La magia de la cocina
Conversar
sobre calidad de vida, puede llevar a una gran retórica sobre la felicidad.
Dándole vueltas al tema, concluí que la felicidad del hombre por milenios, ha partido
por la comida compartida con amor, con preparaciones que halagan el paladar y
el espíritu, que permiten la comunicación de pareja, de familia, de camaradas y
amigos.
Todo
ocurre en torno a una mesa compartida y por ello, para hablar de vida plena se
requiere tener buena salud. Para lograrla se precisa una buena alimentación.
Las comidas de nuestras abuelas y bisabuelas tienen que ser rescatadas,
corrigiendo sus excesos. Tenemos el derecho de saber qué estamos consumiendo o
qué nos quieren hacer consumir. Lo que me lleva a sostener, con convicción
libertaria, el etiquetado de los productos alimenticios para saber cuáles
contienen transgénicos. Y decidir si los compro o no.
Anoche, mientras mi mujer cocinaba carne
mechada, y yo era su pinche de cocina, comprobé en las redes que había mucha
gente amiga también cocinando para el almuerzo dominical. Emilia hacía humitas,
había quien preparaba un caldillo. La amiga Patricia preparaba postre para sus
hijos, otras hacían panqueques. Todas trabajando hasta tarde, de manera
silenciosa, inspiradas en el amor. Los hombres, hasta allí, sólo ayudando. Y
fíjense que a ninguna de estas amigas se
les caían los títulos o los galardones por el hecho de cocinar, todo lo
contrario, ellas aprecian ese talento como un regalo que les permite darle
cariño al alma y a sus seres queridos.
No
sé por qué panfleto machista-feminista las mujeres de pronto relacionaron que
atender la cocina era sumisión al machismo. Quizá las propias mamás resentidas
les metieron en cabeza que si ellas iban a ser profesionales, no tenían que
meterse en la cocina, como si ello fuese algo vil. El resultado ha sido
catastrófico en el seno de los hogares. Mujeres que no saben ni cocinar un huevo
duro ya que por ser profesionales universitarias nadie les enseñó que en la
vida hay que saber ser autosuficientes y todos, hombres y mujeres, tenemos que
cooperar en las labores domésticas. Conclusión, Se perdió una rica tradición de
conocimiento culinario. La comida chatarra inundó la sociedad y los resultados
han sido visibles en obesidad mórbida y mala nutrición. El consumismo hizo
presa de una generación completa que perdió el hábito de cocinar. Hoy, en
general, cocinan mejor los jóvenes varones que las mujeres y este tema está en
el meollo de la armonía familiar. Cocinar en familia, exige trabajo, pelar
verduras, comprar, limpiar, tareas que los varones y mujeres pueden realizar
por igual y eso es democracia doméstica.
Para
dejar instalado este tema, les regalo mi poema Hora
de Almuerzo, que forma parte de mi libro “Eroscidio, Amática
contra el Desamor” 1988: “Declaro esta instancia del amor mi fundamento, rescato
el amor de los canastos y aplaudo las vetas sensuales del amarte… Cuando voy
contigo a la feria, temiendo los ajíes, pero deseándolos, eligiendo el perejil
y el cilantro, oxigenándonos el alma con los llantos de las valencianas nuevas,
probando, pellizcando, colocando aretes de guindas en tu pelo anárquico, besándonos
con el disimulo de jugosos duraznos, por sandías caladas el vientre clamando, descubriendo
en la semilla de los melones caribeño espacio, regateando, por gusto, el racimo
anhelado, ¡le vamos poniendo aromas a la vida autodidacta! Cuando trémulo
presencio la preparación de los mariscales, o practico mi gimnasia única en los
pesados bolsones de la papa chilota indispensable, estoy en la antesala
cotidiana del amor no teorizado, del deber prehistórico de vivir y
reproducirnos… Por eso aplaudo las vetas sensuales del amarte. Por eso cocino
contigo, sin quejarme, cebollas, tomates y mis infaltables ajos. En aromas de
albahaca, los pasteles de choclo me gritan que existo como hombre americano, que
florece en lo propio cuando llega el verano. Amarte es por eso, una mesa
dispuesta, la ensalada, el vinagre, es el pan que nos une con su mágica estera.
¡Vivan, amor, la gracia que prodigas en la mesa modesta! ¡el aroma, el aliño y
el vino, antejardines de todo mi espíritu! Algún día ese espíritu, ya sin dientes ni
muelas, extrañará el embrujo terreno de almorzar charquicán en enero.”
Seguimos
conversando.
Periodismo Independiente,
2 de marzo de 2014. Una mirada libre a nuestro entorno
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