Una de las características fundamentales de la
economía actual es que la generación de la riqueza se concentra en los sectores
vinculados directamente al conocimiento, por lo que la capacitación de los
recursos humanos de una nación se convierte en algo fundamental para el
desarrollo. De ahí que las universidades, los centros de formación, los
institutos tecnológicos y la educación de calidad en general se hayan vuelto
tan determinantes a la hora de construir una economía competitiva. Y en este
contexto, los especialistas, los expertos o los “cerebros” juegan un papel
fundamental para hacer que la economía sea competitiva, innovadora y
visionaria.
La fuga de cerebros ha sido desde hace décadas uno de
los problemas complejos en América Latina, puesto que debido a la falta de
promoción de nuestros talentos y de oportunidades laborales acordes con la
formación, estos terminan emigrando a países más desarrollados, de manera que
contribuyen al desarrollo de economías ajenas. Esto lo entendieron los
taiwaneses a mediados del siglo pasado, cuando iniciaron un proceso de
repatriación de sus cerebros con miras a potenciar la investigación y el
desarrollo en el campo de la tecnología, lo que derivó en una economía sólida y
de crecimiento constante.
Y aunque hoy en día ya no podemos pensar en la fuga de
cerebros en la forma tradicional como se hacía antes, pues en un mundo
intercomunicado y globalizado existen mecanismos de aprovechamiento de los
recursos humanos asentados en otras latitudes, debemos asumir que nos
encontramos en un proceso de atracción de talentos: países como Estados Unidos,
Canadá, Singapur, India, Brasil o Chile compiten para atraer a ingenieros,
científicos o talentos vinculados fundamentalmente a la tecnología. Esto nos
habla de facilidades para la expedición de documentos, buenos salarios,
potencial de crecimiento y muchos incentivos para asegurar que los que saben
trabajen en proyectos que beneficien a una determinada nación.
Como contrapartida, los latinoamericanos seguimos
invirtiendo muy poco en la educación, en ciencia y tecnología, y para colmo no
hemos consolidado buenos ambientes de negocios para el campo de la innovación y
la tecnología, por lo que los países más desarrollados tienen una gran ventaja
para atraer y retener a los cerebros. Las iniciativas de Brasil y sobre todo de
Chile en cuanto a ciencia y tecnología son muy interesantes para la región,
pero todavía se encuentran muy lejos de países como Singapur, Corea del Sur o
India. En tanto países como México, Venezuela, Colombia, Ecuador y Paraguay
tienen no sólo una casi inexistente inversión en ciencia y tecnología, sino que
han creado muy pocos campos para que los científicos se queden y puedan aplicar
sus conocimientos.
En este contexto de difícil competencia por la
atracción de los cerebros, más que en la fuga debemos pensar en la rotación de
cerebros, es decir en el aprovechamiento de las oportunidades que generan los
recursos humanos que van a estudiar o a trabajar a otros países más avanzados.
En la era de la información y la economía del conocimiento, la distancia física
ya no es una barrera para compartir experiencias y trabajar en la formación de
generaciones más competitivas.
En el caso de Paraguay, la buena perspectiva económica
para la siguiente década debería servir para financiar proyectos de formación
de cerebros en las mejores universidades del mundo, así como el aprovechamiento
de quienes hoy se encuentran en el exterior. Con una buena planificación a
mediano y largo plazo se puede lograr que cerebros paraguayos en el exterior
contribuyan a la formación de nuevas generaciones, así como a lograr que
expertos extranjeros vayan a Paraguay
para trabajar en las universidades en la enseñanza de ciencia y
tecnología.
El momento económico es ideal para el inicio de un
proceso de formación de los cerebros en el exterior, de aprovechamiento de los
que están fuera, y de atracción de los profesionales que podrían contribuir a
renovar la dirección económica, política y social del país.