Conclusiones
Qué difícil
se antoja concluir cuando quien escribe siente que apenas va empezando. Qué
tarea tan ingrata poner punto final a un texto cuando aún hay mucho por decir.
Pero los
tiempos son cortos y las urgencias apremian a esos cortos tiempos.
A lo largo
de las páginas precedentes se trató de hacer un esbozo de la situación actual
de los docentes en México, precisamente partiendo del conocimiento que el autor
tiene de la materia, por dedicarse a ello.
Que el
Maestro, aquella figura tan importante en el México posrevolucionario y que
dibujara con tanta elegancia José Elías Moreno en Simitrio, una película de
época, ha pasado a ser ahora sólo uno más de la cadena productiva en las
empresas educativas, en las que no existe en modo alguno pasión por la
enseñanza, esa entrega a favor del alumno o alguna de esas cosas subjetivas,
que no puede comprar el dinero, como honor, valor, dignidad, respeto,
satisfacción, emoción de ver a sus alumnos crecer como personas y mucho más.
No. La empresa educativa sólo ve números, fríos números que representan
pérdidas o ganancias y por ende, lo que no deja, dejarlo, siguiendo las máximas
mercantiles. ¿Cuándo un maestro ha dejado al alumno que no puede? Nunca. Lo
sigue, le insiste hasta que logra sacarlo adelante.
Para la
empresa, lo más fácil será dar de baja al que no sea competente y listo. Lo
social no aparece en los estados de pérdidas y ganancias. La ilusión del niño
de primaria, el arrojo del niño-joven de secundaria, el empuje del adolescente
de bachillerato y los ímpetus del alumno de profesional, no se reflejan en las
boletas de pago. Ahí sólo hay pesos y centavos. En la cara del estudiante se
refleja la ilusión o el desencanto y esos, sólo los ve el docente.
Por eso,
cuando el docente acude ante el Director o el directivo a decirle lo que
sucede, no encuentra eco. –A mí no me ha
dicho nada- dice el directivo… cuando el alumno jamás le tendrá confianza
como a su Maestro.
Por eso, el
docente debe participar en la escuela, como un miembro importante y no sólo
como el último de la cadena productiva. Debe ser de capital importancia dentro
de la institución educativa como factor de cambio.
Nada más,
pero nada menos.
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