Con
un territorio pequeño, enclavado en una de las regiones más históricas y
conflictivas del planeta, Israel es un país joven -pero de cultura añeja- que
ha sabido posicionarse a nivel internacional sobre la base del desarrollo de la
ciencia, la innovación y la incansable vocación de emprender. Sus niveles de
desarrollo humano son muy altos, en tanto su gente ha aprendido a vivir y
crecer ante las adversidades de una región difícil, en donde no sólo carecen de
riquezas naturales sino que viven bajo el asedio de sus vecinos.
En
este contexto, Israel tiene aspectos llamativos que lo convierten en uno de los
países de más avances tecnológicos: es el país que más invierte en innovación a
nivel mundial, proporcionalmente a su Producto Interno Bruto (PIB), tiene la
mayor cantidad de empresas tecnológicas per cápita del mundo y cuenta con más
empresas de tecnología en el índice Nasdaq que todos los países europeos. Este
pequeño país creado en 1948, hoy concentra dos de los aspectos más importantes
para el mantenimiento de una economía sólida y en franco progreso: un espíritu
emprendedor incansable de sus habitantes y la mayor concentración de innovaciones
de todo el planeta.
La
inversión en innovación es mayor a la de países emblemáticos de la ciencia y la
tecnología, como Finlandia y Japón. Con universidades que apuntan a la
internacionalización, que se nutren de científicos que siempre buscan inventar
y descubrir, y con una alta valoración del conocimiento, los israelíes están a
la vanguardia en cuanto a las invenciones y las innovaciones.
Pero
detrás de estos avances, no sólo están las inversiones y la política, sino que
hay elementos culturales que marcan la diferencia. Andrés Oppenheimer, en su
libro “¡Basta de historias!”, cuenta que el verdadero secreto de la innovación
de Israel no está ni en el número de patentes que se registran todos los años,
ni en el sitio privilegiado que ocupan sus universidades en el ranking de las
mejores del mundo, sino que todo se debe al espíritu emprendedor de los
israelíes. Detrás de cada innovación, hay mucho interés por aprender, por
cultivar el conocimiento y por construir algo nuevo. Prueba de ello son los
muchos premios Nobel que han salido de sus universidades.
La
necesidad de reinventarse en forma constante, de innovar y estar siempre a la
vanguardia en cuanto a investigación parece una necesidad de sobrevivencia para
este país, que vive bajo el apremio de la falta de recursos naturales y ante la
difícil situación geopolítica marcada por un entorno en permanente conflicto.
Los
israelíes son conscientes, desde hace tiempo, de que el modelo energético
basado en el petróleo se acabará, por lo que trabajan para adelantarse a los
tiempos y desarrollar sistemas de aprovechamiento de fuentes renovables de
energía. Los autos eléctricos y los centro de recarga, para que la gente pueda
recargar sus vehículos en cualquier parte, son parte de una visión estratégica
que los ubicará -probablemente- como el primer país en mover todo su parque
automotor mediante la energía eléctrica. La lección de Israel es clara: hay que
investigar, emprender e innovar por una cuestión de sobrevivencia.
La
distancia parece abismal cuando pasamos de las ideas israelíes a las carencias
de nuestra América Latina. Países ricos como México no han sabido explotar sus
recursos naturales y hoy dependen de que otros países puedan refinar el
petróleo que obtienen en abundancia de su territorio. Bolivia tiene tanto gas
como para haber erradicado la pobreza, pero sigue exportando a precio de
materia prima, dejando que la industrialización y la riqueza terminen en otros
países. O Venezuela, que goza de las bondades de la riqueza del petróleo, pero
sigue teniendo a buena parte de su gente bajo el oprobio de la pobreza.
El
Paraguay, que cuenta con la mayor cantidad de energía eléctrica per cápita del
mundo, debería retomar algunos ejemplos de Israel y apuntar a convertirse en un
centro de desarrollo científico con miras a aprovechar la riqueza que tenemos.
Nuestras universidades deberían ser el centro de una política estratégica de
desarrollo de tecnología, para romper la dependencia del petróleo y hacer del
país el primero de América Latina en tener todo su parque automotor y sus
sistemas de transporte movidos con electricidad. Hace tiempo que debimos haber
enviado a nuestros jóvenes a las mejores universidades del mundo, para que
aprendan a innovar y contribuyan a la transformación del país. Hace tiempo que
ya tendríamos sistemas de trenes eléctricos, pero seguimos sufriendo por el
petróleo del que carecemos.
Podríamos
hacer un cambio interesante si comenzamos a revalorar la inteligencia, si se
prioriza la investigación científica y se incentiva la tecnología. Bajar los
impuestos para importar vehículos eléctricos, facilitar la instalación de
industrias tecnológicas, invertir más en la ciencia, favorecer la formación de
estudiantes mediante becas… Las ideas para hacerlo sobran, pero falta actitud.
Hay mucho que podemos hacer. Lo interesante es definir cuándo y cómo lo
hacemos.