El presidente dirige la acción del Gobierno, y este la política interior y
exterior, la Administración civil y militar y la defensa del Estado, de acuerdo
con las leyes y la Constitución Española (artículos 97 y 98). Es decir, es el
máximo responsable de la política formal. No es el único, pero sí es su deber
ser el primero en reaccionar. Es una cuestión ejecutiva y, también, moral.
La manifestación del pasado domingo, y las concentraciones-acampadas que se
han sucedido posteriormente, son un reto para la política y para todos los
partidos. Es lógico, pues, que el presidente responda, ya que es la primera
autoridad política (sea cual sea su partido, su nivel de popularidad o su
protagonismo electoral). Y esto es, fundamentalmente, lo que está en juego: la
autoridad concebida como legitimidad social, no como poder orgánico o
institucional.
El malestar viene de lejos. Hace años que diferentes instituciones
-responsables de medir el estado de ánimo, la opinión o la valoración que hace
la ciudadanía sobre los temas públicos- nos alertan de una realidad inexorable:
tres de cada cuatro ciudadanos tienen una opinión negativa, o muy negativa, de
los partidos y de los políticos. Ha sido una lluvia fina, imperceptible para
los burócratas de la política del press clipping, que ha calado hasta los
huesos de la sociedad, especialmente de la más desprotegida, vulnerable o
frágil.
Los grandes partidos se siguen organizando con las viejas lógicas del
centralismo democrático y la jerarquía vertical. Son partidos leninistas, sean
de derechas o de izquierdas. Ocupados en el poder -en mantenerlo, en obtenerlo-
han renunciado, demasiadas veces, a la legitimidad de las ideas. Justo lo
contrario en lo que se sustenta el poder de las redes.
Los más cínicos piensan que la tormenta de estos días por sí sola amainará.
Otros, impúdicos, intentan sacar tajada electoral. Y los sensatos y lúcidos
deberían dar un paso al frente y mojarse. Todos creen que el tiempo les
ayudará. Justo lo que no tienen: tiempo que perder.
Presidente, baje a la plaza. Sí, baje, porque desde aquí abajo una inmensa
mayoría de la ciudadanía percibe así al poder político: por encima, alejado,
distante… Ya no hay margen para los cálculos. No debería preocuparle su imagen
o su reputación. Tampoco está en riesgo la democracia. España no es Egipto, ni
Libia, ni Irán. No se cuestiona o vulnera la ley electoral, digan lo que digan
las autoridades competentes. Están en juego los valores de la política, su
esencia, que es otra cosa.
Hoy le toca a usted responder. A los partidos políticos, a partir del 22-M,
les tocará sacar conclusiones electorales, pero también dar respuestas
políticas al desafío que supone esta reacción cívica de hartazgo.
No se puede pedir paciencia a la ciudadanía. Más paciencia. No es la ciudadanía
que está en las plazas, o los millones de personas que simpatizan con ella
desde sus casas, quienes deben hacer propuestas.
No es aceptable pedirles que se organicen, prioricen sus demandas, sean
razonables y otorguen nuevos créditos reputacionales. La respuesta debe venir,
urgentemente, de la política formal. El reto es otra política. El riesgo, la
antipolítica o la despolitización.
Presidente, hoy viernes se reúne el Consejo de Ministros. La gente espera
soluciones y medidas, sí.
Pero también gestos que reconozcan, como primer paso, como primera
penitencia, que la arrogancia es la peor de las virtudes públicas.
A usted no le falta coraje, acierte o no, en sus medidas. Tampoco
sensibilidad e intuición. La tentación de tratar esta realidad política como
una cuestión de orden público, parece superada. Incluso ha manifestado, como
líder de uno de los partidos más importantes, que “hay que escuchar, hay que
ser sensibles”. Pero los jóvenes no quieren solo palabras, quieren gestos
auténticos y compromisos reales. No les pida el voto, ofrezca su tiempo. Es lo
primero.
Si decide ir, no pregunte con quién debe hablar. Converse con la primera
persona que se encuentre. No necesita interlocutores. Los ciudadanos quieren
que escuche. No prometa nada, pero atienda, encaje y aguante, como máxima
autoridad política, el chaparrón que le toque.
Es su deber, aunque no le convenga o le digan que no es sensato en campaña
electoral. Esta es la cuestión: sustituir la actual política, claudicante ante
el caos financiero e insuficiente a los estragos de la crisis, por otra
política relevante, valiente y más cercana.
El 14 de marzo de 2004 saludaba usted a miles de jóvenes, parecidos a los
que hoy se manifiestan y que le coreaban: “no nos falles”. La historia dirá si
les falló o no. Pero sería imperdonable que ahora no les escuchara. En la
plaza. En su terreno, con sus reglas, con sus condiciones. No le esperan, pero
vaya. No es humillación, es humildad. Un primer gesto para empezar una
conversación honesta. Quizás no tenga recompensa, pero vale la pena.
Se lo debe a ellos y a los valores esenciales de la política.
Publicado en El País, España