El esclavo
Literatura | 21/08/2025

EL ESCLAVO

Vicente Adelantado Soriano

Bajo su punto de vista, los esclavos se tienen que comprar baratos, hacerlos trabajar duro y luego dejarlos morir. Cuando ya no le parecían útiles, Catón dejaba de alimentarlos1.

Marco Sidonio Falco, en colaboración con Jerry Toner, Cómo manejar a tus esclavos.

Camino del hotel, tras mi charla con Marco Aurelio, recordé una de mis tantas frustraciones de joven estudiante: no tener entre las manos el testimonio, o las memorias, de un esclavo, de una mujer o de un legionario de la Roma Clásica. Bien fuera de la República o del Imperio. O de la Grecia de Homero o de Sócrates. Lo mismo da. No existe tal libro de memorias. Lo busqué en vano por bibliotecas y departamentos universitarios provocando la sonrisa de algún que otro profesor.

-Suponiendo que hubiera podido escribir algún esclavo -me dijo uno- lo cual ya es mucho suponer, ¿a quién le iban a interesar sus opiniones? ¿quién iba a editar semejante cosa?

-Olvídate -me dijo otro-. Hasta el Lazarillo de Tormes las clases bajas ni cuentan ni aparecen en la literatura. O lo hacen esporádicamente, y para provocar el rechazo y la risa.

Todo el conocimiento de la antigüedad, tenían razón mis profesores, nos ha sido transmitido por la aristocracia o por la burguesía. Una y otra, con sus inmortales obras, nos han impuesto una visión del mundo, la suya. No es la de todos, por supuesto, ni, mucho menos, la de los esclavos. Hay breves apariciones de éstos, sin embargo. Casi siempre de forma negativa: unos porque trataron de vengarse de su amo y lo dejaron tirado en el suelo de los baños asándose a fuego lento. Otros, como Espartaco, porque osaron rebelarse contra Roma y sus águilas; y los demás allá, los libertos, porque se convirtieron en el reverso de la aristocracia, como se puede leer en la Cena de Trimalción.

Muchos de ellos, pese a su obligada ignorancia, no aceptaron lo instituido por los senadores, toda la sociedad, y algunos filósofos: el fuerte debe dominar al débil, someterlo y utilizarlo para sus fines. Y los sometieron. Algunos de los esclavizados huyeron en busca de su tierras y familias, y otros muchos perdieron la vida intentándolo.

También, cierto es, contamos con la historia de otros esclavos quienes salvaron a su dómina de una muerte segura. Sucedió durante una guerra. La ocultaron en pago por el trato humanitario que esta les había dado. O la de Plinio el Joven, quien regaló una villa a su vieja esclava. Pero eso son excepciones. En Roma hubo miles y miles de esclavos, sometidos a los caprichos de unos amos nada humanitarios. Como en Grecia. Cargaron con todo el trabajo duro. Hecho en unas condiciones, a veces, infrahumanas. Como, por ejemplo, extraer oro o plata de las minas. Trabajando bajo tierra o en las canteras murieron como moscas.

Volví a Itálica a la mañana siguiente con el firme propósito de hablar sobre la esclavitud. Había leído algunos libros, no muchos, y testimonios, siempre escritos por la aristocracia. Pero apenas los recordaba. Debería repasarlos. O echarles un vistazo. No los tenía conmigo. Y no estaba dispuesto a perder una oportunidad como aquella.

Como siempre, llegué muy pronto. Me estaba esperando un perfecto desconocido: jamás había visto ni un busto ni una estatua suya. Llevaba una túnica un tanto deshilachada y no muy limpia. No había pasado por ninguna lavadora. Nos saludamos.

-Una historia -dije sin más- que me puso los pelos de punta fue la venganza del esclavo Hermotimo, ¿la has oído? La cuenta Heródoto. Y ha sido aprovechada en varias películas.

-Sí. La he oído. Me parece. ¿Es la de aquel eunuco de Jerjes que, camino de Grecia, con el ejército, se encuentra con quien lo castró? Pononio se llamaba este sujeto si no recuerdo mal.

-Sí, esa es. Tienes buena memoria. Y dado el poder que tiene el tal Hermotimo obliga a Pononio, su antiguo castrador, bajo pena de muerte, a castrar él a sus hijos, y que luego uno de sus hijos lo castre a él.

-Una excepción. O como decís vosotros ahora, una leyenda urbana, un consuelo, como eso de la bienaventuranza eterna.

-Ya. La vida diaria no tendría esos alicientes para vosotros.

-No. No los tenía. ¿Cómo podía tenerlos? Vivir en medio de unos bestias no procura ningún placer ni ganas de seguir en este mundo. Sí, mucho teatro, mucho derecho romano, mucha mos maiorum, y mucha poesía de altura; pero separar a familias enteras, abusar de las criaturas, chicos o chicas, matar a quien no acata sus órdenes y sojuzgar a medio mundo porque es bárbaro, no habla su lengua y no tiene un foro, constituye el timbre de orgullo de estas gentes. Todos sometidos a sus caprichos. Valiente gentuza.

-Es así. Tienes toda la razón del mundo. Pero Grecia y Roma han sido la cuna de nuestra civilización.

