El encanto que
despiertan las obras materiales parece contrastar fuertemente con las urgencias
en las sociedades que vivimos: fascinados por un monumento, un edificio o un
puente de dudosa calidad recientemente inaugurado por algún político necesitado
de votos, dejamos pasar la vida sin atender a aquello intangible pero que
realmente construye cimientos sólidos para una vida mejor. Mientras la
televisión nos muestra a menudo a presidentes o administradores del poder
inaugurando un tramo de una ruta, una estatua a un prócer olvidado o una imagen
actuada de "la primera piedra" o "la palada inicial" de lo
que será un edificio, los indicadores educativos, los tecnológicos o las
muestras de conciencia de la gente no figuran ni para relleno.
No es rara la
estrategia de los políticos de intentar demostrar su eficiencia y el
"cambio" mediante obras físicas ostensibles, pero en tiempos de
incredulidad es casi un absurdo que la gente siga viendo como
"resultados" la remodelación de una iglesia, el arreglo de una plaza
o la pavimentación irregular de calles. Cuando una sociedad se conforma con
pocas obras como el equivalente de una "buena gestión" y cuando se
deja agasajar con lo visual y no con lo sustancioso, entonces la dinámica se vuelve
reiterativa y perniciosa: engolosinados con la siguiente elección, los
gobernantes de turno gastan sus presupuestos para demostrar con obras físicas
que "merecen" ser votados y permanecer atornillados en sus cargos.
Basta con ver
los niveles de ingreso de algunas naciones y los resultados que exhiben para
comprender que hay una fascinación con el simulacro, con invertir en lo visible
pero no en lo esencial, y con lo efímero antes que con lo estructural. Resulta
difícil explicar cómo un país como Venezuela que cuenta con ingresos
millonarios suficientes para ser una nación desarrollada y sin pobres, sigue
viviendo en el atraso, con elevadas tasas de marginalidad y teniendo a su
capital como una de las ciudades más peligrosas. Con una inversión escasa en la
educación, con casi nula inversión en ciencia y tecnología, los resultados no
pueden mostrar algo diferente a los altos niveles de pobreza y el atraso de un
pueblo.
Gastar en el
corto plazo y exhibir en forma rápida parecen ser las prioridades de los
gobernantes, antes que hacer inversiones a mediano y largo plazo que beneficien
a generaciones y no sólo deslumbren con un brillo fugaz. Todavía persiste la
confusión en torno al progreso, que en muchas ocasiones sigue siendo entendido
como sinónimo de edificios, de infraestructura ostentosa y de fachadas que
disimulen el fondo del problema. Por eso antes que reformar los sistemas
educativos para mejorar los niveles de formación de los estudiantes, se opta
por soluciones de fachada como inaugurar un edificio para incrementar la
burocracia administrativa en nombre de la educación. Cuanto todo se disimula,
todo es de fachada y todo se puede "vender" como logro, lo verdadera
necesidad no es atendida ni valorada.
Si vemos los
casos recurrentes en América Latina, seguramente comprenderemos por qué pese a
tener condiciones ideales para el desarrollo, como riquezas naturales,
condiciones geográficas y climáticas adecuadas, y grandes ingresos, los países
siguen en la pobreza, el atrasado educativo y una enorme desigualdad que
amenaza con estallidos sociales en forma constante.
Si seguimos
manteniendo ingresos administrados sólo para la fachada, para disimular o para
intentar impresionar con obras de infraestructura que no solucionen cuestiones
de fondo, seguramente se mantendrá el sistema en el cual todos aparentan y
todos quieren quedar bien sin resolver absolutamente nada.
A América Latina
le urge dejar de lado el populismo de lo efímero y pasar a cuestiones
visionarias que ataquen problemas estructurales: mejorar la calidad educativa,
incrementar los niveles de competitividad y apostar por el desarrollo de la
ciencia y tecnología. Con la situación actual, de nada sirve un edificio más,
una plaza o una estatua a un mártir perdido. Hace falta invertir en lo que no
se ve y en lo que será redituable a largo plazo.