La política fiscal, se entiende como
el conjunto de medidas relativas al régimen tributario, gasto público,
endeudamiento interno-externo del estado, las operaciones y situación
financiera de las entidades y organismos autónomos o paraestatales, por medio
de los cuales se determina el monto y distribución de la inversión y consumo
público como componentes de gasto nacional. En sentido estricto, la política
fiscal responde a los cambios de los programas de gasto público y de impuestos,
su formulación e implementación reside en el gobierno central, a través del
ministerio de hacienda.
La política fiscal que más nos
conviene es aquella que permita obtener un financiamiento optimo para los
bienes públicos y privados (que sean provistos por el estado) en el tiempo, a
partir del crecimiento económico. En este sentido, podemos decir que el índice
de gasto púbico siempre se podrá discutir y pertenece a la esencia del
presupuesto y a sus fuentes de financiamiento, todo desde la esfera política.
La discusión sobre política fiscal
se ve afectada por dos situaciones que se han dado en el tiempo. Por un lado,
existen problemas con la interpretación respecto a la orientación y evolución
de la política fiscal, dado que se le otorga una dependencia fundamental de los
criterios contables utilizados en la construcción de los balances fiscales. Y
por otra, el tema de la simultaneidad de los movimientos fiscales originados en
decisiones de política con los originados por factores exógenos (como los
ingresos que siguen la evolución del ciclo económico y gastos que son la expresión
de compromisos legales o contractuales asumidos con anterioridad por el
estado), dificulta la interpretación de la voluntad de la política fiscal.
Esta situación se realzo en el
tiempo de la vuelta a la democracia.
Es por esto, que el gobierno decide
generar un indicador del balance estructural (BESP), que por definición,
representa el balance presupuestario que hubiese existido en el Gobierno
Central si el producto estuviese en su nivel potencial y el precio del cobre
fuese el de mediano plazo, excluyendo por lo tanto los efectos cíclicos y
aleatorios de dos factores de principal importancia: la actividad económica y
el precio del cobre. Asimismo, el indicador del BESP acerca la contabilidad
presupuestaria al concepto de variación patrimonial neta del sector público
(VPN), considerando como determinantes del déficit todas aquellas operaciones
que modifican la situación patrimonial del sector público y, como
financiamiento, las transacciones netas de activos del sector público con el
sector privado, aun cuando éstas no constituyan propiamente deuda pública.
En palabras sencillas, el indicador
del BESP es un indicador de discrecionalidad de la orientación de la política
fiscal, cuyas herramientas son la recaudación y el gasto abstrayendo los
factores coyunturales y exógenos de las decisiones de ingresos y gastos.
Pero la contribución del indicador
del balance estructural va mucho más allá de proveer información para el
análisis de la política fiscal, ya que constituye la herramienta esencial para
la formulación de la política fiscal de mediano plazo en Chile. En efecto, a
partir del año 2000 la política fiscal comenzó a ser guiada con una regla
basada en este indicador, usando la cifra de 1% del producto interno bruto
(PIB) como objetivo de superávit estructural.
Por su carácter público y anunciado,
esta regla provee de un ancla de credibilidad a la política fiscal, lo que
significa que los agentes económicos saben cuál será la reacción de política
fiscal ante cambios en el entorno macroeconómico. Esta posibilidad de predicción
genera confianza y espacio para aprovechar el carácter contra cíclico de la
regla. De otra manera, es muy difícil para los agentes económicos distinguir
entre una legítima reacción de política macroeconómica y una expansión de corte
más populista. Cabe recordar que una eventual pérdida de credibilidad en la
política fiscal puede llegar a ser dramáticamente contractiva a través de la
alteración de las tasas de interés de largo plazo y/o del riesgo país.
Por construcción de la regla, la
política fiscal es contra cíclica, ya que permite la operación de los
estabilizadores automáticos: mientras los ingresos fiscales fluctúan con el
ciclo económico, la expansión del gasto es más suave siguiendo la evolución de
la capacidad productiva de la economía. Así, la regla implica que en la fase
expansiva del ciclo, el fisco tenga un superávit convencional más elevado y en
la fase recesiva, uno menor o un moderado déficit. Ésta, justamente, es la
razón de la propiedad contra cíclica de la política, y tiene la gran virtud de
limitar la necesidad de cambios abruptos de política en los extremos del ciclo.
Por ejemplo, disminuye la probabilidad de tener que realizar un ajuste fiscal
violento ante un brusco cambio de condiciones externas, ya que los niveles de
gasto no se expanden ni contraen excesivamente en tiempos de bonanza o en
tiempos recesivos, respectivamente. En comparación a reglas alternativas de
política, como la mantención de un balance convencional constante, o la
orientación del aumento del gasto de acuerdo con la expansión proyectada del
PIB, el objetivo de balance estructural permite que los ciclos económicos sean
menos pronunciados. Por otra parte, la meta del superávit estructural de 1% del
PIB permite asegurar una dinámica de acumulación de activos que hará posible
hacer frente a compromisos futuros del sector público, que crecen a una tasa
mayor que los ingresos fiscales y a gastos por pasivos contingentes. Dentro de
esta última categoría, los más relevantes son las garantías de ingreso mínimo
en concesiones, los originados en demandas judiciales contra el fisco y la
garantía de pensiones mínimas en el sistema de pensiones. A éstos deben
agregarse posibles pérdidas por parte del Banco Central.
Por lo tanto, De este modo, el BESP
eleva tanto la transparencia como la flexibilidad en el manejo coyuntural de
las finanzas públicas, contribuyendo a transformar a la política fiscal en un
instrumento central para la promoción de la estabilidad macroeconómica y el
crecimiento en el mediano y largo plazo. Ambos objetivos han sido reconocidos
como centrales en el manejo de la política macroeconómica de los gobiernos
democráticos en Chile desde los ’90.
Bibliografia
- Dornbush, Rudiger (2004): “Macroeconomia”, McGraw-Hill, 9º Ed.
- Direccion de Presupuestos (2001): “Balance Estructural del Gobierno Central. Metodología y Estimaciones para Chile: 1987-2000”, Estudio de Finanzas Públicas, Ministerio de Hacienda, Santiago de Chile
- Marcel, Mario (2001): “Balance Estructural: La base de la nueva regla de política fiscal en Chile”. Economia Chilena Volumen 4 Nº3, Santiago
- Martner, Gonzalo (2011): “La regla fiscal en Chile”. Sintesis de Contenido Finanzas Públicas 2011, Santiago.