Investigar,
conocer, inventar, innovar. Estas palabras se han vuelto claves en los últimos
tiempos, cuando la economía dejó de depender de la producción primaria y los
recursos naturales para basarse en el conocimiento. Hoy las economías que más
progresan son las que saben cómo explotar el conocimiento y se posicionan en el
sector de servicios, en donde se concentran dos terceras partes de la riqueza
que se produce. Y en este contexto, existe un abismo entre los países
desarrollados, que invierten en ciencia y tecnología, y los países atrasados,
que todavía no comprenden la necesidad de cambiar los esquemas tradicionales de
producción primaria para pasar a la economía del conocimiento.
Como decíamos
ayer, la inversión en ciencia y tecnología es un factor que ha permitido dar el
gran salto a países como Finlandia, Singapur, Corea del Sur y Taiwán. Mientras
países con grandes territorios y riquezas naturales todavía se debaten entre el
atraso y el hambre, un país pequeño, rodeado de conflictos, como Israel, posee
la mayor inversión en innovación a nivel mundial, en tanto su nivel de investigación
científica hace que siempre estén en busca de algún invento que los siga
manteniendo a la vanguardia. La investigación es vista en este país como una
cuestión de sobrevivencia. O veamos el caso de India, que está invirtiendo
mucho en el desarrollo de la tecnología, por lo que en algunos años podría
convertirse en el gran referente mundial de la economía basada en lo
tecnológico.
Mientras Qatar
busca poseer un sistema de trenes de levitación magnética, Israel quiere ser el
mayor productor de autos eléctricos, Corea del Sur, Taiwán, Japón y Singapur se
pelean por el liderazgo en cuanto a tecnología informática, los países de
América Latina siguen anclados en sus sistemas de producción basados en la
explotación de la tierra, la exportación de materia prima o el simple
suministro de algún recurso natural finito. El contraste es contundente y los
resultados dolientes: los primeros progresan y los segundos están rezagados,
cada vez más dependientes de la producción ajena, y ostentan escandalosos niveles
de pobreza, marginalidad y carencias.
Los
latinoamericanos todavía no han tomado en serio el problema de la ciencia y la
tecnología. Basta con decir que el país que más invierte actualmente en ciencia
y tecnología es Brasil, que destina el 1,1% de su Producto Interno Bruto (PIB)
a este campo. Pero, esta cifra -la más alentadora que tenemos- se encuentra
todavía muy lejos de lo que invierte Finlandia: 4% del PIB. En tanto, la
mayoría de los países latinoamericanos no llega al 1%: Venezuela, Bolivia, Ecuador
o Paraguay presentan inversiones casi inexistentes, en tanto una economía
grande como la de México apenas le dedica un 0,4%, es decir la décima parte de
lo recomendable.
No invertir como
se debe en la ciencia y la tecnología equivale a seguir anclados en modelos
productivos obsoletos, a vender petróleo sin refinar o gas en estado natural;
equivale a depender de la compra de inventos ajenos, a no saber aprovechar la
riqueza energética o a seguir manteniendo economías poco competitivas que no
son capaces de reinventarse para generar mejores ingresos, mejores empleos y
más oportunidades.
La riqueza
natural finita no alcanza para lograr sociedades que progresan. La riqueza de
hoy está en investigar, innovar, saber, emprender y desarrollar. Los niveles de
competencia hacen que cuanto más nos atrasemos, más pobres seamos y más
indefensos quedemos ante los que sí avanzan.