Por Mario Aníbal Bravo
En México y América Latina la desigualdad es uno de los
rasgos más alarmantes y sobresalientes. En México el 40% de las familias más
pobres recibe sólo el 13% de los ingresos totales. En contraposición, el 20% de
las familias más ricas recibe el 55%, que en comparación con los países
industrializados donde el 40% de las familias más pobres reciben el 21% del
ingreso y el 20% más rico el 40 (Unesco, 2008), esto nos plantea un escenario
con un porcentaje mucho más amplio de la población que se encuentra en una
situación de vulnerabilidad.
Esto evidencia un Estado que no ha sabido crear las condiciones necesarias para
que los ciudadanos tengan la misma oportunidad de acceder en igualdad de
circunstancias a los derechos que éste garantiza. El investigador argentino
Guillermo O’Donnell señala que sólo se puede ejercer una ciudadanía efectiva
cuando todas las personas gozan de las mismas oportunidades para acceder a los
servicios que ofrece el Estado. Es por eso que en México no hay asunto público
más relevante, que pese más en la convivencia social y en las posibilidades de
instalación de un régimen democrático, que la desigualdad entre los miembros de
la sociedad, la cual se manifiesta y reproduce en todos los ámbitos de nuestra
vida y no solamente en términos del ingreso. Esto es, en el acceso a la
seguridad social como cuidado infantil, educación, salud, vivienda,
alimentación, y en general a todos los derechos que como ciudadanos tenemos,
entre los que podemos enumerar justicia, seguridad, cultura, y vida digna,
entre otros.
El pensador inglés John Stuart Mill, señala que la participación ciudadana
permite a los individuos opinar y participar en la sociedad, lo que incentiva
el carácter activo, propio de y necesario para la democracia (1). Este autor
argumenta que siempre es preferible un gobierno democrático a otras formas de
gobierno, no por garantizar resultados acertados en la toma de decisiones, sino
por establecer los cauces institucionales y procedimentales que permitan
intervenir a la propia comunidad en la resolución de sus problemas.
En un estudio de orden histórico realizado por Charles Tilly en 1996 sobre la
construcción de ciudadanía (2), se puede observar que existe una correlación
entre derechos y luchas sociales, entre derechos y presiones desde abajo. Es
decir, cuando los derechos son concedidos desde arriba, la capacidad de
aplicación es segmentada, particular o selectiva. La experiencia histórica
demostraría que los derechos, cuando no son el resultado de grandes luchas sociales,
pueden ser aceptados pero no implantados o no aplicados adecuadamente.
En nuestro país, hasta ahora, el ejercicio de la ciudadanía
se reduce a la emisión de un voto. Esto genera una democracia minimalista donde
la única prerrogativa para los ciudadanos consiste en elegir a sus gobernantes,
delegándoles el poder para que hagan con él lo que se les antoje. Los altos
niveles de corrupción, la cada vez más creciente delincuencia, la escasa
participación política, la violación a los derechos humanos por parte de las
autoridades, el uso arbitrario del poder político, el tráfico de influencias,
privilegios a grupos clientelares, entre otros, son indicadores que demuestran
que la ciudadanía se encuentra cada vez más marginada de las decisiones
públicas.
El ejercicio de un gobierno cuyas decisiones públicas nunca fueron sometidas a
consulta ciudadana y mucho menos a rendición de cuentas, permitió crear un
entramado legal que permite a los gobernantes manipular la formulación de las
políticas e incluso configurar nuevas reglas del juego para su beneficio. Esto
ha generado una marcada polarización entre la clase política y la ciudadanía en
general, quien se encuentra marginada, no sólo del acceso a las oportunidades a
cargos públicos que incorporan la toma de decisiones, sino a la justicia, la
movilidad social, la competencia empresarial y en general de todas las
funciones, que por su naturaleza le compete asegurar al Estado.
