Enfrentados al inicio del proceso constituyente, habiendo desmantelado la camisa de fuerza del tercio maldito, todas las energías debieran apuntar al fortalecimiento de la Convención Constitucional para que su trabajo sea transparente, con una participación proactiva y vigilante de la ciudadanía, en el ejercicio eficaz de la soberanía popular conquistada.
Debemos tener conciencia del paso
dado el 15 y 16 de mayo. Tenemos que creernos el cuento. Los resultados han
sido tan sorprendentes que cuesta asumirlos. En general, la pseudo izquierda
del binominalismo siempre pareció conformarse con “correr un poco los límites”
y ser una ordenada oposición. En su espacio de confort, dentro del modelo, no vieron venir la
explosión social de Octubre. Hoy los partidos tradicionales están en shock,
nuevos escenarios se han abierto y en ellos esa élite no tendrá mayor peso,
porque la fuerza de cambios viene de los espacios sociales, de los territorios,
de esa civilidad que ha debido sobrevivir con colaboración y solidaridad.
El sistema ha reaccionado con
lógica oligárquica, fortaleciendo la capacidad represiva del Estado. Miope y
mezquina, la élite dominante apostó a defender sus privilegios, a resguardarse en la emergencia sanitaria, manteniendo el
estado de excepción, con toque de queda, que amedrentara a la población. En
este mismo período, el gobierno ha impulsado un Proyecto de Ley de
Modernización del Sistema de Inteligencia que ha buscado dar facultades a las
Fuerzas Armadas para realizar inteligencia, entendiéndose por tal, la
realización de escuchas y seguimientos, ciber espionaje, sobre organizaciones
sociales que, por su actuación y relación con otros movimientos similares del
exterior, pudieran constituir amenazas a la institucionalidad, vale decir al
modelo económico dominante. ¿Era ése, quizás, el enemigo peligroso e implacable,
que no respeta a nada ni nadie, al que aludía Piñera?
Desde la civilidad, es preciso
entender que la reacción buscará distorsionar la voluntad popular y, por ello,
debemos anticiparnos a sus
maniobras. Lo primero que se viene a la
mente es aquilatar la fragilidad de las redes sociales, que hemos heredado del
avance tecnológico y que tanto nos ha servido de paliativo al confinamiento
obligado y como herramienta para reconstruir el tejido social. A un año y medio
de la pandemia, en general, se constata que estamos dependiendo de la capacidad
de acceder a plataformas que, de últimas, son propiedad de poderes fácticos
supranacionales, a quienes, aunque profiten de estas plataformas, en su fuero
íntimo corporativo, no quieren facilitar el pensamiento crítico y, por eso,
busca domesticarnos como seres obsecuentes y descerebrados.
El sueño de la Internet libre se
fue esfumando a medida que los espacios de conectividad del modelo global, se
concentraron en un puñado de empresas planetarias, con el riesgo de que quieran
coartar esta incómoda espontaneidad de las redes sociales. No es especulación
marcar que, tanto Estados Unidos como China, están enfrascados en una carrera
tecnológica para controlar el futuro del 5G y, en general, los Estados han
buscado ejercer un creciente control sobre el uso de Internet en su población,
lo que significa limitar los derechos a la conectividad y los contenidos. Los
poderes fácticos aspiran a controlar las redes sociales o a intervenirlas con
un ciber espionaje que censure, controle o manipule la opinión pública. En
Colombia, en las recientes semanas, la represión brutal ha sido acompañada del
apagón de las redes sociales, lo que evidencia la necesidad de no depender de
ellas, porque no las controlamos. Los territorios y espacios locales deben
retomar el espacio común de encuentro comunitario.
Se debe tener presente que,
mediante tecnologías de big data, el modelo neoliberal ha buscado identificar
perfiles de individuos a escala mundial, para realizar sobre ellos una
comunicación personalizada de marketing directo, que atienda a sus intereses,
conductas y emociones. La manipulación que se realiza a partir de esa segmentación
tendiente al infinito, lleva a un control y vigilancia de carácter estructural,
lo que significa inducir y anticipar comportamientos e identificar grupos
críticos en todo ámbito, los que pueden ser criminalizados como los enemigos y
neutralizados, infiltrados o eliminados preventivamente. Cuando se habla de
esto, inmediatamente se estigmatiza al hablante como conspiranoíco, sin
embargo, el sicariato sigue ocurriendo sobre periodistas de investigación,
dirigentes ambientalistas, líderes sociales que cuestionen el modelo dominante.
Julian Assange, periodista australiano arrestado en Inglaterra, luego de 4 años
de asilo en la Embajada del Ecuador, hasta ser entregado a la policía por el
Presidente Lenin Moreno, y Edward Snowden, que huyó y hoy reside en Rusia, han
sido testimonio vivo de los poderes que se articulan con el manejo global de
información sobre el ciudadano. La concentración de los medios de comunicación
de masas a nivel mundial, ha perdido importancia relativa y, por ello, los
grandes medios buscan complementar su cobertura con la incursión en las redes
sociales, donde el individuo puede convertirse en un provocador de tendencias,
con la instantaneidad de la noticia capturada sin filtros, lo que suele
lesionar a los poderosos del globo.
Clara evidencia de ello son las
tecnologías que apuntan a tener una trazabilidad y análisis de contenidos de
todo el universo de comunicaciones que circula por las plataformas globales, y
las políticas de seguridad interior que ya mantienen y pretenden articular con
más profundidad Estados autoritarios o totalitarios. Siempre se dijo que el
Periodismo era el Cuarto Poder del Estado. Si la concentración de radio, prensa
y televisión negó la libertad profesional del periodista, sometiéndolo a las
líneas editoriales de los dueños de los medios, las redes sociales ofrecieron
un espacio abierto para la libertad de prensa real y ello terminó como una
amenaza sensible a los poderosos, que vieron crecer la movilización social
organizada en forma “espontánea” por millones de protagonistas que interactúan
en las redes sociales.
El poder de la información, los macro análisis
de la big data, significan que tanto se puede detectar las tendencias, ideas y
formas de pensar de las personas, como también desplegar sobre ellas un
metódico bombardeo comunicacional, que va orientado a sus sensibilidades más
personales, de manera de reforzar sus perfiles y su toma de decisiones; junto
con ello, el conocer el macro mundo de millones de personas, facilita la acción
represiva del Estado. La idea de control total rebasa los medios masivos y sus
redes globales, para incursionar en las redes sociales con estrategias
personalizadas para manipular, desinformar, influir en el ánimo colectivo,
convirtiendo a las masas en borregos emocionales, incapaces de razonar, fáciles
de penetrar con negacionismos y pos verdad.
Para el sistema global resulta peligrosa la conciencia colectiva. La sin
razón, la desinformación, son la herramienta usual de las tiranías y, de suyo,
resultan peligrosos los contestatarios, los críticos, los francotiradores.
El derecho a la conectividad a
nivel de todo el territorio, la seguridad de las redes sociales contra el ciber
crimen, son materias ligadas al uso cotidiano de las redes sociales, que
ameritan un debate abierto, para que en el proceso constituyente logremos total
transparencia y una transmisión en vivo de las sesiones en comisiones
plenarios. Porque esas son condiciones fundamentales para la participación del
pueblo en la redacción de la nueva constitución.
Hernán Narbona Véliz, 04.06.2021