Estamos prontos a celebrar nuestras fiestas y rituales de fin de año 2017 y sin lugar a dudas de algún modo nuestra psiquis obliga a ser un balance de lo que fue nuestro año en lo personal, familiar, laboral y social, pero, si hacemos un balance de lo que fue el año en materia de nuestro comportamiento en el campo social podríamos decir que fue el año de la educación cívica y el civismo.
El Congreso aprobó este año un proyecto de Ley denominado Formación Ciudadana el cual reestablece la Educación Cívica Obligatoria en la Enseñanza Media para los III y IV Medios y que será impartido por los profesores de la asignatura de Historia y Geografía. De igual modo las elecciones Presidenciales, de Diputados (en el caso de nuestra región), y de Consejeros Regionales marcaron no sólo un voto sino además nuestro comportamiento cumpliendo nuestro deber cívico contribuyendo al correcto funcionamiento de nuestra sociedad.
Desde
la creación de un sistema educativo en la reciente República de Chile en la
primera mitad del siglo XIX, la educación cívica ha estado presente de manera evidente.
En primera instancia, estuvo concentrada en la formación de “virtudes
públicas”, entendida como la transferencia de conocimientos básicos que definen
la vida republicana y el Estado de Derecho. Así, el currículo referido a la
política, la nación y la ley, se concretó en una asignatura de “Educación
Cívica” frecuentemente ubicada al final de la educación secundaria, cuyo foco
era el conocimiento del gobierno y sus instituciones.
Esta
visión ha sido superada por las definiciones curriculares vigentes en las
últimas dos décadas, tanto en Chile como en los países de la región. La
evolución de “educación cívica” a “formación ciudadana” implica una triple
ampliación:
De
estar al final, a incluir toda o gran parte de la secuencia escolar; De abarcar
una a varias disciplinas, junto al concepto de que hay propósitos formativos
transversales al conjunto de éstas; Una nueva conceptualización del aprendizaje
en el área, centrada en el concepto de competencia.
El civismo desde el concepto de ciudadano activo y participativo,
contrario el ciudadano que solo “participa” (de manera pasiva) en las
elecciones ha ido evolucionando. El desplazamiento se da desde una ciudadanía
de espectadores a una de actores, en un contexto que garantiza condiciones
jurídico-políticas de convivencia basados en el diálogo y la deliberación.
Una
ciudadanía basada en deberes, los que sirven de base a los derechos es en donde
los ciudadanos tienen el deber de comprometerse con lo público, como también el
de respetar la esfera de acción libre que corresponde a los demás ciudadanos.
En
el caso latinoamericano y chileno, las definiciones de ciudadanía están
vinculadas a esta última postura teórica, buscando superar los paradigmas
liberales y comunitarios antes vigentes y sus debates.
En Chile,
la ciudadanía puede aludir a diversas condiciones, características y procesos,
desde las percepciones que los ciudadanos tienen acerca de sus derechos,
deberes y responsabilidades o su participación, así como temas sobre tolerancia
o discriminación asociados a principios y normas de convivencia social.