Palabrerías
Literatura | 28/06/2025

PALABRERÍAS

Vicente Adelantado Soriano

Los hombres no se llenan sino de viento, y rebotan como las pelotas1.

Michel de Montaigne, La fisonomía.

Me causaba una cierta desazón ver la mesa vacía, no tener ningún libro pendiente de lectura. Todos cuantos había pedido en la librería o estaban agotados o los tenían que servir las editoriales directamente. Estas, dadas las fechas, se hallaban en pleno balance, y tardarían, por lo tanto, en atender a los clientes. Aproveché, pues, la ocasión para releer algunos viejos libros. En su día me habían gustado; quería, pasados varios años, comprobar si todavía conservaban su frescura, el encanto de aquellos días no tan lejanos.

Cuando los comencé de nuevo temí, nada más abrirlos, que me pasara lo mismo que me sucedía con las películas: las vista en mi juventud me parecían ahora, alcanzada la vejez, películas insustanciales, pobres, ingenuas a veces, y carentes del más mínimo de los sentidos en la mayoría de las ocasiones. No entendía cómo pude haberme deleitado con tan absurdas historias.

-Cosas de la edad. Le pides peras al olmo -me dijo un amigo hablando de estas y otras cosas-. Sales a caminar por una ciudad como Valencia, grande pero no superpoblada, y en todo el día, y es lo más normal, no te encuentras con nadie conocido. Ahora bien, sale el detective privado de su apartamento, o el malo de la película, da dos pasos por las calles de una ciudad como Nueva York o Los Ángeles, y se encuentra con las personas de su interés nada más doblar la esquina.

-Sin olvidar -le repliqué sonriendo- que si da con una mujer, siempre agraciada, por supuesto, a las dos palabras ya están metidos en la cama y en pleno fornicio.

-A veces -me replicó ensoñadoramente- me gustaría ser un personaje de ficción. Siempre y cuando la historia termine bien, por supuesto.

-Por eso no te preocupes: todas terminan igual y en lugares parejos.

-Tú siempre tan optimista.

No sé si repasar viejas películas y libros se puede tildar de pesimista, de optimista, o, sencillamente, no admite ningún calificativo. Pero le hace percatarse a uno de que todo es efímero. Dejando de lado alguna vieja sentencia, por ejemplo aquella de “nadie se mete dos veces en el mismo río”. Evidentemente. Es eterna.

-Es importante también -me dijo mi amigo- tener en cuenta la opinión de los demás. La publicidad boca a boca es tan peligrosa como la otra: te predispone a favor, por regla general, del libro o de la película de la cual te hablan. Por supuesto depende de quien sea el interlocutor: si es un necio no le harás ni caso; pero si, de alguna forma, tiene prestigio o renombre quien te recomienda algo, te lo tragarás aun cuando no valga nada.

Era cierto. Experimenté el caso cuando comencé a releer un libro el cual, hacía años, un conocido, erudito, docto y un tanto pedante y necio, me lo recomendó encarecidamente. Según él el mejor libro sobre mitología griega. Entonces lo leí con agrado. Aunque imagino que no entendí ni la mitad de cuanto se dice en sus páginas. Diez años después dicho libro se me cayó de las manos. Fui incapaz de terminarlo. No había motivos para hacerlo.

-Me sucedió con este libro -le dije a mi amigo- lo que le sucede a los héroes de esas películas o novelas nombradas por ti: si unos, en Nueva York o Tokio, se encuentran con su pareja o con su enemigo a la vuelta de la esquina, yo me encontré con las sandeces de turno en la primera página. No en vano habían pasado diez años entre la lectura y la relectura. Y en ese tiempo no había dejado de estudiar ni de leer.

-¡Ay, amigo! -exclamó sonriendo-. No ve lo mismo en una barra de pan un hambriento que un saciado. O si quieres, ante un libro, uno que domina la materia o uno lego en la misma.

-Por supuesto. No te falta razón. Ahora tengo muchos más conocimientos de mitología de los que tenía entonces. Entonces me pasó desapercibido, o di por bueno, cuanto ahora no me parecía sino palabrería, un fárrago insustancial de palabras y más palabras. Un forzar las situaciones, olvidar cuanto no le interesa al autor, y llevar el agua a su malhadado molino. El libro perdió todo interés.

