Una de las
principales promesas de desarrollo y progreso en América Latina siempre estuvo
en Argentina. Este país, de notable riquezas naturales y de un gran potencial
humano, ha pasado por etapas de auge que hoy contrastan con los resultados que
ofrece. Históricamente es uno de los principales productores de granos y fue
considerado “el granero del mundo” por su extraordinaria producción de
cereales, oleaginosas y alimentos en general. A principios del siglo pasado,
era una economía poderosa y con grandes perspectivas, fundamentalmente debido a
su producción agrícola, pero en la medida en que la riqueza fue dejando de
depender de la agricultura, dejó de ser uno de los países más ricos para
convertirse en uno que siempre vive en emergencia, como potencia y como
promesa.
Algo fundamental
para comprender el cambio de la perspectiva argentina es la constitución de la
riqueza en los tiempos actuales: a nivel mundial, dos terceras partes de la
riqueza dependen del conocimiento aplicado al sector de servicios, en tanto
cerca del 30% corresponde a la industria y sólo el 4% a la agricultura. Esto
explica por qué Argentina tenía tanto potencial hace 100 años, cuando la
producción primaria alcanzaba a representar hasta el 60% de la riqueza, y
producir alimentos para un mundo necesitado era un negocio de dimensiones
muchos mayores. En cambio, en una era en la que el conocimiento se ha vuelto el
capital más importante para la generación de riqueza, los resultados ya no
dependen de la explotación de recursos naturales, por lo que un país con
problemas educativos tiene serias limitaciones para el progreso y el
desarrollo.
Precisamente,
uno de los aspectos más llamativos de la Argentina es que siempre fue un
referente de la alfabetización y la cultura, pero en las últimas décadas ha
disminuido su calidad educativa y hoy aparece rezagada frente a otras naciones.
A tal punto llega el conflicto, que el ex rector de la Universidad de Buenos Aires
(UBA), Guillermo Jaim Etcheverry, en su libro “La tragedia educativa”, dice que
Argentina es hoy una “sociedad contra el conocimiento”. La caída del nivel
académico se debe quizá a la politización de la educación y presenta una
aparente contradicción: pese a que tienen una de las universidades más grandes
y más representativas de América Latina ( la UBA ), prácticamente han
desaparecido de los rankings internacionales de las mejores universidades del
mundo.
Debido a esto,
el periodista Andres Oppenheimer, en su libro “¡Basta de historias!”, califica
a la Argentina como “el país de las oportunidades perdidas”. Con el descuido
hacia la educación y la pérdida de nivel de sus universidades, los resultados
se notan en una economía menos competitiva, con menor capacidad de innovación y
con enormes conflictos para impulsarse en la economía del conocimiento. Un dato
revelador es que el proporcionó recientemente el Foro Económico Mundial:
Argentina cayó 9 posiciones en el Ranking Mundial de Competitividad, ya que del
lugar 85 pasó al 94.
Estos datos
pintan un panorama de enorme potencial pero de muchas limitaciones. Pese a que
el Producto Interno Bruto (PIB) se ha incrementado en forma sostenida durante
la última década, eso no es suficiente para garantizar que la economía sea
sólida y que permita revertir la pobreza y la desigualdad, que son dos males
que siempre persiguen a esta nación.
El caso
argentino es representativo de una imperiosa necesidad de los latinoamericanos:
pasar de modelos productivos basados en la explotación de recursos naturales a
un modelo en donde el conocimiento sea la base de la generación de riqueza. Las
fuentes de riqueza han cambiado radicalmente en esta era de la información, por
lo que pese a que tengamos tierras fértiles, petróleo o energía eléctrica en
abundancia no lograremos convertir eso en justicia social, equidad o desarrollo
si no tenemos un nivel educativo de primer nivel.
La caída del
nivel educativo es directamente proporcional al incremento de la desigualdad,
que hace que pese a vivir en un continente rico tengamos más desigualdad que
África. Debemos comprender que la riqueza del mundo ya no pasa por la venta de
materia prima sino por la generación de sociedades instruidas, competitivas e
innovadoras, por lo que urge recuperar la calidad de nuestras universidades,
recuperar a nuestros cerebros, nuestros científicos y educadores, en una
campaña para erradicar la verdadera causa de la pobreza: la ignorancia.