Del rebelde a la revolución y del conservador a la nada
Economía | 21/03/2013

La economía siempre tiene rostro de personas. De gente conservadora o arriesgada, moderada y planificada o irreverente y agresiva. Lo podemos ver en nuestros empleos, en nuestras inversiones y en nuestras quejas cotidianas con respecto al funcionamiento de los servicios o algún desbarajuste urbano. Como rebeldes que se niegan a acatar órdenes emanadas de un sistema; como conversadores que tienden a mantenerlo todo igual ante el temor del perjuicio en el cambio; o como revolucionarios que, sin miramientos ni parsimonia, proponen implementar la idea aberrante o delirante que cambie la dirección de los vientos. A contracorriente, con el ímpetu del que pelea contra el mundo; o dejándose mecer por las oleadas, sin más destino que al que no importa si se llega. Así somos y así condicionamos a la economía.

No es una casualidad que hoy en día una de las palabras más usadas en el campo económico sea “innovación”. Cual piedra filosofal moderna, los alquimistas del desarrollo la adoran y cultivan, a sabiendas de que sus buenos oficios pueden posicionar a una economía a la vanguardia en un mundo que vive en carrera constante. Innovar o resistir. O quizás sólo esperar a que los demás innoven para luego copiar. Estas son algunas de las dudas que tenemos como individuos, como comunidad o como nación cuando nos enfrentamos al reto de intentar algo diferente a lo que estamos acostumbrados.

 

Al pensar en nuestra actitud frente a la necesidad de innovar, seguramente nos habremos visto como rebeldes, disidentes, conservadores o hasta embalsamadores de situaciones. Los pioneros en la innovación, los innovadores tempranos, los tardíos o los rezagados: todos ocupamos un lugar cuando se trata de ver cómo progresamos, cómo apostamos por algún emprendimiento o cómo buscamos sumarnos solamente a lo que ya tiene éxito confirmado. Estas posiciones o actitudes marcan notables diferencias cuando analizamos los contrastes económicos de países que son antípodas culturales.

Mientras que Israel, ese país de enclavado en una de las regiones más conflictivas del planeta, tiene una cultura de emprendedores en la que se valora más al que se equivoca al intentar algo nuevo que al que no falla porque no se arriesga, en otros países –como los latinoamericanos- parece ganar la cultura del dejarse estar, de esperar y conformarse. Por eso, mientras los israelíes tienen la sociedad más emprendedora del mundo, con empresas tecnológicas que son las más innovadoras del orbe, en Latinoamérica solemos dar cuenta periódica de nuestro rezago. Desarrollo y generación de riqueza por un lado, atraso y desigualdad, por el otro. Aunque esto no es novedad, pues a nadie sorprende lo que uno mismo decide.

En economías conservadoras y conformistas como las latinoamericanas, no podemos esperar que los beneficios de la innovación lleguen rápidamente, sino que procesados, digeridos y empaquetados al alto costo, sin que podamos tener más opción que tomarlo o dejarlo. El miedo al error o a las consecuencias pesan demasiado, por eso se tiende a empantanar, a trabar o –como alguna vez dijo una ilustrada diputada- a buscarle “la quinta pata al gallo” antes de emprender.

Al trasladar estas ideas al Paraguay, nos encontramos con un país conservador, de ritmo cansino, que exhibe la contradicción de ser hijo de muchas e interminables revoluciones, pero que ahora no tiene la actitud de revolucionar nada. Quejosos de sistemas, de partidos y promesas, se revuelven en los mismos círculos sin tomar la decisión trascendental de romper con todo aquello que ancla, anquilosa y encalla.

Una de las grandes tareas del Paraguay es lograr valorar más las ideas y apuntar a lo revolucionario, a lo que genere un cambio trascendental y se convierta en nuevo sistema. De conservadores y conservas hemos vivido, con retrógradas y retardados hemos convivido, y pobreza y atraso hemos tolerado. Son las ideas revolucionarias las que ahora necesitamos. O esto o nada.

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