Una de las
economías de América Latina que mejor refleja las contradicciones entre la
potencia emergente y el rezago es la de México. Mientras las previsiones del
Foro Consultivo, Científico y Tecnológico de este país indican que –de hacer
las inversiones correctas en ciencia y tecnología- podría convertirse en la
quinta economía mundial en 2050, por otro lado los datos en cuanto a la
educación parecen anclarlo en el atraso: con 33 millones de mexicanos con
rezago educativo, las limitaciones para el desarrollo y la equidad son
demasiado grandes.
La economía
mexicana tiene algunas peculiaridades dignas de análisis y comparaciones: tiene
una enorme dependencia del mercado de Estados Unidos, a donde se destina más
del 80% de las exportaciones; depende igualmente de las remesas de los
migrantes que trabajan en el mercado norteamericano, en tanto el turismo se
constituye en otra de las principales actividades de generación de riqueza. Si
consideramos que las principales fuentes de ingreso son el petróleo, las
remesas, el turismo y las exportaciones de las maquiladoras, tenemos que la
dependencia del vecino del norte es aún mayor. México es una economía emergente
ligada al desarrollo de una economía desarrollada.
País de
contrastes, México posee un territorio lleno de recursos naturales que abarcan
desde el petróleo hasta tierras fértiles, minerales, bosques y mar. Pero una
gran desigualdad se ha adueñado de la población, por lo que las riquezas
naturales se olvidan al contemplar los indicadores de pobreza y marginalidad.
Mientras un mexicano encabeza la lista de los hombres más ricos del planeta,
más de 50 millones de mexicanos viven en condiciones de pobreza. Al tiempo que
la economía crece debido al mejoramiento de indicadores como las exportaciones,
las inversiones extranjeras directas y el control de lo macroeconómico, también
se siente el malestar por los bajos salarios, las condiciones laborales
precarias, los empleos insuficientes y la falta de educación de gran parte de
la población.
Es curioso que
pese a tener la universidad más grande de América Latina – la Universidad
Nacional Autónoma de México-, también tenga niveles de exclusión elevados y una
baja inversión en ciencia y tecnología: 0.4% del Producto Interno Bruto (PIB).
A pesar de tener una población joven, buenas universidades y condiciones
ideales para el comercio internacional, la competitividad mexicana sigue
estando rezagada, ya que ocupa el lugar 58 según el Índice Global de
Competitividad que realiza el Foro Económico Mundial. Es una economía
emergente, con un enorme potencial y un mundo por conquistar, pero a la vez es
dependiente, con problemas de competitividad y con una necesidad imperiosa de
equidad distributiva.
El caso mexicano
presenta muchas enseñanzas emblemáticas para los latinoamericanos. Lo primero
es saber que el crecimiento económico basado en la dependencia no es suficiente
para generar desarrollo, pues la falta de un dinamismo propio hace que la
economía se tambalee cada vez que el vecino mayor tiene algún inconveniente.
Por otro lado, queda claro que el crecimiento económico sin inversión educativa
es igual a desigualdad. Es decir, si no se invierte en la educación de la gente
el resultado será el que ya conocemos: cada vez que haya un repunte de la
economía, los ingresos se concentrarán en pocas manos, de forma que habrá pocos
ricos y muchos pobres.
Los mexicanos,
al igual que la mayoría de los latinoamericanos, están acostumbrados a danzar
entre la emergencia y la crisis, entre el crecimiento económico y la
desigualdad, entre las oportunidades florecientes y las perdidas. Falta atacar
los fundamentos de los males, para dejar libres a las oportunidades. Hace falta
incrementar y optimizar la inversión en la educación, invertir más en ciencia,
tecnología e innovación, así como aprovechar el enorme talento de los jóvenes,
para establecer los cimientos de una economía más competitiva, menos
dependiente y menos injusta en la distribución de la riqueza. En América
Latina, necesitamos lo mismo.