Su inversión en
materia educativa llega al 6% del Producto Interno Bruto (PIB), en tanto que lo
destinado a ciencia y tecnología es del 4%. Sus maestros son respetados,
altamente competitivos, y ocupan un lugar importante en la sociedad. Sabedores
de que ir a la escuela y aprender no sólo es una cuestión ritual sino la base
de la construcción de un país, sus niños asisten regularmente a clases, pese a
las condiciones climáticas, las adversidades coyunturales o cualquier excusa de
turno. Por eso, no debe sorprender que los estudiantes de Finlandia se
posicionen en el primer lugar de la prueba internacional Pisa, que mide el
rendimiento de los estudiantes a nivel mundial, ni debería llamarnos la
atención que tengan un país competitivo, con una alta calidad de vida y que
sean innovadores y capaces de crear sus propias oportunidades, tal como lo
hicieron al convertirse en pioneros en telefonía celular.
Estos datos, ya
muy conocidos, forman parte de la diferencia fundamental que marca el abismo
entre las naciones ricas y las pobres: la educación. Pero educación competitiva
y de calidad, y no aquella discursiva, politizada e ideologizada con la que
tanto ruido hacemos en Latinoamérica, pero que tan pocos resultados favorables
ha dado a la gente. Invertir en la gente, darle oportunidad de crecimiento, y
hacer que desarrolle su vida consciente de que la formación es esencial para
lograr un buen empleo, para concretar un proyecto o tan sólo para tener las
condiciones necesarias de satisfacer las necesidades, es algo que los
latinoamericanos tenemos pendiente. Lejos de la obsesión que tienen los
singapurenses por la educación o de la extraordinaria planificación noruega
para formar a sus recursos humanos, Latinoamérica se ve como el sitio de las
promesas vacías y los discursos sin contenido que terminan enarbolando a la
educación como una palabra para seducir incautos y no como una causa de
sobrevivencia.
Mientras las
principales universidades del mundo destacan por su producción científica y por
formar a aquellos referentes que nos indiquen hacia dónde debemos ir en tiempos
de crisis como los de ahora, en universidades atrasadas se ha politizado la
educación, al punto de priorizar la puja por cargos y el control del
presupuesto, de forma tal que funcionan como semilleros ideológicos o centros
de paso que apenas ofrecen educación de baja calidad, insuficiente para atender
las necesidades de competencia en un mundo globalizado. Basta con ver los
ejemplos de las universidades finlandesas –de donde salieron los cerebros que
formaron una empresa de telefonía celular que factura al año más que todo el
Paraguay-, o las de Israel, un país líder en el registro de patentes por
habitante a nivel mundial y que ha logrado notables avances en la medicina y en
la producción de un sistema de transporte basado en energía eléctrica. Ni
hablar de Japón y la nanotecnología o los institutos tecnológicos de India que,
seguramente en poco tiempo, harán de este país uno de los más poderosos en el
campo de la innovación tecnológica.
En
contrapartida, las casas de estudio latinoamericanas aparecen en los periódicos
gracias a los conflictos: peleas por presupuesto, huelgas, manifestaciones
ideológicas, peleas con sindicatos y maestros, mala administración de los
recursos…Esto nos habla de la pérdida de respeto hacia nuestra educación, hacia
los fundamentos de la construcción de nuestra capacidad, nuestras oportunidades
y nuestro destino. La politización de la educación y la pérdida de entusiasmo
de la gente en materia educativa quizá sean dos de los motivos por los cuales
hoy vivimos inmersos en sociedades poco instruidas, con recursos humanos poco
competitivos y con economías primarias, precarias y altamente desiguales en la
distribución de ingresos.
Si comparamos la
inversión educativa de Paraguay, así como la calidad de dicha inversión, con
las inversiones de los países desarrollados, seguramente comprenderemos por qué
el atraso, por qué la corrupción, la pobreza, la desigualdad o la injusticia
social. La diferencia fundamental entre países ricos y pobres es la calidad
educativa. Por eso no funcionan las recetas para mejorar la economía y por eso
se suceden las administraciones, los discursos, los sesgos ideológicos y los
planes, sin que se pueda cambiar la situación de pobreza que afecta a más de la
mitad de los paraguayos. No existe en la historia una revolución que se haya
hecho sin gente capacitada para ello. Y nuestra verdadera revolución debería
ser educativa, haciendo que la gente sea el principal centro de inversión y el
principal agente de cambio. Pero, definitivamente, no lo lograremos si
mantenemos la situación de desinterés hacia lo educativo. La consigna debería
ser: primero la educación, y luego la educación.