Soriano

La imaginación más acalorada no llegará nunca a abarcar la fea realidad.

Mariano José de Larra, Un reo de muerte.

Antes de terminar de de leer los divertidos mimiambos, «μιμίαμβοι» género literario griego que floreció en el siglo III a.c., me surgió una pregunta un tanto necia. Vino acompañada ésta de varios recuerdos: el primero era el pasaje de algún libro olvidado. Se sostenía en él, si la mente no me engaña, que la sabiduría no consiste en saberlo todo, sino en saber dónde hallar las respuestas o las soluciones. Al parecer yo las tenía al alcance de mi mano, pues a esa posibilidad se añadió otra cita. Esta con un origen claro: era de Plutarco. Vida de Temístocles: “con ocasión de la venta de un terreno, hizo pregonar que también tenía un buen vecino1. Yo también lo tenía. No iba a incrementar el valor de mis tierras, como en el caso de Temístocles, pero tal vez me solucionara la pregunta surgida de la lectura de los mimiambos. Con ese ánimo bajé en su búsqueda. Mi vecino, contento y alegre, me recibió con sonrisas y citas literarias:

-Dijo Joyce, no sé si en el Ulises, o dónde, que las grandes palabras, Justicia, Equidad, etc., nos hacen muy desgraciados. Pero, y lo digo yo, los pequeños detalles nos pueden hacer muy felices -añadió conectando su ventilador de techo y recreándose en el movimiento de sus aspas- ¿No le parece?

-Sí, es cierto -asentí notando el fresco movimiento del aire.

-Pero siéntese, no se quede ahí como un pasmarote. Voy a por la botella de vino. Está en la nevera.

No tardó mucho en regresar al comedor con la botella de vino, adornada con brillantes gotitas de agua, y las dos correspondientes copas.

-¿Y de qué va a tratar el simposio de hoy? -preguntó llenando las copas y haciendo un brindis por la salud de los presentes y allegados.

-He leído un mimiambo, y me ha surgido una pregunta. Quizás sea una tontería, pero he bajado a su casa con la intención de planteársela. Tal vez consiga ilustrarme en tanto nos tomamos unas copas.

-Como sabe, querido amigo, yo de autores clásicos sé bien poco. Soy un ignorante. No puedo serle, por lo tanto, de mucha ayuda. Pero, en fin, dígame.

-No pretendo que me hable de autores clásicos, por lo menos de Grecia, sino de autores españoles. Y más concretamente del costumbrismo. Me explico: la primera vez que leí un mimiambo me quedé pensando si ese género literario no sería el equivalente al costumbrismo. Apenas conozco la literatura española del siglo XIX. Se lo confieso. En su día leí Vuelva usted mañana, y algo más, no recuerdo. Explíqueme, pues, en qué consiste el costumbrismo.

-El costumbrismo, querido amigo -dijo volviendo a llenar las copas- no surge en el siglo XIX. En el siglo XVII hay un autor, Juan de Zabaleta, considerado ya un autor costumbrista.

-¿Y qué tipo de asuntos o de temas tratan?

-También Quevedo -añadió pensativamente- tiene algunas narraciones que podrían denominarse costumbristas… ¿De qué hablan? Siempre son críticas sociales de determinados personajes, de su forma de vida o de lo absurdo de su comportamiento. Cuando no, caso de Mesonero Romanos, hacen retratos a fin de que no se olvide esta o aquella costumbre: tomar chocolate, rezar el rosario, etc.

-Ha sido -le confesé- la excusa para bajar a visitarlo.

-No necesita excusas. Lo sabe.

-Lo sé. Déjeme terminar de de explicarle mi razonamiento: pese a desconocer el costumbrismo, intuí la falta de sentido de mi pregunta. No tenía lógica. O la respuesta estaba muy clara: no, los mimiambos, no son literatura costumbrista. No existía este género en Grecia. Creo. Lo intuí, además, por los temas tratados. Dígame, ¿hay escenas de mujeres en los retratos costumbristas?

-Así de pronto no sabría decirle. No recuerdo todos los textos…

-Se lo planteo de otra forma. Y le hablo del mimiambo causante de la pregunta: suponiendo una reunión de mujeres, en ese género literario, en el costumbrismo, ¿hablarían de temas escabrosos, de su sexualidad?

-Por supuesto que no -dijo riéndose-. ¡Qué cosas se le ocurren! Zabaleta era un cristiano convencido. Y en el siglo XIX, en España, querido amigo, esas cosas ni se mentaban… Leí, hace tiempo, el diario de una mujer de mil ochocientos y pico… Hablaba de su noche de bodas. Terrible. Salían del convento, donde las habían maleducado, para casarse. La visión de un hombre desnudo le pone los pelos de punta, y no por el deseo sino por el temor, verdadero pánico. La noche de bodas era una violación en toda regla…

-Está claro. Toda esa sordidez está muy alejada del mimiambo. En este sucede todo lo contrario. Podemos aprovecharlo también para cuestionar eso de la marcha ascendente de la Historia.

