Tras una
revisión de las estrategias de las naciones desarrolladas y emergentes, una
gran pregunta que queda siempre es cuál es la estrategia que tiene Paraguay en
cuanto a modelos de desarrollo y mejoramiento de la economía. Es difícil clasificar
a Paraguay y es más complicado aun definir cuál es su apuesta para la
construcción de un futuro a mediano y largo plazo, teniendo en cuenta la
inestabilidad política y la falta de una hoja ruta clara sobre la que se
cimente el desarrollo. Es un país de contradicciones y absurdos, en donde la
abundancia de recursos naturales y riqueza energética contrasta con los
elevados índices de pobreza y las injusticias en la distribución de la tierra y
las oportunidades.
Durante muchos
años se apostó por el modelo agroexportador, en la creencia de que la riqueza
de la tierra convertida en producto cotizado en el mercado internacional
terminaría por beneficiar a los campesinos y a la gente en general. Pero mucho
de eso quedó en la venta de materia prima –sin todo el valor agregado que
podríamos darle- y en la sobreexplotación mediante monocultivos intensivos que
terminaron concentrando la riqueza en pocas manos. Así, los niveles de
crecimiento económico dependieron de las exportaciones de rubros como la soja
pero no se tradujeron en equidad distributiva, pues los grandes exportadores
incrementaron sus ingresos mientras que los niveles de pobreza y marginalidad seguían
intactos o empeoraban.
Como en el ciclo
del eterno retorno, hubo periodos de crecimiento notable que siempre se
acabaron, y terminamos por volver a reflejarnos en las mismas precariedades que
buscamos eludir. Con la construcción de Itaipú el país logró un crecimiento sin
precedentes y se respiraba la bonanza, pero la burbuja explotó y hoy tenemos el
mayor per cápita de energía eléctrica del mundo, aunque el 95% de dicha energía
se la queda el Brasil mientras el Paraguay sigue pobre y sin encontrar el
mecanismo de hacer que este potencial se convierta en un soporte para el
progreso. Nos jactamos de la electricidad pero seguimos dependiendo del
petróleo que importamos y careciendo de sistemas de trenes eléctricos que
faciliten la movilidad de un país mediterráneo al que le urge facilitar las
comunicaciones.
Y mientras los
países con visión de futuro han emprendido la carrera hacia la economía del
conocimiento, mediante la optimización de la calidad educativa y la inversión
en ciencia y tecnología, Paraguay todavía está a merced del clima, de los
factores externos como los precios internacionales y de la buena voluntad de
los vecinos, que deciden si traban o dejan pasar las exportaciones. Bastan una
caída del precio de la soja o un brote de aftosa que ahuyente a los
compradores, para que la economía se resienta y golpee a todos. Con una
industria poco competitiva, que encima ha sido perjudicada por las trabas del
Mercosur, los logros han sido esporádicos y sectorizados. Mientras lo que se
requiere es ser competitivo y expandir la economía hacia los mercados globalizados,
todavía se sufre en el mercado interno cuando el contrabando desplaza a la producción
local.
El problema de
fondo no radica en la pobreza de recursos naturales ni en la falta de
oportunidades de desarrollo, sino en la pobreza educativa. Curiosamente,
Paraguay cuenta con el bono demográfico, con más del 60% de su población con
menos de 30 años, pero no ha trabajado correctamente los cimientos de cualquier
sociedad: su gente. Singapur, Finlandia, Noruega y otros países prácticamente
han derrotado a la pobreza gracias a la apuesta por la educación de su gente, y
hoy gozan de niveles de calidad de vida muy lejanos a los que conocemos en
Paraguay.
No hay modelo
económico exitoso sin gente educada, sin mano de obra calificada, sin
profesionales que dirijan la economía y que sepan cómo lograr competitividad en
cada uno de los sectores. Mientras no asumamos esto y no obremos en
consecuencia, seguramente seguiremos experimentando con modelos económicos y
dependiendo de ciclos de bonanza que se irán tal como vinieron. Sin revertir
nuestros índices de analfabetismo, analfabetismo funcional y la poca
preparación profesional, no lograremos revertir ni la pobreza ni la
marginalidad ni las injusticias sociales.