Los politólogos argentinos Catalina Smulovitz y Enrique Peruzzotti proponen el
término “Accountability Societal” para designar al fenómeno que funciona como
un mecanismo no electoral de control de autoridades políticas, que descansa en
las acciones de un múltiple conjunto de asociaciones de ciudadanos y
movimientos, sobre los medios de acción que tienen como objetivo exponer los
errores gubernamentales, trayendo nuevas cuestiones a la agenda pública, o de
activar el funcionamiento de las agencias horizontales. Esta idea de rendición
de cuentas emplea herramientas institucionales y no institucionales (3) .
El incendio ocurrido el pasado 5 de junio del 2009 en las instalaciones de la
guardería ABC en Hermosillo, Sonora, donde perdieron la vida 49 infantes a
causa de las lesiones producidas por el fuego y humo, es un fenómeno que ha
venido a revitalizar la movilización y en cierto sentido la participación
ciudadana en esta ciudad y en algunas otras del Estado y de México. Esto es así
porque a todos nos queda la sensación de que la tragedia se pudo haber evitado
si las cosas se hubieran hecho como se debe; si las guarderías hubiesen estado
manejadas por profesionales en la materia, si los inspectores de protección
civil hubieran hecho su trabajo, si la guardería estuviera ubicada en un lugar
seguro y un sinnúmero de irregularidades que saltaron a la vista, pero sólo
después de la tragedia.
En atención al término acuñado por los autores antes citados, la movilización
ciudadana es un recurso no institucional que tiene como objetivo exponer los
errores de los gobernantes, cuya efectividad se basa en las sanciones
simbólicas a los responsables, situación en la que es indudable que los padres
de los niños muertos en el incendio, y las organizaciones nacidas tras la
tragedia, como el Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio, Manos Unidas
por Nuestros Niños, Salud y Justicia, Ángeles en Espera, entre otros, cuentan
con una fuerza moral incuestionable para liderar las demandas surgidas a partir
de la tragedia. Pero la división de estos grupos evidencia que sus demandas se
concentran en reclamos particulares de justicia, cuando la fuerza de estas
organizaciones debería estar en la unidad de los reclamos ciudadanos que la
tragedia hizo patente, como una deficiente impartición de justicia, un sistema
de seguridad social inoperante, ya sea en su vertiente de cuidado infantil o en
atención a la salud, y en general todos los reclamos que se evidenciaron por la
tragedia.
La división de estos grupos le resta fuerza a sus demandas y a la sanción
simbólica que éstas representan. Si en realidad se quiere trabajar en lo que
plantea el lema que ha utilizado el movimiento “5 de Junio”; “ABC NUNCA MÁS”
las demandas de los padres deberían concentrarse - si bien es cierto en el
castigo a los culpables directos de la tragedia- más que nada en evidenciar la
estructura jurídica y de poder, que permitió que se generara una situación como
esta, ya que de nada serviría sancionar a dos o tres funcionarios, mientras
prevalezcan las condiciones que le permitan generar situaciones como las que
provocaron la tragedia. Las demandas de todos los grupos nacidos alrededor de
la tragedia son legítimas y producto de un mismo sistema que no garantiza la
seguridad de los menores, ya sea antes o después de la tragedia, es por eso que
los movimientos deberían buscar el diálogo y la fuerza que les confiere la
unidad de un reclamo que incluya toda las voces.
El incendio de la guardería marca un parte aguas en la historia de México,
mismo que hasta ahora los actores involucrados en el escándalo del ABC no han
sabido descifrar. La legitimidad de los reclamos nacidos a raíz de la tragedia
de la guardería tiene la fuerza suficiente para cambiar al país entero, los
reclamos de impartición de justicia, salud, rendición de cuentas y, en general,
la demanda de respeto a los derechos humanos de la ciudadanía, son reclamos con
los que todos nos sentimos identificados, y no con las demandas personales de
cada organización, que lo único que hacen es restarle fuerza al reclamo de
justicia.
