Uno
de los ejemplos más emblemáticos del crecimiento económico rápido y sostenido
en el Siglo XX lo encontramos en el país del sol naciente. Lo bautizaron como
"el milagro japonés", pues tras las ruinas dejadas por la Segunda
Guerra Mundial emergió un país competitivo que logró un crecimiento económico
promedio de 10% anual en la década del 60'. El impulso fue tan fuerte que el
país siguió su mejoría en los 70' y los 80', hasta ubicarse como una de las
economías más poderosas del planeta.
Japón
es hoy la tercera mayor economía a nivel mundial, solamente superada por
Estados Unidos y China. Hay varios factores que se combinaron para lograr uno
de los giros más espectaculares de la historia económica: la cultura del trabajo,
que hace de los japoneses obreros incansables, el fuerte incentivo al
desarrollo tecnológico y la convicción de que la formación profesional es
fundamental para competir.
Quizás
fue la visión anticipadora en medio de la crisis la que convirtió a un país
fracturado por el horror de la guerra en uno avanzado, moderno y vanguardista.
Aprendieron a vislumbrar en lo tecnológico no sólo el elemento diferencial para
la recuperación económica, sino la ventaja comparativa que sería esencial para
cualquier nación en las siguientes décadas. Tanto en la manufactura, como en
los diferentes sectores de la economía, la aplicación de la tecnología ayudó a
incrementar la productividad y mejorar enormemente la competitividad. En el
ensamblaje de vehículos, en productos electrónicos o en la explotación del
acero, los nipones aprendieron a generar ventajas comparativas frente a
cualquier producción rival.
Paradójicamente,
la escasez de recursos naturales y las dificultades para la agricultura se
convirtieron en incentivos para producir con mayor calidad. Aplicando
conocimientos al desarrollo de tecnología, lograron sacarle provecho a las
pocas tierras cultivables para que hoy sean de las más productivas por área
sembrada. Igualmente, los japoneses ocupan el primer lugar en producción
pesquera.
Pero
este país no solo es un ejemplo en cuanto a la investigación y el desarrollo de
la tecnología, sino que ha sabido explotar su capacidad de entablar relaciones
comerciales y hacer de las exportaciones una fuente inagotable de ingresos. Con
la conciencia de que el mercado interno no era suficiente, la expansión fue
planificada hacia los grandes mercados: se controlaron las importaciones, se
dirigieron los recursos hacia inversiones en sectores estratégicos y se
potenció la capacidad de innovar.
En
pocos años, se pasó de una economía primaria a una industrializada y luego a
una de servicios: hoy el 75% de la riqueza nipona proviene de los servicios,
que a su vez dependen del trabajo constante en materia de capacitación
profesional e investigación científica y tecnológica. El resultado se nota en
un país desarrollado, con elevados estándares de calidad de vida y con un
empuje constante hacia la innovación, la creatividad y la solvencia económica.
Una
de las grandes preguntas que nos deja el modelo japonés cuando pensamos en
otras economías es qué factores debe reunir un país para iniciar un proceso de
cambio drástico que erradique la pobreza e incentive el progreso. ¿Qué
condiciones deben darse para que los países pobres y convulsionados por la
crisis puedan emerger en forma tan espectacular como lo hizo Japón tras la
guerra?
En
este mundo globalizado, competitivo y poco amistoso con los rezagados, un
elemento diferencial de los japoneses es su esmero en el trabajo, es esa
devoción incondicional al esfuerzo y al resultado. Contrariamente, en América
Latina somos expertos en soluciones, en identificar las causas y las formas de
la pobreza, en medir nuestras desgracias, pero no hemos sido capaces de superar
los diagnósticos y hacer que el trabajo inteligente, visionario y sacrificado
sea el que nos lleve a alejarnos de la pobreza y abrir las perspectivas de la
riqueza.
Los
japoneses aprovecharon una oportunidad en medio de una gran crisis. Los
latinoamericanos vivimos sumergidos en crisis, pero no hemos sabido vislumbrar
la oportunidad. ¿Lograremos hacerlo?