Educación
y política son dos términos que parecieran divergentes pero que bien vistos,
deberían ser complementarios, no excluyentes. Una persona educada es una amable
y atenta. Una persona que tiene actitudes políticas o de quien se dice que es
muy político, igual es atenta y amable. Es decir, casi podrían ser sinónimos de
política y educación las expresiones atentas y amables, pero no, no se agotan
ahí.
Por
política debe entenderse más allá del arte de servir, como la forma en que una
persona, una familia o un gobierno manejan las formas de vida para lograr una
coexistencia sana que consiga el bien común y la felicidad.
Educación
es lo que hemos aprendido en casa que nos sirve para enfrentarnos al mundo
exterior, tratando de no hacer un mal papel. La educación es la suma de los
conocimientos de nuestro entorno y que cada uno de nosotros desea aplicar en su
favor.
Por
ende, en ambos casos tenemos como punto de referencia que son formas para hacer
la vida y luego entonces, deberían poder ser mezcladas sin mayores
dificultades.
Sin
embargo, el gobierno determina las políticas educativas y dicta, de pronto,
cada aberración, que pareciera que su verdadera intención es lograr un pueblo
de analfabetas.
Por
otra parte, la educación política termina cuando en la escuela primaria la
directora determina quién va a ganar las elecciones a la mesa directiva de los
alumnos, pues lo que debería ser un juego democrático que les permitiera
conocer y prepararse para lo venidero, termina con las ilusiones de los niños
que aprenden, eso sí lo aprenden con rapidez, que sus sueños e ilusiones no
pueden ir más allá de lo que determina quien tiene el mando. Y así transcurre
la vida del mexicano aquél, el que aprendió que siempre va a ganar el que le
ordenen, que las cosas han de hacerse como dicta el que tiene el mando y que
quejarse es signo de inconformidad que merece ser excluido del grupo, de la
escuela, del trabajo y aún más, de la propia comunidad.
Entonces,
si para lograr un cambio en México necesitamos que las políticas educativas
sean dictadas por quienes sepan del asunto, los docentes y la educación
política debe ser implementada por los docentes, de pronto pareciera que todo
en México falla por culpa de los docentes.
Caramba.
¡Yo soy docente!
¿Debo
asumir la culpa por la situación de México? ¿Debo buscar un culpable más? ¿No sólo
los docentes son responsables o de plano, no son los responsables?
Pensar
en voz alta, escribir lo que se piensa y de pronto, leerlo, nos lleva a
encontrar situaciones como la actual, en que pareciera que los únicos
responsables de lo que sucede en México son los maestros. Sin embargo, no es
así de fácil. En algún momento, el docente perdió el sitial de honor en la
comunidad que lo distinguía y pasa de ser el líder intelectual de la población,
a un empleado mal pagado del dueño de la escuela, refugiado en sus tristezas y
sin más ilusión que completar la quincena. Sus líderes, allá, muy lejanos,
viviendo en otra dimensión.
Las
políticas educativas, las que determinan lo que ha de enseñarse y el cómo
hacerlo, pasaron de ser dictadas por hombres de la talla de Vasconcelos a
reprobados de cualquier escuela por correspondencia pero con amigos en el
poder. Y eliminaron las materias con las que no pudieron: lógica, filosofía,
ética, etimologías y todas las que sirven para cultivar el pensamiento, no el
conocimiento.
De
pronto, la educación política pasó de impartirse en las escuelas con las
cooperativas escolares, con los concursos de oratoria, con todo lo que implica
luchar por demostrar ser el mejor, a lo que hoy se inculca que para evitar
dañar al niño todos deben ser iguales en su mediocridad y estamos construyendo
un país de mediocres, de gente sin ilusiones y sin empuje, sin ganas pues ya se
encargaron de mutilarles el alma.
Ahora,
que vemos que los docentes aún podemos ser parte de la solución, necesitamos
cambiar la política del país.
No por
los partidos y cofradías que ya están establecidas y que sólo buscan medrar en su
favor, por los mercenarios de la educación y la política, que ahí encontraron
la forma de unir dos palabras tan de lujo y tan iguales, pero que las han
buscado en su peor acepción.
No.
Vamos por un México nuevo, uno del que nos podamos sentir orgullosos de legarlo
a nuestros hijos y en el que de cada uno pueda decirse: ¡es un mexicano,
educado y político!
Me gustaría conocer su opinión.
Vale
la pena.
José
Manuel Gómez Porchini.
Mexicano.
Docente. Político. A veces escritor.
Comentarios: jmgomezporchini@gmail.com