La visión hacia
el futuro y la planificación del rumbo son dos de los elementos característicos
de las economías desarrolladas. Con economías planificadas y visionarias, saben
cómo construir sobre la base de las fortalezas que posean en materia
geográfica, en recursos naturales y, sobre todo, en recursos humanos.
Necesariamente, la planificación pasa por pensar en un objetivo a mediano y
largo plazo, en mecanismos para avanzar y en la construcción de un modelo
económico que permita atender todas las necesidades y aprovechar todas las
potencialidades de una nación. De ahí los modelos basados en la explotación de
recursos naturales, en la industrialización o en la venta de servicios.
Planificar es
algo normal para los países que dieron el gran salto desde la pobreza hasta la
riqueza. Lo hicieron en Taiwán, a partir de la repatriación de sus cerebros y
el fuerte incentivo al desarrollo de la tecnología. O en Holanda, para hacer
del país un centro estratégico para el comercio y las finanzas. Suiza,
planificada, ordenada y confiable, ha sabido sacar provecho de un territorio
acotado y mediterráneo, que sin embargo es un enclave fundamental para el
movimiento de las finanzas internacionales. Saber planificar es hacer lo que
hicieron los noruegos con los ingresos del petróleo, mediante los cuales se
formaron generaciones de profesionales competitivos que hoy son una inagotable
fuente de riqueza para el país.
La visión
económica es quizá una de las mayores ventajas para construir naciones más
estables que se adelanten a los tiempos y sepan posicionarse en donde estará la
riqueza. Lo demostraron los japoneses, que en medio de las ruinas dejadas por
la Segunda Guerra Mundial supieron ver en el avance tecnológico a la fuente de
ingresos que cambiaría la situación del país. El "milagro japonés" en
realidad tiene poco de milagroso y mucho de visionario, mucho de planificación,
inteligencia y trabajo. Se adelantaron a los tiempos y cuando el mundo necesitó
con urgencia la tecnología, los mejores en la materia eran los japoneses. Ser
visionario es anticiparse y estar listo para los cambios que se dan en forma
constante.
Los visionarios
de hoy son los que saben que hay modelos que se agotarán y que emergerán otros,
con nuevas necesidades y nuevas expectativas. Eso lo saben los israelíes, que
trabajan en forma acelerada para innovar en el campo energético y prever el fin
del dios petróleo y la nueva dependencia de energías renovables. No sólo buscan
que todo su parque automotor sea movido a electricidad, sino que cuando ocurra
el cambio de matriz energética ellos sean los que puedan abastecer la demanda.
En
contrapartida, cuando miramos a las economías latinoamericanas lo que
encontramos es que la planificación y la visión son esporádicas y, en
ocasiones, anecdóticas. Casi no hay planificación a mediano y largo plazo, sino
que existe la urgencia de la coyuntura, de lo momentáneo y lo espectacular.
Antes que pensar en una generación de profesionales capacitados, se priorizan
los monumentos, obras y todo aquello que pueda ser exhibido en poco tiempo como
un "logro". Por eso siempre se inauguran hospitales y escuelas,
aunque nuestra salud esté en eterna terapia intensiva y nuestra educación sea
de una calidad muy lejana a la requerida para tener una sociedad mejor.
Nuestros gobernantes viven pendientes de la siguiente elección y ajenos a la
siguiente generación, por lo que buscan efectos fugaces que impresionen a los
potenciales votantes y no efectos duraderos que hagan que los memoren como
aquellos que tardaron décadas pero lograron cambios significativos.
Seguir viviendo
de la coyuntura, de la explotación de recursos finitos o de la dependencia
ajena no hará que haya menos pobres ni mejorará nuestra calidad de vida. Nos
hace falta pensar más allá de un periodo de gobierno o de la siguiere elección.
Deberíamos responder a las preguntas de a dónde queremos ir, cómo lo haremos y
cuál será nuestro modelo económico. Pero debemos empezar ya.