-Hay mucho de eso. Y quien no lo acepta es tildado de purista. ¿Me entiendes? El otro día oí que un director de orquesta era partidario de ir a la partitura original, y dejarse de interpretaciones y posibles virtuosismos de unos y de otros. Músico hay que le corrige la plana a Beethoven, por ejemplo.

-Y escritores, pues escriben, que se quiebran de sutiles: a fuerza de querer ser originales y descubridores de nuevos mundos, aburren a María santísima y no aportan sino horas y horas de tedio y aburrimiento.

-¿No te parece que es un poco triste hacerse mayores, es decir, viejos? -me preguntó sonriendo melancólicamente-. Antes todo, libros, películas, viajes, paisajes, amigos…, nos parecía nuevo, bueno, precioso, encantador… Ahora, por el contrario, casi todo tiene un sabor gastado, amargo, triste. Los Reyes Magos son los padres. Es decepcionante.

-Eso también tiene su reverso: los padres han disfrutado de la inocencia de sus hijos, los han hecho felices durante unos años o durante unas horas. Y también lo han sido ellos. Luego sigue un cierto desengaño, y un enorme agradecimiento. Aunque al final ambas situaciones, como todo en esta vida, sean efímeras. Por lo tanto, carpe diem, coge el día, disfruta del momento.

-Exacto. Y ante el tedio, el disgusto y el aburrimiento producido por algunas películas y algunos libros, el remedio es muy sencillo: salir del cine, apagar la tele, o cerrar el libro. Al fin y al cabo lo único que tenemos es tiempo. Y este, efectivamente, es efímero. No vale la pena malgastarlo con nada por mucho que lo recomienden tirios y troyanos.

-También esto tiene su contrapartida: hay cosas difíciles de entender, y si no nos esforzamos nunca lograremos nada. La dificultad reside en discernir qué cosas valen la pena y cuales no. Eso se aprende con los años, creo: soy dado a pensar, junto con algunos clásicos, que nada hay gratuito en la naturaleza. Y así los fracasos te llevan a ser cauto, a no hacer caso a cualquiera… Y aún así seguimos equivocándonos y errando.

-Es la vida. Nunca llegaremos a ser superhéroes. Cosa que, por descontado, ni existe, ni ha existido, ni existirá.

-Yo me conformaría -dije con cierta resignación- con ser un sabio de medio pelo. Y con no escribir nada con el vano intento de ser original aburriendo al mismísimo aburrimiento. Empeñándome en retorcer las cosas cuando se está majando en hierro frío.

-Bueno -dijo mi amigo- lo mejor en esta vida es no hacerse planes, así ni fracasarás ni te llevarás ningún disgusto. Vivir, ir actuando sin hacerle daño a nadie y sin lanzar soflamas, tan efímeras como el brillo de una chispa.

-No obstante, a veces es conveniente arriesgarse, y decir lo que uno piensa aun a costa de recibir bofetadas por todas las partes. Claro que cuanto se diga debe de estar bien fundamentado. Ese libro sobre mitología, el mejor del mundo según aquel viejo conocido, no tiene ni una nota a pie de página. Y sí, Azorín estaba en contra de ellas, lo sé, pero sin ese aparato es muy fácil soltar cuantas ocurrencias se nos pasen por la cabeza sin justificarlas. Aunque, desde luego, siempre nos quedará la posibilidad preconizada por Séneca: la entrada en la vida tiene un solo camino; la salida, múltiples. Con el libro, y demás, quedan muchas soluciones, la mejor: cerrarlo.

-Pero eso, amigo, también se aprende con los años. De joven a mí me parecía un pecado, fíjate en la palabra usada, pecado, cerrar un libro sin haberlo terminado.

-Esos pecados no llevan al infierno.

-Pues pequemos entonces sin remordimientos. Y dejemos las palabrerías de lado. No poseemos sino tiempo. Y nunca sabemos cuánto. Aprovechémoslo mientras podamos.

-Así sea. Y no nos llenemos de palabrerías ni de aire ni rebotemos contra las paredes.

1Michel de Montaigne, La finosonomía en Los ensayos, Libro III, capítulo XII. Ed. Acantilado, Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau.


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