Tras el salto
tecnológico que permitió a Malasia pasar de un estado de crisis, pobreza y analfabetismo
a uno de crecimiento económico sostenido, de desarrollo y generación de
oportunidades para mejorar la calidad de vida, este país es un ejemplo de que
una buena visión de futuro, una buena estrategia y acciones correctas son una
combinación que puede cambiar el estado de una sociedad. Mediante una apuesta
fuerte al desarrollo de la tecnología, la industrialización de sus principales
rubros de producción, y un proceso de ampliación y mejoramiento de la calidad
educativa –sobre la base de una inversión importante de su riqueza a este
sector- ha cosechado resultados que son envidiables para los países
latinoamericanos.
Aunque su
repunte no fue tan espectacular como el de Singapur –que formó parte de Malasia
hasta 1965-, su proceso de transición resulta muy interesante a la luz de sus
logros en lo económico y lo social. Gracias a la tecnología, se convirtió en el
primer productor mundial de aceite de palma, así como en un gran productor de
caucho y cacao. Además, su fuerte inversión en la tecnología lo ha posicionado
como uno de los principales productores de componentes electrónicos junto con
Japón y Estados Unidos. Y algo por demás llamativo es que esto último lo ha
llevado al desarrollo del “turismo tecnológico”, ya que hacer un recorrido por
las tiendas en busca de artículos de última generación resulta muy atractivo
para los turistas de todo el mundo.
Lo curioso
detrás de estos avances es que –tras superar la crisis asiática de la década
del 90' que afectó fuertemente a esta nación- los malayos buscan alternativas
para seguir en el proceso de transformación de su economía y obtener así logros
que permitan mejorar los niveles de vida de la gente. Una de sus metas actuales
es lograr un desarrollo mediante el uso de “tecnologías verdes”, con lo que esperan
lograr una alta eficiencia en el uso de los recursos naturales, bajas emisiones
de carbono, menos contaminación y una población instruida. La educación de la
gente se convierte así en un factor fundamental para fortalecer la economía,
mejorar los niveles de competitividad y posicionarse como una sociedad de
vanguardia que innova y aprovecha la riqueza natural.
Mediante un
proyecto de desarrollo de tecnologías verdes, liderado por un grupo de
científicos y empresarios de diversas partes del mundo, Malasia espera duplicar
sus ingresos per cápita en diez años, de manera que de 7 mil dólares anuales
pasen a percibir 15 mil dólares por persona en 2020. Para esto, los malayos
crearon un consejo del que forman parte dos ganadores del Premio Nóbel de Medicina,
y empresarios relacionados al desarrollo de la ciencia y la tecnología. Además
de incentivar el desarrollo de la industria de aceite de palma, planean la
creación de “ciudades inteligentes” y “población inteligentes”. Todo esto sobre
la base de invertir en la educación, la ciencia y la tecnología.
Mientras se
mantiene la expectativa por ver los resultados de este ambicioso proyecto, la
lección que podemos aprender es que este mundo competitivo es de los
visionarios, de los que apuestan por el conocimiento y de los que saben cómo
planificar una nación. En tanto nuestras economías latinoamericanas se debaten
entre la falta de planificación, la inestabilidad política y los constantes
cambios de gobierno que empiezan por deshacer y reiniciarlo todo, los países
que progresan tienen claro el rumbo, el destino y los mecanismos para avanzar.
Así lo demuestran también los noruegos, los singapurenses, los finlandeses, los
taiwaneses o los surcoreanos.
Si trasladamos
estas ideas al contexto paraguayo, seguramente comprenderemos por qué seguimos
sin explotar como corresponde la riqueza energética, las bondades de la
naturaleza o la capacidad de la gente. Y seguramente podremos establecer que
los resultados de no planificar, de no tener ideas y acciones visionarias y de
no invertir en los recursos humanos se notan en indicadores de pobreza
escandalosos, en marginalidad, inseguridad y atraso.
Deberíamos
imitar a los malayos en el sentido de crear consejos con personas idóneas y
preparadas para realizar proyectos que nos permitan poner a la economía del
país a la vanguardia en sectores estratégicos: educación, ciencia, tecnología y
aprovechamiento de recursos como la energía eléctrica.