La fiesta de san Valentín
es una celebración curiosa. Para comenzar, en los países protestantes, donde
está más arraigada, ni siquiera se acostumbra festejar a los santos y San
Valentín, canonizado en el siglo III de nuestra era, jamás hizo nada que
justificara la recordación del aniversario de su sacrificio como “Día de los
Enamorados”. En cambio, en algunas regiones de Italia y Alemania se le invoca
en casos de ataques epilépticos.
Las Fiestas Lupercales.
Vida y obras de San Valentín son bastante oscuras. Empero
se sabe que fue Obispo de Interamna y que sufrió la persecución del emperador
Claudio, quien lo inmoló en Roma el 14 de Febrero de 270 d.C. Yace en un
panteón de la Vía Faminia, en el lugar actualmente conocido como Puerta del
Pueblo, donde se eleva en su honor una iglesia.
Para desentrañar la historia del “Dia del Amor” hay que
remontarse a la mítica fundación de Roma por Rómulo y Remo, los gemelos que fueron
amamantados por una loba que vivía en una cueva del monte Palatino, una de las
siete colinas de Roma. Ya fundada la ciudad se estableció la costumbre de
recordar el acontecimiento en las fiestas Lupercales o fiesta de la gruta de la
loba.
Lupercus era también el nombre de un fauno (divinidad de
los bosques con cuerpo de hombre y patas de cabra) considerado protector de los
rebaños contra los lobos y contra la esterilidad. Su celebración implicaba un
rito de la fertilidad, común desde tiempos inmemorables entre los pueblos
mediterráneos y consumados a mediados de febrero, cuando se manifiestan los
primeros signos de la primavera.
En los tiempos del esplendor romanos las fiestas
Lupercales eran solemnes. Nobles jóvenes, seleccionados entre los más apuestos,
acompañaban a los sacerdotes del culto de Lupercus a la cueva del monte
Palatino. Allí, después de sacrificar en el altar perros y cabras, los
sacerdotes rozaban con el cuchillo ensangrentado la frente de los mancebos,
quienes se limpiaban posteriormente con migajón de pan mojado en leche. Después
de un banquete en el que corría generosamente el vino, desollaban a los
animales sacrificados y hacían con su piel látigos. Los jóvenes salían
corriendo de la cueva para golpear con ellos a los transeúntes, honor, que
nadie rechazaba, sobre todo las mujeres que deseaban dar a luz a un varón.
A mediodía los efebos eran sorteados entre las doncellas
de la ciudad. En una caja se colocaban papeles con los nombres de las bellas y
la suerte decidía quien sería pareja de quien durante el año entero en
desarrollo. El cristianismo asimiló, transformándolos, diversos ritos paganos y
San Valentín, por celebrarse su fiesta a mediados de Febrero, parece haber
cargado con el paquete.
Otros dicen que la costumbre de las aves de buscar pareja
precisamente a mediados de febrero originó la tradición; hay también quienes
consideran que la palabra Valentín no es sino un pronunciación deformada de la
voz normanda “galantín”, que
significa “adorador de la mujer”. La expansión de Roma y las posteriores
invasiones de los bárbaros provocaron que muchas costumbres romanas fueran
adoptadas por los pueblos nórdicos. La fiesta de San Valentín dejó de ser
exclusiva de los países del Mediterráneo y se volvió universal. Una de las
primeras menciones que de ella se hacen en la literatura inglesa es la debida
al poeta Chaucer (1340-1400), quien escribió en su libro “Parliament of Fowls”: “Porque
era la fiesta, de San Valentín, cuando cada tonto, escoge su afin…”.
Y en el Hamlet , de Shakespeare, Ofelia canta: “Mañana es la fiesta de San Valentín, al
toque del alba vendré por aquí; iré a tu ventana, que soy doncellita para
convertirme en tu Valentina”