Con un enunciado tan simple
especulemos algo que puede marcar la diferencia entre el vivir sereno y el
intranquilo temor de la espera, que nos marca la felicidad de la angustia
existencial.
Es una mala costumbre el
querer que cualquier resultado finalice en el tiempo que nosotros decidimos y
con los resultados previstos o calculados. Y es malo también ignorar que hay
algo en los acontecimientos cualquiera que sean, que están regidos por esa
especie de ley que nos dice que “todo tiene su tiempo”. Nada sucede ni antes ni
después y que al final concuerdan una infinidad de sucesos que hacen que el
hecho esperado finalice lo más dispar a lo que nosotros calculábamos. Ya la
biblia lo menciona “Todo
tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora.”
No quiero decir que con
estos precedentes no debemos ocuparnos y tal vez preocuparnos para conseguir
cualquier objetivo en nuestras actividades, cualquiera que ellas sean, jamás,
porque eso nos llevaría al resultado negativo no buscado por nosotros. Lo que
quiero señalar es que agotados todos los esfuerzos para la consecución feliz
de cualquier evento, debemos aprender por nuestra salud mental y física a
esperar el mejor resultado en su debido tiempo. No es fácil pero yo les diré por propia experiencia, que en
cuanto a resultados en gran numero los finales no solo no acabaron con los
resultados esperados sino en un tiempo que jamás se previo.
Hoy estoy viviendo un tiempo
de espera de un final de un acontecer
que cambiara mi vida tremendamente de resultar como yo espero, por
sanidad escribo este sentir para reforzar el concepto de que todo tiene un
tiempo y que “hay un tiempo para cada cosa” y a él me someteré.