La carrera, hacia los fines últimos de un reclamo, ha pasado a conformar una larga lista de fechas, escuelas, liceos, escuelas técnicas, nombres de sindicalistas, ordenanzas, presupuestos, carteles, marchas y un acto patrio, como el 18 de julio, con vallas y gritos al mejor estilo latino.
La solución al reclamo no está al alcance de las cifras que maneja el gobierno y por lo que parece, los argumentos de las gremiales van perdiendo peso y consistencia, efecto y resultado. Montevideo tiene cuerpo a la hora de realizar paros, el interior –como siempre- demuestra que la realidad es otra.
No vamos a descarrilar este discurso ahora en la consecuencia nefasta que pueden tener estas medidas de fuerza en los estudiantes, es camino sabido que no tiene retorno, el análisis que hasta el momento no tiende a aparecer es el de la “vulgarización” de los reclamos y la facilidad lisa y llana de quejarse, siempre y como siempre.
Expliquemos esto. Vulgarizar una propuesta es tirar a calle todos los reclamos, esclavizando a terceros que nada tienen que ver con la cuestión de fondo y, como si fuera poco, responsabilizarlos y hacerles pagar los costos. No olvidemos que si algo de aumento real se consigue del conflicto de la educación habrá de ser porque va a salir del estado, de todos, es decir: DE TODO.
Sin embargo, la constante vulgarización de los reclamos ha puesto de manifiesto una realidad uruguaya que ya es imparablemente pública y cada vez más notoria: la queja constante por la queja en sí. Y lo que es peor: la queja sin propuesta. Las ideas que aporten al diálogo no parecen ni se sugieren, la queja bañada en la crítica es la única manera que ahora encuentran gremios y sindicatos para decir lo que piensan.
Un dato más a tener en cuenta: la queja constante sin ideas es la manera más sencilla, más cómoda y más vulgar de demostrar que no nos merecemos lo que estamos reclamando. En otras palabras: se llama capricho.-
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