“La democracia sería
una palabra muy pobre si no fuera definida por los campos de batalla en los que
tantos hombres y mujeres combatieron por ella. Si necesitamos una definición
fuerte de la democracia, es en parte porque hay que oponerla a aquellos que, en
nombre de las luchas democráticas antiguas, se constituyeron y siguen
constituyéndose en los servidores del absolutismo y la intolerancia”.
Alain
Touraine
La intolerancia forma
parte del cosmos en que está inmersa
Algunos sostienen que
la atmósfera generada por este gobierno trae intolerancia como respuesta, y sin
repetir ni soplar, diremos “crispación”,
“condena social”, “gorilas”, “viven del Plan”, “vendepatria”, “cipayos”,
pedimos disculpas si nos olvidamos de algunos términos, el discurso se enmaraña
en este tipo de conceptos didácticos, sencillos de comprender, pero que, por su
naturaleza simplona, tampoco resuelven y se convierten en comidilla de
tacheros, comerciantes, una charla de 5 minutos y ya está, nos sacamos de encima la responsabilidad ciudadana, los políticos
son unos hijos de puta y nosotros, pobres víctimas. La simplificación avanza en
los asuntos públicos y todos queremos
tener la respuesta perfecta, que no nos demore mucho el pensamiento y que
resuelva el enigma, y si puede ser con menos de 140 caracteres y qué mejor que
nos conteste una minita, maybe levantamos algo.
No negaremos que en los
gérmenes de la intolerancia hay varios actores que otorgaron su granito de
arena: políticos, sociales,
comunicacionales y los sujetos a pie, sería una zoncera contemplarlo de un
modo piramidal, epidémico, Cristina y sus allegados son intolerantes, por ende
todos nos convertimos a imagen y
semejanza en lo mismo, un razonamiento infantil, erróneo, lavarnos la culpa
para enrostrárselo a otro. La postura ética de abrir el diálogo es un juego
mediático, sólo eso, el aparentar un liderazgo desde el criterio de la
consonancia, sabiendo que es puro
maquillaje. Para menguar los errores hablamos de condena social, hacemos
pucherito, unas disculpas por aquí, otras por allá. El mensaje a la sociedad se torna difuso, los medios, unos y otros,
borronean aún más la imagen, a esto le sumamos la frustración del
ciudadano, con sus mambos, problemas de guita, que no llegamos a fin de mes. Es todo y a la vez nada. Y puteamos a quien
venga, si está con la familia mala suerte, decimos que la otra es una hija de
puta, y bueno, no, no, se me fue la mano, y nos dormimos en el colectivo si hay
una embarazada, anciana, lo que sea, la intolerancia tiene muchas facetas y nos
involucra de lleno a cada pieza de este tablero de ajedrez. En esto, hacernos
creer que no formamos parte, nos vuelve
más cómplices.