Los vaivenes de la economía paraguaya, carente de planificación a
largo plazo, ya no representan sorpresa alguna. Podemos crecer 15% en un año y
lograr llamar la atención a nivel mundial, para luego olvidar ese logro y
convertirnos en una de las pocas economías latinoamericanas que no crecerán
este año. Y todavía pretender que la contracción de 1,2% prevista para 2012
quede opacada por la expectativa de repunte del 10,5% prevista para 2013 por el
Banco Central del Paraguay (BCP). La expectativa momentánea parece regirlo
todo, a expensas de que alguna sequía o brote de aftosa acabe con ella y nos
deje a merced de malos indicadores.
Cada vez que el clima no favorece, aparece alguna traba para la
exportación o los vecinos tienen problemas económicos, Paraguay recibe un duro
golpe. No es raro que esto ocurra cuando se depende de pocos rubros y se cuenta
con una economía precaria, con escasa capacidad de innovación y reinvención.
Pero, más allá de los bamboleos de la economía, las incertidumbres que
conllevan los procesos electorales siempre traen efectos especulativos, en
espera de que se defina la nueva administración del poder. El país se encuentra
en este contexto: saltando de crecimientos a contracciones, en medio de la
falta de rumbo económico definido, ante un entorno regional poco amistoso y
ante las expectativas e incertidumbres del cambio de gobierno en 2013.
Luego de un año difícil, debido a la baja producción en el campo y
los problemas para la exportación de carne, tenemos que enfrentar -además- el
aumento del desempleo, que pasó de 7,5% a 8,1%, de acuerdo a los datos de la
Organización Internacional del Trabajo (OIT). Y mientras el Ministerio de
Industria y Comercio (MIC) anuncia que las inversiones realizadas este año
cerrarán en torno a los 800 millones de dólares, tenemos que el 60% de dichas
inversiones corresponden a empresas paraguayas. Es decir, la inversión total
todavía es poca frente a las necesidades de empleo y generación de riqueza,
pero es todavía menor la inversión extranjera, lo que representa poca capacidad
atractiva del país.
La población necesita mejorar sus oportunidades de empleo,
incrementar sus ingresos y lograr minimizar la pobreza que hoy es una de las
más acentuadas en América Latina. Sin embargo, el funcionamiento de la economía
paraguaya es relativizado fácilmente por factores como los cambios
meteorológicos, un proceso electoral o un arreglo político. Economía endeble,
poco competitiva y sin proyección de futuro. Eso tenemos ahora, cuando
dependemos de lo coyuntural y no sabemos con qué saldrán los que resulten ganadores
en la siguiente elección.
Ante esta situación, no se pueden esperar más que beneficios ocasionales
que, como es sabido, no servirán más que de placebo para una economía doliente.
Y en un año electoral, también esto podría relativizarse, pues se especulará
con las inversiones, con los emprendimientos y hasta con el comercio. El
comportamiento cíclico de la economía paraguaya siempre nos lleva a destinos
conocidos en donde no encontramos soluciones a los problemas de fondo.
El Paraguay debe salir de este encierro cíclico que nos lleva a
vivir dependiendo de los precios de la materia prima, de las bondades de la
economía regional, las lluvias o un viento favorable. Hay que entender que el
manejo "prudente" elogiado por el Banco Interamericano de Desarrollo
(BID) no es suficiente para un país con más de la mitad de su gente en
situación de pobreza, pues la urgencia de una población empobrecida no se
soluciona manteniendo grandes indicadores que benefician a unos pocos.
La cuestión electoral no debe llevarnos a estériles discusiones
ideológicas o partidarias, sino a la exigencia de un proyecto económico a largo
plazo que atienda las principales necesidades de la gente y que apueste por lo
visionario y no por lo efímero. Hay que exigir que se trabaje con la gente, que
se fomenten la condiciones para que los paraguayos puedan acceder a empleos
dignos y para que no queden siempre a merced de "lo que haya". Es la
economía de la gente, no los indicadores coyunturales. Basta de ciclos
económicos nocivos, mejor apostemos por una ruta de crecimiento sostenido, de
innovación y competitividad.