Tal vez sea la justicia
o, mejor, el concepto de justicia el que más se ha estudiado en teoría
política o, si se quiere, en filosofía política. No sólo ha sido
desmenuzado por John Rawls al postularlo como imparcialidad ( justice
as fairness ) en una comunidad inexistente de hombres “libres” e
“iguales” , poseedores de una sabiduría más o menos general pero de una
ignorancia particular (debido al velo de ignorancia),
sino que incluso en los primeros momentos del pensamiento y la reflexión
política ya uno de aquellos sofistas de los que tanto se mofó
injustamente Sócrates , como es Trasímaco, se refería a la misma
como el interés del más fuerte o del más poderoso. Es decir, la justicia
estaría lejos de ser algo imparcial y obedecería fundamentalmente a
quien sustenta el poder (sea político, económico, etc.).
Hace un año exactamente
y ante la muerte de Hamza al-Khatib, un niño sirio de apenas 13 años,
quien, tras ser devuelto a su familia por las autoridades sirias luego de un
mes de desaparecido, se había convertido en el símbolo de las protestas
contra el gobierno de Al-Assad al difundirse un video que mostraba su cadáver
ensangrentado ( con heridas de bala en sus brazos, abdomen, pecho, con claros
signos de haber sido torturado y con su pene amputado), escribíamos que el caso
de Siria no era el caso de Libia. Que Siria poseía poco petróleo, que era
aliada de Irán y que tenía una vieja amistad con Rusia; que parecía muy
poco probable que EEUU, después de su incursión en países como Afganistán, Irak
y libia, acompañara a la OTAN en una nueva aventura intervencionista; y que sus
vecinos, entre los que se encontraba Turquía y el mismo Israel, parecían
preferir la presencia en el gobierno de Al-Assad. Que la comunidad internacional se
encontraba en un dilema, pues si bien la Carta de la Organización de las
Naciones Unidas (ONU) no permite la injerencia de unas naciones en los asuntos
de otras ( como se puede leer en el preámbulo de la Declaración de la
Organización de la Naciones Unidas , que versa “Sobre los principios de derecho
Internacional referente a las relaciones de amistad y a la cooperación entre
estados “. O en el mismo apartado que lleva por título “El principio de la
igualdad de derechos y de la libre determinación de los pueblos”, donde se
proclama que : “En virtud del principio de la igualdad de derechos y de la
libre determinación de los pueblos, consagrado en la Carta de las Naciones
Unidas, todos los pueblos tienen el derecho a determinar libremente, sin
injerencia externa, su condición política y de procurar su desarrollo
económico, social y cultural, y todo Estado tiene el deber de respetar este
derecho de conformidad con las disposiciones de la Carta” ) , no es menos
cierto que la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en
su artículo 2 dice que toda persona tiene derecho a la vida, a la libertad, a
la seguridad, a no ser sometido a torturas, etc. “sin distinción alguna de
raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra
índole, origen nacional o social, posición económica, nacimiento o cualquier
otra condición”.
Por todo ello, me
terminaba preguntando si la comunidad internacional se quedaría con los
brazos cruzados mientras los civiles eran masacrados porque nos está
impedida la injerencia en los asuntos de internos de otros Estados; si se debía
intervenir o no cuando los ciudadanos de algunos Estados están siendo
asesinados por gobiernos que no desean ser desplazados; si pueden los gobiernos
autoritarios doblegar a sus ciudadanos y gobernar contra la voluntad popular
apelando a la no intervención en sus asuntos internos; o si, en fin, se puede
gobernar contra los deseos de buena parte de la población por el hecho de que
un grupo dispone y está en posesión del monopolio de la fuerza.
El caso es que ahora se
ha corrido la especie de que la solución que ha encontrado la comunidad
internacional , ante el continuo veto de países como Rusia y China en el
Consejo de Seguridad de la ONU a las diferentes resoluciones contra Siria , es,
similar a lo que sucedió en Yemen con Abdullah Saleh, que la dupla Medvédev y
Putin conceda asilo a Bashar Al-Assad , el cual gozará de total impunidad
y no podrá ser juzgado a partir de ese momento por ningún tribunal
internacional. Al parecer los 6.000 millones de dólares que Al-Assad ha
transferido a suelo ruso parecen confirmar este rumor.
El comportamiento de la familia Al–Assad parece rubricar de esta manera ese mensaje que viene de antiguo; esto es: que la justicia está de parte de los poderosos si estos juegan bien su papel. Pues el mismo padre de Bashar Al.-Assad liquidó en 1982 a unos 30.000 habitantes de la ciudad de Hama y, sin embargo, no sólo murió tranquilo en su cama sino que le transfirió el poder a su hijo, quien, dicho sea de paso, ha demostrado ser un digno sucesor de su padre.