-¿Y quién se cree eso hoy en día con las guerras y salvajadas que estamos viviendo? -preguntó desbordándose- ¿Con los bestias de dirigentes políticos en la cabeza de muchos países, usando cualquier barbaridad, asesinatos de poblaciones incluidas, sea real o ficticia, para intentar hacerse con el poder, y con millones de seguidores, aplaudiéndoles, tan bestiales y necios como ellos?

-Nadie con dos dedos de frente se lo puede creer, desde luego.

-Nos estamos poniendo muy serios, querido amigo -dijo tranquilizándose y llenando las copas de nuevo-. Dígame, ¿qué cuenta ese pasaje del mimiambo? ¿Por qué lo supone usted emparentado con la literatura costumbrista?

-A la vista de lo dicho, y como ya intuí, se va a reír de mí cuando se lo diga.

-No es mi intención.

-Bien. Le cuento. Se narra la visita de una amiga, Metró, a otra, Corito. Se ponen las dos a hablar sobre el indeseable comportamiento de las esclavas; pero la conversación deriva rápidamente en la verdadera causa de la visita de Metró: que Corito le enseñe un consolador como el visto y mostrado en casa de una amiga común, alabado por todas las mujeres de la reunión como una verdadera maravilla. Pues Corito se le prestó a esa amiga, aun antes de estrenarlo, y esta a otra, y la otra a la demás allá. De forma que el consolador ha pasado de mano en mano con gran disgusto de su dueña. Y con gran alegría y placer de todas cuantas lo gozaron.

-¡Dios mío! -exclamó divertido mi buen vecino- ¿Y eso pensaba usted que se podía contar en la España del siglo XIX? ¿Cómo se le ha ocurrido ni siquiera planteárselo? Ni en la España del XIX ni en la de bien entrado el siglo XX.

-Una tontería por mi parte, desde luego -reconocí cabizbajo-. La sexualidad de la mujer siempre ha sido ignorada. Y más en tan gloriosa época.

-Nunca olvide quién escribe la historia y con qué miras lo hace… Bueno, ¿y qué sucede con las dos amigas?-preguntó bebiendo un largo trago de vino y sonriendo.

-Termina Corito haciendo un canto y alabanza del consolador y del zapatero, Cerdón, hacedor y fabricante del mismo. Déjeme que le lea esta parte del texto. La he copiado.

-Adelante.

-Dice Corito: “Te dará la impresión de ver en ellos las manos de la mismísima Atenea, no las de Cerdón. Al verlos yo -me trajo dos cuando vino-, Metró, se me salían los ojos de las órbitas. (Recreándose en la contemplación del consolador.) A los hombres no se les pone tan tiesa. (En tono de misterio.) Es que estamos solas. Y no sólo eso, su suavidad y lisura son de ensueño, y los flecos son de lana y no de cuero. Por mucho que lo busques, no encontrarás un guarnicionero más simpático para una mujer.2

-Bueno -dijo mi vecino sonriendo y condescendiente- tal vez habría que redefinir el costumbrismo. Quizás en Grecia estas conversaciones eran tan familiares como aquí en España lo tomar chocolate o ir a misa de doce.

-La verdad, no sé si esto refleja una conversación más o menos corriente. Pero es llamativo. Máxime cuando nadie tomó medidas de ningún tipo en contra de estas mujeres.

-Desde luego. De haber pasado aquí en la época del costumbrismo, caso de publicarse el texto, que lo dudo mucho, pero mucho, mucho, hubieran fusilado a las dos mujeres, al zapatero y al consolador.

-Pues viviendo en una época tan atrasada como el siglo III a.c., aquellas mujeres se lo pasaron de maravilla con el juguetito fabricado por el ilustre zapatero remendón.

-Brindemos por todos ellos, y por mi ventilador. No es que su historia esté subida de tono, pero aun así le he dado toda la potencia posible.

-Al final conseguirá constiparme.

-No, hombre, para eso le he traído el vino. Bebamos.

Bebimos para no constiparnos. Y finiquitada la botella, nos despedimos habiéndolo aclarado todo: los mimiambos no pertenecen a la literatura costumbrista. Ni tienen nada que ver con ella. Quod erat demonstrandum.

1Plutarco, Vidas paralelas II, Temístocles, Biblioteca Gredos, Madrid, 1996. Traducción de Aurelio Pérez Jiménez.

2Herodas, Mimiambos. Mimo VI, Las comadres, Editorial Gredos, Madrid, 1981. Traducción de José Luis Navarro González.


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