La economía
siempre tiene rostro de personas. De gente conservadora o arriesgada, moderada
y planificada o irreverente y agresiva. Lo podemos ver en nuestros empleos, en
nuestras inversiones y en nuestras quejas cotidianas con respecto al funcionamiento
de los servicios o algún desbarajuste urbano. Como rebeldes que se niegan a
acatar órdenes emanadas de un sistema; como conversadores que tienden a
mantenerlo todo igual ante el temor del perjuicio en el cambio; o como
revolucionarios que, sin miramientos ni parsimonia, proponen implementar la
idea aberrante o delirante que cambie la dirección de los vientos. A
contracorriente, con el ímpetu del que pelea contra el mundo; o dejándose mecer
por las oleadas, sin más destino que al que no importa si se llega. Así somos y
así condicionamos a la economía.
No es una
casualidad que hoy en día una de las palabras más usadas en el campo económico
sea “innovación”. Cual piedra filosofal moderna, los alquimistas del desarrollo
la adoran y cultivan, a sabiendas de que sus buenos oficios pueden posicionar a
una economía a la vanguardia en un mundo que vive en carrera constante. Innovar
o resistir. O quizás sólo esperar a que los demás innoven para luego copiar.
Estas son algunas de las dudas que tenemos como individuos, como comunidad o
como nación cuando nos enfrentamos al reto de intentar algo diferente a lo que
estamos acostumbrados.
Al pensar en
nuestra actitud frente a la necesidad de innovar, seguramente nos habremos
visto como rebeldes, disidentes, conservadores o hasta embalsamadores de
situaciones. Los pioneros en la innovación, los innovadores tempranos, los
tardíos o los rezagados: todos ocupamos un lugar cuando se trata de ver cómo
progresamos, cómo apostamos por algún emprendimiento o cómo buscamos sumarnos
solamente a lo que ya tiene éxito confirmado. Estas posiciones o actitudes
marcan notables diferencias cuando analizamos los contrastes económicos de
países que son antípodas culturales.
Mientras que
Israel, ese país de enclavado en una de las regiones más conflictivas del
planeta, tiene una cultura de emprendedores en la que se valora más al que se
equivoca al intentar algo nuevo que al que no falla porque no se arriesga, en
otros países –como los latinoamericanos- parece ganar la cultura del dejarse
estar, de esperar y conformarse. Por eso, mientras los israelíes tienen la
sociedad más emprendedora del mundo, con empresas tecnológicas que son las más
innovadoras del orbe, en Latinoamérica solemos dar cuenta periódica de nuestro
rezago. Desarrollo y generación de riqueza por un lado, atraso y desigualdad,
por el otro. Aunque esto no es novedad, pues a nadie sorprende lo que uno mismo
decide.
En economías
conservadoras y conformistas como las latinoamericanas, no podemos esperar que
los beneficios de la innovación lleguen rápidamente, sino que procesados,
digeridos y empaquetados al alto costo, sin que podamos tener más opción que
tomarlo o dejarlo. El miedo al error o a las consecuencias pesan demasiado, por
eso se tiende a empantanar, a trabar o –como alguna vez dijo una ilustrada
diputada- a buscarle “la quinta pata al gallo” antes de emprender.
Al trasladar
estas ideas al Paraguay, nos encontramos con un país conservador, de ritmo
cansino, que exhibe la contradicción de ser hijo de muchas e interminables
revoluciones, pero que ahora no tiene la actitud de revolucionar nada. Quejosos
de sistemas, de partidos y promesas, se revuelven en los mismos círculos sin
tomar la decisión trascendental de romper con todo aquello que ancla, anquilosa
y encalla.
Una de las
grandes tareas del Paraguay es lograr valorar más las ideas y apuntar a lo
revolucionario, a lo que genere un cambio trascendental y se convierta en nuevo
sistema. De conservadores y conservas hemos vivido, con retrógradas y
retardados hemos convivido, y pobreza y atraso hemos tolerado. Son las ideas
revolucionarias las que ahora necesitamos. O esto o nada.