-Menuda civilización. Cimentada sobre el dolor ajeno, sobre la muerte y sobre violaciones y abusos de todo tipo. ¿Qué barbaridad no se cometió con los esclavos? Promovieron infinitas guerras, esos de la mos maiorum, para tener bestias de carga que les solventara la papeleta. A palos, latigazos y como fuera. Y así se fundó Roma aeterna. Y cuanto vino después.

-No todo el mundo fue así. Antonio Pío ya decretó la muerte de quien matara a un esclavo…

-Pero no decretó la prohibición de la esclavitud. Ni de la tortura. Parches, parches y más parches. ¿Qué derecho tiene nadie a esclavizarme o a imponerme sus dioses y sus ritos? ¿A separarme de mi tierra y de mi familia? Y no hablemos de la castración.

-Ningún derecho. Tienes razón. Lo malo de esto es que cada época tiene su filosofía no escrita, que todo el mundo acepta y nadie cuestiona.

-No. Estos la tenían escrita y bien escrita. Y de verdad, en serio, por muy canalla que sea una persona, y éstos lo eran, no me entra en la cabeza que, alguna vez, alguna vez, brevemente, no sintieran el inmenso dolor de los esclavos. Como dijo un poeta, siglos después, si nos hieren, ¿no sangramos? ¿No lloramos la muerte de nuestros familiares? No recuerdo sus palabras exactamente.

-Es posible que sintieran pena. Como sin duda algún nazi sintió pena por algún judío… Pero puede más el egoísmo, el miedo a separarse del rebaño.

-Y a perder el estatus logrado. Su bendito otimun sin el cual no tendríamos ni Virgilios ni Horacios. Ni Coliseo, ni... Además, que otros se ocupen de tus tareas, hagan el trabajo duro en tanto uno se dedica a la poesía o al derecho, o a pasear por el foro con los amigos, y se hace rico, adormece la conciencia del más pintado. Eso es cuanto sucedió. Y todos lo dieron por bueno.

-No. No es así. Séneca, y algunos filósofos griegos, estuvieron en contra de la esclavitud. En la naturaleza, dijeron, nadie es esclavo de nadie. El león, el más poderoso de los animales, no tiene esclavos. Se busca la comida por sus propios medios.

-¿Y quién leía a Séneca y a esos filósofos? Los estoicos se leían entre ellos. Si hubieran sido presentadores de televisión, tal vez hubiesen tenido una cierta audiencia. Y hasta es posible, para lavar la conciencia, y ganar dinero de paso, que les hubieran dado algún premio literario o prebendas similares. Hubieran provocado alguna fuerte polémica, y todo hubiera seguido igual. Con un éxito de ventas. De hecho así sucede una y otra vez.

-Por desgracia el hombre avanza muy lentamente. Pero poco a poco la esclavitud fue desapareciendo.

-Ya. Como desapareció en América con los conquistadores. Mano de obra gratuita, igual que en Roma, para las minas. Trabajaron como animales. Y como animales los trataron... Hace doscientos años, además, esquilmaron poblaciones enteras de africanos llevándolos a Europa y a América como esclavos. Separando a padres e hijos. Hacinados en barcos. Y ahora los persiguen, los apalean y los matan por ser negros… Sí, ha cambiado el mundo, vale, de acuerdo. ¿Y quién restituye el sufrimiento de todas aquellas personas? Ser separados de sus familias porque unos desalmados los creyeron animales sin alma o seres inferiores. Una creencia muy interesada, ¿no crees?

-Sí. Tienes razón. Pero también esta civilización ha tenido sus cosas positivas. Las sigue teniendo.

-Todas para ti. Una cultura que eleva catedrales como las de Colonia, Sevilla, León… o sinagogas como la del Tránsito, no está muy bien de la cabeza. O mezquitas. Lo mismo me da. La civilización del orgullo desmedido. Es la cultura del orgullo -repitió- de la omnipotencia. Y de la sangre y del sufrimiento ajeno. No lo olvides nunca. Sí, ha avanzado la medicina. Pero, mira, prefiero morir a los veinte años habiendo llevado una vida feliz con los míos que hacerlo a los ochenta siendo esclavo.

-No estoy a la altura -le dije entristecido- debería haberme traído los libros sobre la esclavitud. No sé qué decirte. ¿A dónde va toda esa gente? -pregunté ante un gran tropel de personas que se movía apresuradamente.

-A embrutecerse -contestó no sin cierta pena-. Al anfiteatro a ver masacrar a pobres animales, o a algún gladiador medio inútil, para creer que, tal vez, algún día, ellos podrán hacer lo mismo y liberarse. La miseria engendra miseria… Son incapaces de ver otro tipo de soluciones. La pereza mental. La mos maiorum…

Y diciendo esto, lleno de tristeza y amargura, se fue en la dirección contraria tapándose los oídos. Se marchó murmurando entre dientes.

-Nadie nos restituirá los años perdidos. Ni tanto sufrimiento, dolor y muerte. En tanto el hombre sea como es, nacer aquí o allá es un destino, una suerte o una desgracia. Si pudiéramos escoger. Si el hombre dejara de ser como es. Pedir imposibles -sentenció ante el enorme griterío que se elevaba desde el anfiteatro.

Salí de Itálica triste y cabizbajo. Sin ganas de nada. Me volví a Sevilla a pie: necesitaba cansarme físicamente y dormir. Dormir.

1Marco Sidonio Falco, en colaboración con Jerry Toner, Cómo manejar a tus esclavos. Madrid, 2016. Traducción de Isabel Murillo.


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