Pensar anticipadamente en un
problema, planificar primero y obrar en consecuencia son cosas lógicas para
intentar prever y resolver conflictos, sobre todo cuando estos ya son viejos
conocidos. Pero, en sociedades precarias en las que se vive a merced de la
fragilidad del cambio, la imprevisión suele ser el factor común a la hora de
enfrentar un problema: se nota cuando las lluvias -cíclicas- convierten a las
calles en ríos, dañan el asfalto y dejan profundos baches, así como hacen
colapsar la movilidad de ciudades completas. Como si llover fuera un hecho
extraordinario en un país en donde llueve siempre, se finge el asombro y se
opera en el caos, tratando cada quien de parchar la situación de la manera que
mejor se le ocurra. Y cuando, realmente, se trata de un fenómeno extraordinario
que altera el funcionamiento de una ciudad o un país, el daño suele ser
desmedido y la respuesta se bambolea entre la desesperación y la incapacidad.
Vivimos en sociedades poco
planificadas, en sociedades imprevistas. Sabemos de antemano y de memoria, que
un país caluroso y húmedo como Paraguay reúne condiciones ideales para que se
propague una enfermedad como el dengue. Pero, lejos de haber previsto el
peligro y educado a la gente para que combata el mosquito, se reacciona sólo
cuando el número de enfermos o muertos escandaliza. Nos asombramos, nos
asustamos y empezamos a limpiar y cuidarnos, para que no nos toque a nosotros.
Pero se esperó primero, con la calma de los que descansan al costado de un
camino, a que los casos de enfermedad nos rodeen, afecten a un conocido, a un
vecino o alguien cercano. No visualizamos lo previsible y cuando los hechos nos
atropellan los tomamos como imprevistos y reaccionamos con la torpeza del que
no sabe de dónde vino el golpe.
Era previsible que el transporte
público en Paraguay colapsara, que los accidentes de motociclistas iban a
disparar los índices de muertes en el tránsito y que, una vez más, las autoridades
no sabrían cómo responder ni podrían ponerse de acuerdo en proyectos como el
metrobús. Desde hace décadas vivimos en una precariedad grosera que condiciona
al ciudadano a viajar al riesgo de su vida, en vehículos desvencijados, por
calles llenas de baches, sin semáforos, y bajo la conducción de alguien sin
educación para siquiera esperar que una anciana termine de subir al vehículo
antes de acelerar. Sabemos que las unidades del transporte no deben, bajo
ningún punto de vista, viajar con las puertas abiertas porque esto asegura que
en caso de algún accidente, será fatal. Pero parece no preocupar, como si los
accidentes no pudieran preverse y evitarse. Y la reacción sólo viene tras la
desgracia.
Y todavía más curioso, cuando se
confunde la reacción con la planificación. Cuando en el enojo de algún
accidente que se pudo haber evitado, se vocifera, se cuestiona y se busca
culpables. En lugar de la inteligencia racional, se deja que sea la
emocionalidad de un momento difícil la que marque las reacciones que deberíamos
tener como sociedad. En lugar de construir un sistema seguro para evitar la
caída, funcionamos a partir del golpe, el dolor y la rabia del momento.
Todo esto lo podemos ver en nuestra
economía, en los ciclos climáticos que condicionan un auge portentoso o una
contracción brusca. O en las trabas a las exportaciones, que se dan con mucha
frecuencia, pero que todavía no hicieron que el país tenga una planificación
minuciosa y estratégica para enfrentar la mediterraneidad. Tan previsible como saber
que una devaluación de la moneda brasileña o la argentina generaría un aluvión
de contrabando, y tan imprevisible como ver a las autoridades tomando medidas
ridículas como tratar de impedir que los productos baratos permeen la frontera
y lleguen hasta un consumidor empobrecido y necesitado. Si lo hubieran previsto
y planificado, tendríamos una economía competitiva, con productos de calidad y
precios competitivos, por lo que no importaría si el contrabando viaje en
avión, en canoa o a pie. Simplemente, no podría competir y no tendría sentido.
Tenemos que dejar de jugar a la
sorpresa y el asombro fingido, para comenzar a construir una sociedad menos
precaria, más prevenida y más planificada. Que ya no seamos víctimas del caos
cuando el clima es hostil, cuando se cierra un mercado, se devalúa una moneda o
cuando un modelo económico se agota. La previsión debe ser parte de nuestros
pequeños actos cotidianos, en cosas tan sencillas como ahorrar unas monedas por
si pasa algo. La pregunta es: ¿podemos dejar de vivir en la imprevisión y pasar
a la planificación?