La Suprema Corte de Justicia de la Nación es otro de los actores que no supo o
no quiso asumir su papel en los acontecimientos nacidos alrededor de la
tragedia del cinco de junio. La Corte tuvo en sus manos la oportunidad
histórica de redefinir el equilibrio de poderes en el país. Si bien es cierto
que la declaración del pleno del alto tribunal en torno al caso de la Guardería
ABC determina la existencia de violaciones graves a las garantías de audiencia
y legalidad de las víctimas del incendio, este no entró a conocer el fondo del
asunto, por lo tanto no tiene facultades para culpar ni exonerar a nadie. La
corte no quiso conocer el fondo del asunto de la solicitud planteada por los
padres de los niños muertos en la guardería, sólo se limitó a emitir una
declaratoria sin efecto legal alguno.
El artículo 97 constitucional, segundo párrafo señala expresamente que “La Suprema Corte de Justicia de la Nación podrá nombrar alguno o algunos de sus miembros o algún Juez de Distrito o Magistrado de Circuito, o designar uno o varios comisionados especiales, cuando así lo juzgue conveniente… únicamente para que averigüe algún hecho o hechos que constituyan una grave violación de alguna garantía individual”. El cual, concatenado con el artículo 103 fracción I de la misma Constitución, faculta a los tribunales de la federación para conocer de violación de garantías, y siendo la corte el maximo tribunal federal, pudo hacer uso de su facultad de interpretación de las leyes para resolver de fondo el asunto, y superar el status quo que la mantiene como un lacayo del poder ejecutivo.
La determinación de la corte la evidencia como un tribunal de casación, en la
que su único papel es la revisión de una legalidad perversa que legitima los
intereses particulares contenidos en ella, ya que las violaciones a garantía
que señala en el informe de la comisión investigadora, no resuelve violaciones
directas a las garantías individuales de las víctimas, como lo dictaminaba el
proyecto del ministro Zaldívar, sino sólo determina que existieron violaciones
a la garantía de audiencia y legalidad.
La corte desaprovechó la oportunidad de hacer justicia y de convertirse en un órgano de rendición de cuentas horizontal, entendida ésta como la existencia de agencias estatales que tienen autoridad legal y están fácticamente dispuestas y “empoderadas” para emprender acciones que van desde el control rutinario, hasta sanciones penales, en relación con actos u omisiones de otros agentes o agencias del estado que pueden, en principio o presuntamente, ser calificadas como ilícitos (4) . Desafortunadamente parece que en México no existen estas agencias, lo que le resta a la ciudadanía un escenario efectivo en la palestra política.
El politólogo argentino Guillermo O’Donnell señala que una ciudadanía integral
sólo puede generarse en un proceso de construcción que implica una acción
social desde abajo y una capacidad de articulación y respuesta desde arriba, en
un proceso que busque “democratización de la democracia”, es decir, que los
derechos políticos de la democracia sean usados para conquistar otros derechos,
ya que sólo el acceso pleno a los derechos civiles, políticos y sociales puede
garantizar la existencia de una verdadera democracia. Mientras el acceso o
disfrute de los derechos sea parcial o no exista para sectores amplios de la
población, la toma de desiciones siga en manos de la clase política y alejada
de las demandas ciudadanas la democracia electoral seguirá siendo precaria y
manipulable.
* Algunas de las ideas aquí expresadas, se encuentran desarrolladas en un texto
que está en dictamen en una recopilación de ensayos titulado “Las consecuencias
perversas de la democracia delegativa”.
(1) Stuart Mill, John, Sobre la libertad, Madrid, Alianza Editorial, 1970.
(2) Charles Tilly (ed.), Citizenship, Identity and Social
History, International Review of Social History Supplements, Nueva York, 1996.
(3) Catalina Smulovitz y Enrique Peruzzotti, “Societal Accountability in Latin
America: Journal of Democracy, volumen 11, numero 4, 2000; Enrique Peruzzotti y
Catalina Smulovitz, “Accountability Social, la otra cara del control” en
Enrique Peruzzotti y Catalina Smulovitz (editores) Controlando la política.
Ciudadanos y Medios en las Nuevas Democracias Latinoamericanas, Buenos Aires,
Editorial Temas, 2002.
(4) Guillermo O’Donnell, Accountability horizontal. 1989