Y un día volvió. Las puertas de la gloria no podían estar cerradas tanto tiempo para un gigante como Peñarol, equipo emblemático de América que, tras un tiempo aciago en los institucional que repercutió en lo futbolístico, logró de la mano de Diego Aguirre, un hombre de la casa, ubicarse en la final de
Sin talentos por doquier, a excepción de Matías Mier, un mediocampista que va, viene, buena pegada, inteligencia sin la pelota en los pies y llegada al arco contrario, una indiscutible revelación este joven quien junto a Alejandro Martinuccio, conforman una dupla que hilvanó rendimientos ascendentes desde octavos de final. Este punta, argentino dirá el DNI, cruzó el charco tras una experiencia fructífera en Nueva Chicago y enamoró a los hinchas del Carbonero. Ágil, inquieto buscando espacios, habilidoso y con buena cuota de gol, tiene la particularidad de estar adelantado en cada jugada, ya sabe de antemano qué y cómo accionar.
Después, hombres. Digo hombres en la concepción de frialdad, aquella que nos permite ubicarnos en forma óptima en cada pasaje del juego, sin desbordarse demostrando carácter, prestancia, dar el todo hasta el final. Una concepción de vida que Uruguay conoce en demasía, exprimir lo máximo de cada situación sin quizás contar con los elementos más correspondientes para esta tarea. En esto, también los méritos a Aguirre, autor del gol que le dio a Peñarol la última Libertadores en 1987, que fortaleció cada recurso, pensó cada partido, armó sociedades y el rompecabezas se construyó. Pienso en el veterano Darío Rodríguez, visiblemente emocionado ayer en Liniers, Guillermo Rodríguez, el arquero Sebastián Sosa, Juan Manuel Olivera, Nicolás Freitas, Carlos Valdez, Fabián Estoyanoff, Matías Corujo, Luis Aguiar, un grupo de futbolistas que dejaron en el umbral de la consagración a esta camiseta, que conoce y mucho de hazañas. Como la de anoche.
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