En el programa de gobierno que presentó Hugo
Chávez, en su aspiración a ser nuevamente reelecto, se destacan puntos
caracterizados por su alto grado de complejidad y abstracción. Promesas comunes
sobre soluciones prácticas a problemas cotidianos no parecen ser del interés
del candidato del gobierno, razón por la cual pide el voto de los venezolanos
para iniciar una cruzada para salvar al mundo. Sin entrar en los detalles de
semejante propósito, nos interesa considerar hoy una idea que ha sido reiterada
en las recientes alocuciones presidenciales, y es la de transformar a Venezuela
en una potencia. No hay categorías claras en la afirmación, pero se afirma que
el interés está en entrar en la competencia por el poderío y prestigio en la
arena internacional.
La tarea, titánica apenas es enunciada, ya está
siendo abordada, según el gobierno, con medidas concretas. Chávez no se
equivoca cuando relaciona poderío nacional con capacidades económicas y
militares. La totalidad de los estudios sobre el poder nacional coinciden en
que capacidades económicas y militares son la base para hacer valer
aspiraciones de poderío nacional, y de acuerdo con lo anunciado, la lucha en la
OPEP por mantener los precios del barril por encima de 100 dólares y la
incorporación y asimilación de tecnología militar rusa, china e iraní, son
parte del esfuerzo. La poca transparencia que los Estados muestran en asuntos
estratégicos es particularmente marcada en la revolución bolivariana, por tal
razón las deducciones preliminares apuntan a considerar que la tensión dentro
de la OPEP se debe a la baja capacidad que Irán y Venezuela tienen para elevar
su producción, por una parte, y a su debilitado flujo fiscal, por la otra.
Asimismo, la tecnología que se adquiere, y la forma en la que se hace, responde
más a criterios políticos que técnicos, con lo que la calidad y la
transferencia tecnológica son cuestionables.
Yendo más allá de los factores militares y
económicos, la literatura politológica especializada en el poderío nacional
apunta a capacidades más refinadas, como las societales, políticas y
burocráticas. Sin dejar de lado las económicas y militares, por ser condiciones
necesarias, se concluye que no son suficientes, y se incorporan la cohesión social, el acuerdo entre élites y la profesionalización de la administración
pública, con especial énfasis en el servicio diplomático. Estas capacidades
se encuentran deprimidas en Venezuela, en donde la polarización (como fenómeno
y como práctica electoral), y la descomposición de los marcos regulatorios,
fracturan la cohesión social; el proyecto totalizante del socialismo del siglo
XXI niega la posibilidad de acuerdo entre élites y reduce la complejidad de la
política a la lucha por un “botín de guerra”; y la politización partidista del
funcionariado público en todas sus instancias impide desarrollar procesos
coherentes de largo aliento. Todo apunta a la desorientación del Estado –situación
de alto riesgo en un mundo complejo- por causa de la ausencia de un concepto
compartido de interés nacional, es
decir, el peor escenario para el desarrollo de un proyecto de poderío nacional.