La atracción de
inversiones que generen empleos y oportunidades es siempre una necesidad
imperiosa en América Latina, cuyos países poseen grandes ventajas comparativas
para los inversionistas pero que, al mismo tiempo, nunca terminan de erradicar
la desconfianza que espanta muchos de los buenos proyectos. Precisamente, en
esta semana uno de los temas llamativos fue la recomendación que hizo la
revista Forbes al gobierno de México, en el sentido de reducir los impuestos
como una manera de aprovechar la coyuntura para atraer inversiones extranjeras
y, de esta manera, apuntalar un crecimiento económico más importante que el que
se ha tenido en los últimos años.
Lo dijo el mismo
presidente de la revista, Steve Forbes, quien aseguró que México puede crecer
hasta 6% anual en el caso de que aplique una reducción de impuestos, ya que
esto generaría un incremento en las inversiones extranjeras y, a su vez, esto
impulsaría el empleo. Las tasas que pagan los empresarios en México van del 28%
al 30%, por lo que Forbes recomienda disminuirlas hasta el 15%, con miras a que
invertir en el país sea mucho más atractivo para los empresarios. Hasta aquí
parece una de esas recomendaciones clásicas, que traen su propia lógica, pero
que no estamos acostumbrados a atender en forma planificada, sino sólo
ocasionalmente, en un contexto de conveniencias e informalidades que terminan
por hacer de cada fórmula un experimento de final incierto.
Lo que se busca
en estos casos es conocido: facilitar la inversión extranjera, reducir los
costos de instalación y puesta en funcionamiento de las empresas, minimizar la
burocracia y, con todo ello, apostar por una generación de empleo que
contribuya a mejorar los ingresos de la gente y hacer crecer la economía. Lo
curioso es que hay muchos ejemplos de países que han hecho bien las tareas y
han logrado beneficiosos resultados en cuanto a crecimiento, inversiones,
empleos y distribución de la riqueza. Pero cuando nuestras peculiaridades hacen
que apliquemos modelos en nuestros países, a menudo se termina por hacer crecer
una parte de la economía para beneficios sectorizados, o se crean empleos de
poca calidad o se termina entregando recursos naturales para favorecer a
agentes externos.
Y todavía es más
curioso el discurso de los incentivos cuando vemos que los gobiernos se
caracterizan por su inestabilidad, su falta de planificación y su poca visión
de qué es lo que debe hacer un país para mejorar la calidad de vida de su gente
en forma constante. En administraciones sin ideas, de coyuntura y de parche,
todo beneficio es fugaz y todo futuro suena lejano ante la opresión del
presente. Hace apenas tres años, cuando la crisis económica global golpeó con
fuerza a México, la primera medida –de manual- fue el aumento de impuestos para
que la administración cuente con suficientes recursos para parchar todos los
baches presupuestarios derivados de una recesión. Pero, en economías altamente
informales, el aumento de los impuestos siempre pesa sobre un pequeño sector
mientras que el resto no se ve afectado, de manera que los formales, los que
cumplen, son los que deben mantener a todos los demás. Y esto no garantiza
ninguna mejoría a mediano y largo plazo, sino acaso un aumento momentáneo de lo
que un Estado tiene para gastar.
Cuando pensamos
en estos ejemplos, en la enorme necesidad de inversión que tienen nuestros
países, en las carencias de la gente y en las grandes potencialidades que
tenemos pero no sabemos explotar, no podemos dejar de urgir una administración
más eficiente que ponga orden en escenarios difusos y cambiantes. Nos falta
planificar y pensar en generaciones futuras. Y nos falta definir un rumbo
económico.
Imaginen el
grado de desatino que tenemos en Paraguay, en donde no saben establecer la
división clara entre un incentivo para la radicación de inversiones y la
entrega de soberanía; entre favorecer la generación de empleos en beneficio de
la gente o facilitar los salarios bajos, la precariedad laboral y la inequidad en
la distribución de ingresos.
Para incentivar
el crecimiento de la economía y la radicación de inversiones, primero debemos
recuperar el régimen de confianza: que crean que vale la pena invertir,
trabajar, generar empleos y capacitar. Es cierto, necesitamos bajar algunos
impuestos (y cobrar otros) minimizar la burocracia y hacer que no sea tan
complicado trabajar en nuestros países. Pero primero debemos recuperar la
confianza.