Los
espiritistas tienen santos desconocidos para el cristianismo. Una vez
profundizas en esas religiones, que por estos lados llaman ‘brujería’ (muy
distintas a los mitos explotados en Harry Potter), encuentras el sincretismo,
es decir, la mezcla distintiva de religiones: las que estaban y la que vienen a
imponer.
A nivel
general, de eso precisamente se trata la religión. Es una copia de otra copia,
de otra copia. Es un sincretismo entre copias, cimentado por violencia,
conquistas, culturas y movimientos políticos; el ser humano, además de sentir y
actuar, inició el inacabable proceso de buscarle respuestas a las cosas; cuando
no podía ni sabía cómo encontrarlas, inventaba. Así, entre la lucha por el
poder y la curiosidad neta el mundo como lo conocemos comenzó a moverse, a
desarrollarse, a coronar imperios y sembrar creencias que eran destrozados por
el conocimiento para luego renacer con otro cerebro en el poder. Así venimos
caminando; y el mundo hoy se mueve fundamentado en el discernimiento de las
masas; saber tus placeres, conocer lo que te mueve, lo que crees te hace feliz,
es la forma de venderte algo distinto y mantenernos atentos al mejor producto,
pues poseerlo te encasilla en un estado aparte; un estado que continúa siendo
la meta de la mayoría.
Escribo esta
columna en los finales de semana santa, la “Semana Mayor”, le llaman algunos
por aquí. Cuando mi madre era pequeña vivía en un pueblo del sur donde los
muebles de las casas eran cubiertos con mantas negras, las personas usaban
vestuarios de luto, se susurraba y las procesiones y visitas a iglesias eran
las estrellas de la semana. Hoy, no todos los cristianos siguen esos depresivos
rituales. Palpablemente, ese rasgo caníbal de comer la carne y beber la sangre
del resucitado es bastante sangriento; a lo mejor, por eso es seguido,
indisputablemente, por la inmortalidad. La idea cristiana es ganarle a la
muerte, lo que ellos le llaman salvación, uno de los pilares de la religión que
es obtenido a través de la resurrección de Jesús.
Ciertamente,
todas las religiones ofrecen algún tipo de inmortalidad en algún momento, la
idea ha sido una fijación en la cultura de la especie. Y es de esperarse. La
muerte es definitiva y dolorosa. Por más que creas, la idea de perder a esos a
quienes amas es escalofriante y turbadora; una noción inevitable con la que
tenemos que lidiar en esos momentos de existencialismo que muchas veces nos
sobrecoge, y son nociones realmente antiguas. Recordemos, por ejemplo, al héroe
Gilgamesh, quien en el siglo 22 antes de nuestra era, buscaba por todas partes
la inmortalidad. Esa habilidad de vivir para siempre se encuentra plasmada en
diversas expresiones humanas, en la música, la literatura, dibujos, películas,
arte gráfico, bailes y teatro, entre otras. Y la seguimos buscando, por eso las
religiones, una vez estudiadas, surgen como las copias de otras más antiguas,
un tipo de sincretismo que se forma con el tiempo y es moldeado por el poder en
las culturas y sus maneras de manipular las masas. Al final, es una idea común
en el ser humano, enigmática, incomprensible, deseable y codiciada por todos.
Y las
historias y cuentos son numerosos, variados, coloridos, todos van de acuerdo a
los tiempos, el conocimiento, las creencias en la cultura. Mitos y leyendas que
ayudaron a los ancestros en miles y miles de funciones, afectaron la forma en
que la especie creció y se desarrolló, por supuesto que los copiaríamos, era la
única forma de imponer lo nuevo sobre lo viejo, copiar y mezclar; una manera
certera de lograr un cambio de pensamiento con nuevas neuronas en el poder.
No voy
hablar aquí del zoroastrismo ni de Mami Wata. Existen miles de versiones de lo
mismo que han sido plasmadas de diversas formas en la historia del mundo. Pero
una cosa sí es cierta, la resurrección, la inmortalidad y la relación con la
muerte son temas claves en las religiones, de hecho, creer en un dios
significa, casi todo el tiempo, que crees en algo más allá de la vida.
Durante los
años 1998 y 2000, Michael Martin, de la Web Secular, sostuvo un debate con el
autor cristiano Steven Davis sobre lo irracional de la resurrección entre
cristianos. Para Martin, creer en la resurrección no es sólo irracional para
los no creyentes o no cristianos, sino para creyentes también. El argumento de
Martin se basa en fórmulas estadísticas que revelan las bajas posibilidades de
una ocurrencia. Ni siquiera si integras en la fórmula el conocimiento
histórico; esa idea de que “sólo si fuera algo cierto se hubiesen adherido
tantas personas a la religión, es decir, el hecho de que se originara el
cristianismo es la demostración misma de que la resurrección fue verdadera.
