La economía
uruguaya, pequeña como la dimensión territorial del país, ha presentado signos
alentadores en los últimos años. Sin el gran ruido que hacen otras naciones en
cuanto a reformas y promesas futuristas, este país está haciendo un giro tan
discreto como llamativo hacia una economía con proyección en el tiempo.
Tradicionalmente basado en la industria alimenticia y en la fabricación de
productos de madera y papel, así como en la ganadería, en la región ha venido
destacando por la industria del software, lo que implica un rubro vinculado al
conocimiento y la preparación de la gente, y no sólo a la explotación de
recursos naturales.
Con un sistema
financiero sólido y estable -algo difícil de lograr en una región marcada por
la inestabilidad y la informalidad-, Uruguay está ganando la confianza de los
inversionistas y se está posicionando como uno de los destinos favoritos en la
región para la radicación de inversiones. Detrás de estos movimientos de
capital, hay datos interesantes que nos permiten inferir los motivos que
vuelven atractiva la economía uruguaya.
Tras la crisis
de 2002, la economía ha mantenido una tendencia de crecimiento. Para el año 2011
el incremento del Producto Interno Bruto (PIB) fue de 4,5%, en tanto para los
pasados 12 meses tuvo un repunte de alrededor del 4%, similar a lo que se
espera para el 2013. A pesar de un contexto internacional marcado por la crisis
de Europa y Estados Unidos, los números se mantienen favorables.
Pero los
verdaderos logros no se ven en los grandes indicadores sino en el aspecto
social: según el informe titulado "Panorama social de América latina
2011", realizado por la Comisión Económica para América Latina (CEPAL),
Uruguay destaca entre los cincos países con mayor disminución de la pobreza
entre 2009 y 2011, junto con Perú, Ecuador, Argentina y Colombia. Un dato
revelador es que entre 2002 y 2010, la pobreza en el país de los charrúas se
redujo de 15,4% a 8,6%.
Esto demuestra
que los buenos números macroeconómicos están permeando hacia la sociedad, de
tal manera que se logra disminuir la pobreza, minimizar la desigualdad y
redistribuir los ingresos. La CEPAL menciona, en el informe citado, que Uruguay
es uno de los países que presentan mejores niveles de seguridad social, de
gastos en políticas sociales y que, mediante ello, está disminuyendo en forma
constante la desigualdad.
Y en el contexto
de las políticas sociales, la inversión educativa en busca de ampliar y mejorar
la calidad de la enseñanza y el aprendizaje es quizá el aspecto más vital para
la economía de este país. De acuerdo a los datos de la Unesco, mientras la
mayoría de los países latinoamericanos invierten 200 dólares al año por
habitante en materia educativa, Uruguay invierte 1000 dólares por habitante.
Con esto se ha logrado prácticamente que el 100% de los niños tenga acceso a la
educación primaria, aunque -evidentemente- todavía resta mucho por hacer para
lograr los estándares de calidad de los país más desarrollados. Con proyectos
como el Plan Ceibal -impulsado por el gobierno de Tabaré Vázquez- se ha facilitado
la incorporación de las nuevas tecnologías a las escuelas.
Lo interesante
del modelo uruguayo es que, a sabiendas de sus limitaciones, busca posicionarse
en campos que hagan de contrapeso a las economías más grandes: estabilidad
financiera, seguridad para las inversiones, calidad educativa y un intento por
saltar a la economía del conocimiento. Los cambios se perciben desde el
discurso presidencial de un ex guerrillero que habla de educación como el arma
para el progreso de la gente.
Aunque ciertamente
sabemos que las economías latinoamericanas se encuentran todavía muy rezagadas
frente a las economías desarrolladas, hay iniciativas que debemos emprender
para encaminarnos hacia estadios de mayor progreso: invertir más en políticas
sociales -fundamentalmente educación-, incentivar el desarrollo de la ciencia y
la tecnología, para posicionarnos en la economía del conocimiento, y sobre todo
hacer de estas iniciativas una política de Estado, con planificación y visión
de futuro. Hay buenos signos en la región. Ahora nos falta convertirlos en
modelos de desarrollo.