El informe del
Banco Mundial sobre materias primas del primer trimestre ya lo anunciaba. Los
indicadores lo reflejan, las grandes petroleras privadas dicen que será
inevitable el progreso de la caída para el segundo semestre del año, y los
gobiernos de los petro-Estados –aún de manera tímida- admiten que están
alertas. Nos referimos a los precios del petróleo crudo, y con ellos a los
precios de toda la energía fósil. Las economías emergentes no han dejado de
crecer, por el contrario, su ritmo sigue siendo muy superior al de las
economías desarrolladas. Pero no cabe duda de que han comenzado a madurar, y
luego de años de altas tasas de crecimiento el milagro de los BRICS, con China
a la cabeza, comienza a ser lentamente minado por la ley de rendimientos decrecientes.
Los efectos que
esta recesión tiene sobre la energía habían sido atenuados por la inestabilidad
política en países exportadores. Pero todo indica que ni siquiera los
conflictos pueden eclipsar por completo la realidad de los mercados. Pero, ¿qué
efectos tiene esto sobre la seguridad internacional? Estamos acostumbrados a
analizar lo contrario, es decir, los efectos de la seguridad internacional
sobre los precios de la energía a través de los llamados “costos geopolíticos”.
Pero cuando lo vemos desde el ángulo contrario nos conseguimos con un panorama
mucho más rico en implicaciones.
Podríamos hacer
varias deducciones como, por ejemplo, que los días del gobierno de Ahmadineyad
están contados, pues su auge se derivó de los altos precios que desplazaron al
moderado Jatami, todo dentro del juego de poder de los clérigos chiíes. Con el
peso de las sanciones sobre sus hombros, y la alta dependencia fiscal al
petróleo, la situación actual sugiere que el Estrecho de Ormuz seguirá abierto
a la circulación de tanqueros.
Rusia, cuyo
despertar post-soviético tiene profunda raíces energéticas, busca reforzar su
comunicación con Europa, mas la degradación relativa de su poderío energético
podría ser compensada con la amenaza militar, endureciendo sus ya ásperas relaciones
con la OTAN.
La nueva realidad
de precios llega en un momento inoportuno para gobiernos que se encuentran en
una coyuntura importante para su consolidación o sostenimiento, como lo son los
de Libia y Venezuela. El CNT libio está ávido de recursos fiscales para
normalizar su control sobre el país, sobre todo cuando se estima que la
pacificación de Libia pasa por un esquema ampliado de satisfacción de clanes
por medio de la distribución de renta.
En el caso
venezolano la debilidad de régimen chavista, dado el estado de salud de su
aparentemente insustituible líder, podría afectarse aún más con una reducción
sensible de los recursos de la renta, poniendo en alerta a un gobierno que ha
tratado de establecer su hegemonía a fuerza de gasto público y represión
selectiva. En los dos últimos casos se evidencia la progresiva introversión en
política exterior, pero se abre la posibilidad de compensar la debilidad con
represión interna si se no logran los objetivos políticos.