“Dios pudo
haber salvado al humano de muchas formas no sólo encarnado a su hijo para
crucificarlo en una cruz y resucitarlo tres días después; esa forma es sólo una
de tantas. Si pensamos que todas las formas son igualmente probables, entonces,
veamos lo siguiente: imaginemos que Dios tiene ocho formas posibles para salvar
a la humanidad del pecado original y que sólo una de ellas Dios decidió usar,
si tomamos en cuenta el conocimiento del pasado que tenemos, la creencia de que
Jesús murió en la cruz y se levantó el tercer día es, inicialmente, improbable
ya que este escenario es sólo uno de los muchos que Dios pudo haber escogido.
Por supuesto, evidencias históricas fuertes que respalden el hecho podrían
vencer esta improbabilidad inicial; pero tampoco las hay”, explica Martin.
Muchos
teólogos, filósofos y creyentes sostienen que la resurrección es racional; en
mi opinión, creer todo el asunto es cuestión de fe. Inicia como un
adoctrinamiento que tendrá mucho que ver con las creencias de la familia y más
tarde con decisiones adultas. Hoy en día, existen numerosas formas en que los
dioses eligen el camino para que la humanidad quede salva y disfrute de la
inmortalidad; hay diferentes profetas y creencias sobre resurrecciones,
reencarnaciones y posibilidades de vida después de la muerte en otros mundos.
Cantidades de fórmulas son expuestas, pero, curiosamente, eso no es, realmente,
lo que asombra; lo sorprendente es la cantidad de cerebros que se reparten
entre ellas. No sólo hay cristianos, musulmanes, judíos y budistas sino que
tenemos a los yorubas, el shivaísmo y krisnaísmo, el bahaísmo, chamanismo,
taoísmo, celtismo y la cienciología, sin nombrar todas las ramas que se derivan
de las religiones más populares en el mundo; el cristianismo, por ejemplo, que
tan sólo en la iglesia católica hay decenas de denominaciones, Wikipedia nos
dice tiene unas 38,000 denominaciones, cinco mil de ellas no están reconocidas
en muchas partes del mundo. El número es impresionante.
“Nunca
escribí sobre la resurrección en específico porque no le veía la necesidad. La
resurrección es sólo uno de miles de mitos religiosos que merecen ser cubiertos
en un informe comprensivo sobre la irracionalidad religiosa. En lo que a mí
concierne, si tú y mil millones de personas desean creer en dioses
crucificados, profetas y divinidades que resucitaron, pues, adelante. Hay miles
de millones que creen en otros dioses y otras resurrecciones y otras historias igualmente
absurdas”, escribe Robert Todd Carroll en El diccionario escéptico.
Una amiga
doctora me dice que lo de Lázaro no fue resurrección sino resucitación, (yo
realmente no comprendo por qué sólo resucitó a Lázaro). De hecho, los que
desean proponer que muchos de los capítulos de la Biblia son reales poseen un
sinnúmero de fórmulas médicas para explicar lo que ocurrió en realidad. Para
ellos, la Biblia es un libro repleto de metáforas, enseñanza mística para los
que creen. En mi opinión, me he acostumbrado más a que el humano miente,
inventa y tergiversa; cualquier individuo o grupo de ellos es capaz de atrapar
un rumor y convertirlo en verdad, manipular con eso a toda una masa humana y
convertir el asunto en un esplendoroso poder. No es algo nuevo, lo hacen todo
el tiempo, de hecho, encender la televisión es lidiar con mentiras regularmente
y ni hablar de la política. Más aún, la mentira y el rumor tienen amigos
importantes y efectivos: la violencia, la esclavitud, la sustracción de
derechos y el aislamiento, la reclusión y la discriminación que persiguen a los
que no creen lo que deben creer según los que tienen el poder o de acuerdo con
las masas.
“He visto
muchos individuos que han sido transportados al salón de la muerte con pruebas
mucho menos convincentes, necesitaría más fe para mantenerme ateo que para
confiar en Jesucristo el Nazareno”, exclamaba Lee Strobel como una confirmación
de que sus creencias eran ciertas ya que personas con evidencias son asesinadas
por ello. Una conclusión absurda y cruel, además de completamente inexperto
frente al ateísmo.
Cuando la
dictadura cae, la turba tiene la última palabra.
Hoy, creer
en cualquier cosa es más importante. De hecho, en muchos lugares que pretenden
ejercer la libertad religiosa no se admite la no creencia en esa libertad; eso
no está bien visto, ni siquiera es algo comprensible para muchos. Pero la
libertad religiosa no quiere decir derecho para creer lo que quieras, también
incluye el derecho para aquel que no cree en nada. Y si te pones a pensar, con
el gigantesco número de creencias ridículas que existen, la no creencia es una
de las decisiones más cautelosas y prudentes en la lista, pues ¿cómo eliminar
uno sin hacerlo con el otro?
