Ni la
mediterraneidad ni la ausencia aparente de recursos naturales son obstáculos
para que un pequeño país se convierta en uno de los referentes más importantes
en materia económica a nivel mundial. Sobre la base de una política
históricamente neutral, de una economía estable y de la alta confianza que le
tienen, Suiza despierta la envidia de muchas naciones. Desarrollado,
progresista y siempre confiable en los momentos difíciles: aunque la crisis
económica amenace a los países europeos, Suiza parece emerger de otro contexto,
pues en la medida en que la incertidumbre empieza a golpear a las grandes
economías, los capitales buscan refugiarse en la economía suiza, como si esta
fuese ajena a los pronósticos negros que rondan el viejo continente.
Siempre se
habla de este país como sinónimo de inversiones, finanzas estables y
transacciones seguras. Ha sabido posicionarse como un corredor y como un
destino de primer nivel para los flujos de capital que caracterizan a un mundo
interconectado y dependiente. La planificación ha llevado a Suiza a un
aprovechamiento estratégico de lo que muchos consideran una desventaja: su
ubicación geográfica entre naciones poderosas le permite fortalecer su sistema
de exportaciones y ser un enlace importante para los negocios.
El sistema
financiero, el comercio y el turismo son las principales fuentes de ingreso, en
una economía que basa su crecimiento en el sector de servicios, en donde se
genera el 72% de la riqueza, mientras que la industria concentra el 24% y el
sector primario apenas el 4%. Esta conformación nos habla claramente de la
tendencia mundial en cuanto a generación de riqueza: los servicios han
desplazado a la producción primaria, que hoy ha perdido peso frente a la
economía del conocimiento.
Los suizos
saben que no pueden competir con las economías de escala que tienen una
productividad elevada, por eso apuestan a la calidad de todo aquello que
producen. Se volvieron referentes en materia de relojes y han sabido posicionar
al chocolate que hacen como sinónimo de la máxima calidad. Su ventaja
comparativa es la mano de obra calificada, de forma que marcan diferencia a
partir del grado de perfeccionamiento que pueden lograr.
Un dato
interesante es que el 99% de las sociedades registradas corresponde a pequeñas
y medianas empresas, que son las responsables de generar dos terceras partes de
todos los empleos del país. Y un indicador de fondo se encuentra en la tasa de
desempleo, que se mantiene como una de las más bajas de Europa. Es un pueblo
que trabaja mucho, que se maneja con austeridad y que sabe cómo cosechar
resultados.
No resulta
raro ver a los suizos en los primeros lugares en materia de competitividad ni
escuchar halagos cuando se habla de microtecnología, biotecnología o industria
farmacéutica. Detrás de los logros económicos de este país hay mucho trabajo en
cuanto a innovación tecnológica, planificación, políticas a largo plazo y
educación.
Curiosamente,
aunque siempre se menciona a Suiza como uno de los ejemplos que podrían ser
imitados por los países de América Latina, pareciera que cada día estamos más
distantes. Con nuestras economías informales, poco planificadas y todavía
ancladas en modelos de producción que privilegian los recursos naturales antes
que los recursos cognitivos, nos ubicamos en las antípodas del progreso logrado
por los suizos. Mercados poco serios, poco confiables, políticas inconstantes y
una inestabilidad característica de los países latinoamericanos: todo esto hace
que tanto las inversiones como las oportunidades nos miren con desconfianza.
Algo que
deberíamos aprender de los suizos es la planificación estratégica para el
aprovechamiento de lo que tenemos. Nuestros países gozan de riquezas naturales
en cantidades extraordinarias, pero la falta de estrategia hace que mantengamos
niveles vergonzosos de pobreza, exclusión y atraso. Hay que apostar más por la
calidad, por la competitividad y por el valor del conocimiento.
Los
tiempos de la mano de obra no calificada ya quedaron atrás. El mundo
globalizado que exige muchos conocimientos, que premia al que sabe y castiga al
analfabeto, hoy nos obliga a reformar nuestra forma de pensar en economía. Hay
que planificar más, pensar más y saber aprovechar aquello que tenemos y aquello
de lo que carecemos.