El mundo según la moral de Trump. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Y a veces también más que mil discursos. Un mapa garabateado, dividido en tres partes, con una leyenda escrita como quien reparte figuritas: “me, Xi y Putin”. Así parece entender Donald Trump el mundo. Así entiende su moral. Una moral que no se mide en principios, sino en hectáreas.
El dibujo, sin embargo, revela algo más interesante que la soberbia. Revela límites. Porque si el planeta hoy se divide entre tres, no es por la moral de Trump, sino por el poder de Xi Jinping y Vladimir Putin, que ya no juegan por separado. Xi y Putin son, en los hechos, una sola cosa: la conducción política del bloque BRICS. Demasiada moral junta para un solo mapa.
Trump practica con devoción la “Teoría del Loco”. La del tipo imprevisible que grita, amenaza, golpea la mesa y espera que el resto se asuste. A veces le funciona. En casa, sobre todo. Afuera, cada vez menos. Mientras juega a la guerra fría con memes y bravatas, el mundo real se reorganiza sin pedirle permiso.
Y lo hace desde hace rato.
Hace más de quince años que Xi y Putin vienen corriendo una carrera silenciosa hacia el poder global. Uno, después del derrumbe de la URSS, en una Rusia atravesada por mafias, espías, traiciones y asesinatos dignos de Netflix. El otro, con cara de funcionario de banco, limpiando competidores dentro del Partido Comunista chino como quien ordena un archivo.
Llegar a presidentes fue apenas el trámite. Lo importante vino después.
De esa sociedad nació el BRICS, que empezó como un club de países grandes y hoy es una liga de pesos pesados. Rusia, China, India, Brasil, Sudáfrica y más de veinte economías que producen casi todo lo que el mundo necesita: petróleo, gas, minerales, alimentos, tierras raras, tecnología.
Enfrente quedó el viejo Occidente: Estados Unidos, Europa e Inglaterra, expertos consumidores profesionales de todo lo que otros producen.
Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial y desde que Estados Unidos inventó el Consenso de Washington para explicar por qué los pobres debían seguir siendo pobres, aparece un bloque que no solo discute reglas, sino que las cambia.
El BRICS no vino a pedir permiso. Vino a romper la División Internacional del Trabajo que diseñaron Washington y Londres: ustedes producen barato, nosotros consumimos caro. Ustedes se endeudan, nosotros cobramos intereses. Ustedes exportan materias primas, nosotros ponemos las condiciones.
El 6 de junio de 2025 dieron el primer golpe serio: comenzaron a comerciar entre ellos en monedas locales, administradas por su propio banco central. El dólar, ese rey intocable del comercio mundial, empezó a mirar el partido desde afuera.
Pero lo mejor está por venir
El bloque anunció el próximo lanzamiento de una moneda respaldada en recursos naturales, real y digital, conocida como “petroyuan”. Una moneda para que los países cambien sus reservas en dólares por algo que no depende de la Reserva Federal ni de Wall Street.
Desde Bretton Woods, cuando Estados Unidos cambió el patrón oro por el patrón dólar y convirtió su billete en religión global, no pasaba algo tan disruptivo. Si el banco central del BRICS empieza a deshacerse de dólares, esos papelitos verdes volverán en masa a su país de origen, generando un problema financiero de envergadura made in USA.
Mientras Trump sigue dibujando mapas.
Desde Argentina, el espectáculo es todavía más grotesco.
Entrar al BRICS llevó casi seis años de negociaciones. Salir, una decisión ideológica de escritorio. Javier Milei, por subordinación política a Trump y alineamiento automático con Washington, sacó al país del bloque justo cuando empezaba a funcionar.
Una genialidad.
¿Cuántos dólares menos necesitaría hoy Argentina si pudiera pagar importaciones en su moneda? ¿Cuánto endeudamiento nos hubiéramos ahorrado? ¿Cuánto mejor estaría la balanza comercial hoy deficitaria en la realidad? ¿Cuánta actividad interna no se hubiera destruido?
Difícil saberlo. Lo que sí sabemos es que Milei eligió quedar afuera del único bloque que está cambiando las reglas del comercio mundial, justo cuando Argentina no tiene dólares genuinos y con los defaces cambiarios dónde el dólar multilateral y el histórico tienen un valor aceptable y hasta alto, pero se ve muy barato frente a los precios relativos..
Trump es líder de esta derecha internacional. Milei es su alumno obediente. Comparten la misma moral: poder sin límites, desprecio por la diversidad, soberbia geopolítica y una idea de “libertad” que siempre termina beneficiando a Estados Unidos y los grupos que concentran riqueza.
Una moral sin moral.
El verdadero límite de Trump no es ideológico, es geopolítico. El dibujo de ese mapa reconoce, sin quererlo, que ya no manda solo. Que el poder real está en Beijing y Moscú. Y que su control sobre América no es lo que describe su trazo informal
Brasil no responde, es parte central del BRICS. Perú mira para otro lado, mientras China construyó el puerto más grande de América en sus costas del Pacífico ,para el Tren Bioceanico que competirá con el Canal de Panamá.. Colombia quiere entrar al BRICS. Venezuela ya está adentro y en la OPEC, que además es parte integrante del bloque.
Y dependiendo de lo que pase en Argentina, también podría dejar de contar con nuestro país, si hay un gobierno popular y el bloque vuelve a aceptarnos.
No sabemos cuál es el límite de la moral de Trump. Pero si sabemos que el mundo que de verdad controla es cada vez más chico.
Edición Yedith Cazarin escritora