La aparición de la generación
“nini” – de los jóvenes que ni estudian ni trabajan- representa hoy en día un
desafío enorme para muchos países, que no han sabido generar oportunidades en
cuanto a la educación y en cuanto al mercado laboral. En medio de una época
marcada por la competitividad y las crisis cíclicas de la economía a nivel
global, los países latinoamericanos se enfrentan al contexto de economías en
vías de desarrollo, con elevados porcentajes de pobreza, con serias deficiencias
en materia educativa y ante la encrucijada de una oportunidad vestida de
amenaza: somos favorecidos por el bono demográfico, pues contamos con una
población joven, pero corremos el riesgo de lograr una generación sin
educación, sin capacidad de competir y sin herramientas para construir una
sociedad mejor.
El malestar social se representa
con millones de jóvenes que no solo están siendo excluidos de los sistemas
formativos, sino que ven cómo los mejores empleos, las mejores oportunidades y
la generación de riqueza se vuelven lejanos y cada vez menos alcanzables. Un
ejemplo claro lo tenemos en México, en donde hay más de 7 millones de ninis que
hoy ponen en entredicho al sistema educativo y que amenazan con convertirse en
una generación perdida que termine cayendo en la informalidad y dañando
seriamente la economía y los cimientos de la sociedad. Lo mismo podemos
observar en otros países latinoamericanos, en los que vemos jóvenes limpiando
parabrisas o haciendo piruetas en las calles para conseguir dinero, debido a
que no tienen la posibilidad de conseguir un empleo mejor.
No solamente nos enfrentamos a
jóvenes que no trabajan ni estudian, sino que hay una pérdida notable de la
vinculación de los jóvenes con las esferas de decisión y de competitividad. Con
un universo de escasas palabras por la carencia de lectura, hablando un
lenguaje diferente al de los gobernantes, sin argumentos y con una enorme
seducción por la frivolidad, la juventud nos hace un pedido de ayuda. Basta con
ver los índices de lectura o los temas que preocupan a los jóvenes para
comprender lo mal que estamos. Y basta con haber leído y escuchado las
opiniones en torno al referéndum sobre el voto de paraguayos en el extranjero:
sin argumentos, con desconocimiento de lo que representan las remesas y
mencionando la corrupción de oídas, sin más conocimiento que el rumor, la poca
preparación se nota –mucho- a la hora de argumentar. Y se notará con mayor
fuerza a la hora de competir en un mercado laboral exigente y excluyente.
Hay dos frentes claros que
debemos atender: el sistema educativo y el mercado laboral. Lo que al Paraguay
le urge es atacar lo primero, porque de lo contrario de nada servirá lo
segundo.
Un joven que no estudia tiene
limitadas esperanzas en un mercado laboral competitivo: no puede acceder a
cargos especializados, no desarrolla capacidad emprendedora ni puede ubicarse
en lugares directivos o bien pagados. Más bien está a merced de lo que le
ofrezcan: cualquier empleo informal, mal pagado, en condiciones de explotación
y sin las mínimas condiciones seguridad social.
Al no capacitar y no dar
oportunidad en el mercado laboral, se termina empujando a los jóvenes hacia la
informalidad –primero- y hacia la economía delictiva –segundo-. En México esto
está carcomiendo a una sociedad que no ha podido minimizar la pobreza ni ofrecer
oportunidades para salir de ella. Muchos jóvenes, sin estudios ni esperanzas,
prefieren empeñar su vida para la obtención de dinero fácil proveniente de la
delincuencia, pues se sienten marginados de los empleos formales y honestos.
En el caso del Paraguay, se
cuenta hoy con el bono demográfico, pues el 62% de la población tiene menos de
30 años. Esta situación es una ventaja enorme y contrasta con las enormes
necesidades de los países europeos, que tienen poblaciones envejecidas y
requieren mano de obra joven.
Si no iniciamos ahora un proceso
de inclusión en los sistemas educativos, de mejoramiento de la educación y de
una capacitación competitiva con miras al mercado laboral, en una década
lamentaremos encontrarnos ante una generación perdida, poco competitiva, sin
visión de país y a merced de su propia incapacidad. Esto sería fatal para la
proyección del país, pues quedaría con una economía más precaria que la que
tenemos, con menos capacidad de maniobra y con una enorme dependencia de la
mano de obra no calificada.
Por el contrario, si logramos una
generación competitiva, aprovechando el bono demográfico, las expectativas de
crecimiento de la economía en la siguiente década aumentarían de manera
notable, y con ello se podrían reducir indicadores que hoy son nefastos:
pobreza, desempleo, exclusión y miseria.