Albert Rivera daba el pasado 9
de agosto un paso importante para desbloquear la situación política que
arrastra España desde las elecciones del 26J. El líder de Ciudadanos ofrecía a
Rajoy el apoyo de sus 32 diputados a cambio de la aceptación de seis puntos
básicos: anunciar ya la fecha de investidura, expulsar a todo cargo
público imputado por corrupción, eliminar los aforamientos, cambiar la ley
electoral, acabar con los indultos por corrupción, limitar el mandato
presidencial y crear una comisión parlamentaria del caso Bárcenas. Rajoy pospuso la respuesta a estas exigencias
de Rivera hasta el día 17, fecha en la que se reuniría la Junta Directiva
Nacional para votar la aprobación de estas medidas. Con este aplazamiento el
presidente en funciones perseguía elaborar una estrategia definitiva de cara a
su investidura y además ganar tiempo para seguir presionando a Pedro Sánchez
para que se abstuviera.
Si
Albert Rivera había protagonizado un golpe de efecto al exigir a Rajoy una
fecha para el debate de investidura, el líder del PP sorprendió a los españoles
eligiendo una fecha que llevaba las posibles terceras elecciones
al día de navidad. Era el último intento de Rajoy para presionar a Sánchez y responsabilizarle, en su caso, de que los españoles tuvieran que votar en plenas
navidades.
De
nuevo en este interminable y vergonzoso proceso de negociación para la
formación de gobierno, están sobre la mesa las estrategias
electorales de los partidos y no la buena voluntad para alcanzar acuerdos. Pero
llegados a este punto la actualidad está marcada por el proceso negociador
iniciado por Ciudadanos y el PP para alcanzar un acuerdo de investidura. En
este escenario negociador en el que ambos partidos están atrapados, Ciudadanos ha aceptado redefinir el concepto de
corrupción, pero para exhibir sus exigencias en otros aspectos, como son las
políticas sociales o la reforma de la Justicia, ha dado golpes sobre la mesa exigiendo al PP cantidades y
pronunciamientos claros. Incluso ha llegado a dar un ultimátum
al partido de Génova amenazando con abandonar la negociación y no apoyar la
investidura. El partido naranja escenifica de esta forma ante su electorado la "pureza" de su ideología, especialmente después de haber negado en el pasado reciente su apoyo a Rajoy por considerarle responsable de la corrupción existente en el Partido Popular.
Para
tranquilizar los ánimos y reconducir la negociación desarrollada por los equipos de
ambos partidos, han aparecido como “héroes salvadores” Rajoy y Rivera cruzándose
mensajes que sin duda permitirán llevar a buen puerto todo el proceso. Es todo
teatro, puro teatro pues tanto PP como Ciudadanos saben que del acuerdo para la
investidura depende el éxito de sus estrategias de cara a unas hipotéticas, pero
lamentablemente posibles, terceras elecciones.
El objetivo de Rivera en estas negociaciones es conseguir un protagonismo político que está muy por encima de los 32 escaños conseguidos el 26J. Por su parte Rajoy persigue presentarse a la investidura con el apoyo de los 170 diputados que suman PP, Cs y Coalición Canaria. Por este motivo tanto PP como Cs necesitan alcanzar un acuerdo, aunque sea a consta de ceder en sus planteamientos iniciales. Todo ello envuelto en una puesta en escena en la que los de Rivera aparecen defendiendo a "cara de perro" su programa electoral.
Esta
situación me recuerda a otra de la que fui testigo directo. Un alcalde y
excelente profesional de la política daba palmaditas en la espalda, delante de
un grupo de vecinos, a un concejal para que solucionara un problema de
transporte escolar que había el municipio. El concejal sorprendido ante la
petición del alcalde intentó negarse. El edil insistió de nuevo, “esto lo
solucionamos verdad”. El concejal entonces no lo dudó y se comprometió a buscar
una solución.
Rajoy
y Rivera han dado una palmadita a los suyos en la espalda y habrá acuerdo,
habrá boda el próximo martes en el Congreso de los Diputados. Lo que no sabemos
es si los invitados serán suficientes para que se celebre con éxito la ceremonia, o si
deberá intentarse con “otros contrayentes”.
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