La ciencia y
el futuro de la inmortalidad
Reducción de
la disonancia cognoscitiva
Corintio
representa para muchos académicos, un temprano recuento del cristianismo, mucho
antes que los salmos. Allí leemos que sin la certeza de la resurrección, la
prédica de la iglesia y la fe del creyente serían vanas. También nos cuentan
sobre las 500 personas que vieron y hablaron con Jesús después de que
resucitara. Los salmos de Paul aseguran, por otro lado, entre muchas de sus
afirmaciones sin evidencias o corroboración fuera de la Biblia, que no creer en
la verdad de la resurrección física del profeta es, pues no ser cristiano. Para
otros estudiosos, el mito de la resurrección de Jesús fue creado ya que toda la
historia sobre el asunto en la Biblia se escribió décadas después de que
supuestamente ocurriera, de hecho, profetas judíos habían estado prometiendo la
llegada del Mesías durante cientos de años antes de la resurrección. De hecho,
la religión judía lo sigue haciendo.
“Asumamos
que aún deseas creer que el mito es cierto. Mi pregunta es por qué todos los
cristianos no están dispuestos a creer que todas las siguientes ocurrencias son
también ciertas. Por ejemplo, que Mahoma ascendió al cielo en un caballo alado,
que un ángel llamado Moroni (quien también resucitó, por cierto), se le
apareció a Joseph Smith Jr., y lo asistió para que tradujera el Libro de los
mormones de antiguos escritos egipcios o que hace 75 millones de años atrás,
Xenu trajo a miles de millones de personas a la Tierra en una nave espacial”,
explica Luke Muehlhauser.
Realmente,
la fe es lo único que justifica la creencia. Creer en la resurrección de Jesús
nos obliga a creer lo que dice cualquier otra religión sobre sus profetas,
patrocinadas por sus escrituras específicas. De hecho, los musulmanes te
condenan a muerte si hablas mal de Mahoma; por lo menos, los cristianos ya
dejaron de hacerlo.
Para
Muehlhauser no es mas que la reducción de la disonancia cognitiva, la tendencia
humana de racionalizar la discontinuidad entre las realidad y las creencias
reinantes en la persona de forma tal, que creencias son modificadas o añadidas
en vez de rechazar la original. Ciertamente, muchas ramas de la ciencia pueden
hoy explicar conductas irracionales en las personas; de hecho, ramas de la
aplicación científica entran hoy en el codiciado mundo de la inmortalidad, pero
no a través de vida después de la muerte, sino alejando, cada vez más, la
muerte de la vida.
Más tiempo
viviendo; es la ganancia obtenida por la ciencia hasta el momento, pero no como
el deseo de muchos científicos futuristas que observan al humano alejarse
completamente de la enfermedad. Para muchos, la nanotecnología es la respuesta,
para otros, muchas ramas lo son. En la actualidad, por ejemplo, tenemos el
ambiguo proceso de crionización, en otras palabras, preservar el cuerpo de la
persona muerta en bajas temperaturas hasta que la ciencia en el futuro pueda
recuperarlos, devolver vida a sus moléculas. Pero la criopreservación moderna
todavía tiene muchos problemas, a pesar de que muchos científicos creen que el
futuro representará un evidente nanoprogreso que permitirá la inmortalidad en
humanos, nadie puede estar seguro de ello. Las teorías nos dicen que podría
funcionar, pero todavía no tenemos evidencias de que así será. Además, no es
ético congelar a alguien vivo y esperar para descongelarlo, eso se llamaría
homicidio. Por lo tanto, las empresas que ofrecen estos servicios, como Alcor,
deben esperar que la persona sea declarada legalmente muerta para actuar y
refrigerar su cadáver en nitrógeno líquido, (un proceso bastante costoso, por
cierto), hasta que décadas después la ciencia pueda resucitarlos. A pesar de no
existir evidencias de una certera probabilidad en el futuro, cientos de
personas han decidido tomar ese camino y optar por una estructura glacial que
los acoja temporalmente.
Por
supuesto, este tipo de inmortalidad también representa numerosos problemas para
el futuro en el mundo. A menos que tengamos otros planetas para habitar, habría
que imponer duras leyes de reproducción si no vamos a morir. Y ni hablar del
alma, un concepto que muere en el tema.
Por
supuesto, la mayoría piensa que no estará viva cuando eso ocurra, sin embargo,
el filósofo futurista Ray Kurzweil es uno de los que está seguro que
obtendremos inmortalidad en las primeras décadas del siglo actual. Ahora bien,
si demostraran sin duda alguna que podrían resucitarte después de congelado y
devolverte la vida que perdiste, ¿cuántos de nosotros no buscaría el dinero
requerido para congelarnos las neuronas? La vida es todo lo que tenemos y
conocemos; no sabemos absolutamente nada sobre la muerte pero la posición más
lógica es asumir que es la pérdida final y finita de la conciencia del animal.
Con almas o sin almas, nadie la desea y ni la manida oferta de un ‘cielo’ por
delante la hace menos dolorosa para los que quedan.