La guerra que subyace detrás de la política
Sociología | 19/05/2011

Por Mario Aníbal Bravo

 

La Historia de la humanidad se ha dividido siempre entre oprimidos y opresores. Desde que se tiene memoria han existido amos y esclavos, señores y siervos, hacendados y campesinos, obreros y capitalistas, entre otros. Las sociedades modernas no escapan a la lógica de la dominación. Las clases dominantes siempre han encontrado la manera de mantener sometida al resto de la población, ya sea a través de la fuerza física, el control económico, hasta el velado dominio de la ley, la religión y la cultura.

 

Para Michel Foucault toda sociedad está constituida en base a hechos violentos, perpetrados en las guerras de conquista que derivaron en la opresión de una raza sobre otra. El sociólogo francés argumentaba que la guerra es una relación social permanente que se gesta entre dominantes y dominados y que constituye la base de las instituciones y las relaciones de poder de nuestra sociedad[i]. Para Foucault los mecanismos de poder son y funcionan esencialmente en esta relación de fuerzas, y este ejercicio del poder, es la guerra proseguida por otros medios, invirtiendo la proposición de Clusewitz [ii] quien señala que la guerra es la continuación de la política por otros medios.

 

Pero ¿qué tiene que ver la guerra con los procesos electorales y los discursos que emiten los políticos por televisión? Foucault infiere esta relación de guerra del hecho de que, si bien es cierto el poder político es capaz de establecer la paz en la sociedad, también es capaz de desatar una guerra, por lo que la idea del conflicto de fuerzas se encuentra siempre latente[1]. En esta hipótesis el papel del poder político sería reinscribir perpetuamente esa relación, por medio de una especie de guerra silenciosa, a través de las instituciones, las desigualdades económicas, el lenguaje y hasta en los cuerpos de unos y de otros mediante el poder normalizador que tiene los mecanismos disciplinarios.

 

Pero ¿como sucede esto? Según Foucault, después de la expansión europea, mediante las guerras de conquistas, los invasores ejercieron el poder a través de las armas. Privando a los pueblos colonizados de las suyas, vencer a alguien era privarlo de sus armas, por lo que los conquistadores tomaron en sus manos la administración de los litigios que mas tarde se institucionalizaron en ley, la cual también fue absorbida y administrada por los conquistadores y sus descendientes[iii]. Es así como se da la correspondencia entre poder y saber. Detrás de todo saber o conocimiento lo que esta en juego es la lucha por el poder. El poder político no está ausente del saber, por el contrario, está tramado con este, o ¿a caso no son siempre los expertos los que deciden? Es la tensión existente entre la aristocracia de los expertos contra la democracia popular que la representatividad a intentado reconciliar.

 

Platón en su obra “La república” planteaba la idea de que el saber político es un saber privilegiado y exclusivo de quienes ejercen el poder[iv]. En los siglos VI y VII el tirano era el hombre del saber, aquel que dominaba tanto por el poder que ejercía como por el saber que poseía; el rey y quienes lo rodeaban administraban un saber que no podía y no debía ser comunicado a los demás grupo sociales[v].

 

Este poder institucionalizado se convierte en la regla, en una norma que disciplina y reprime todo saber no institucionalizado, por lo tanto, el instinto y la naturaleza humana, así como las identidades de los pueblos colonizados, quedan relegados. La disciplina excluye y reprime, elimina y sanciona a los que no son iguales o no entran dentro de los cánones establecidos por la norma. El maestro Oscar Correas señala que el otorgamiento de sentido es siempre un acto de dominio, quien da sentido tiene el poder. En el caso del derecho, quien está en condiciones de formular la norma, y más aun si está en condiciones de reprimir conductas contrarias, ejerce la dominación sobre los otros[vi]. Pero esto no funciona solo en el derecho, sino que se ve también en la educación, en el lenguaje, en los hábitos alimenticios y hasta en las preferencias sexuales.

 

El Estado moderno actúa a través de una variedad de instituciones, normas, reglamentos, decisiones, estatutos y ordenanzas que lo vuelven denso y extendido. Es decir, que cada vez existen menos vacíos de regulación en la vida social y su alcance se extiende a las esferas más intimas y personales del ciudadano, diciéndonos qué es lo que está bien y qué es lo que no lo está. En contrapartida muy pocos participan en la construcción del contenido de estas regulaciones lo que nos hace presa fácil de una arbitrariedad.

 

El caso de México es un ejemplo paradigmático de un país colonizado donde una raza sometió, se apoderó de los bienes materiales e impuso su forma de vida y visión del mundo a sus pobladores originales. Esta situación se ha venido reproduciendo desde entonces gracias a que quienes escribieron las reglas del juego las diseña siempre para su beneficio, lo que se hace evidente en las relaciones de dominación que ejercen quienes detenta el poder político en contra de la población civil y que se pretende justificar con la razón política, que en teoría busca fuentes legitimas de poder. Esto sucede con el propósito de establecer fuentes de autoridad para justificar las formas de dominación que perpetúa el estado de opresión que ha prevalecido en la población desde la época de la colonia.

 

La historia reciente nos ha dado innumerables muestras de esto con la enorme cantidad de guerras desatadas por motivos étnicos en todo el mundo, incluyendo el caso de México con el levantamiento Zapatista que evidenció las condiciones de vida de los indígenas chiapanecos y de otro tanto de millones de marginados en todo el país que padecen los efectos de la opresión de ese poder que no permite desarrollar en igualdad de circunstancias las potencialidades del individuo.

 

 

En la teoría clásica de la democracia la opresión es la consecuencia política de la guerra. Lo que ha alimentado el derecho político han sido siempre las limitaciones al abuso de poder del soberano que representa a una clase dominante. En la teoría del contrato social esbozaba por Rousseau, Hobbes, entre otros autores, el poder es considerado como un derecho que cada individuo posee como un bien, que puede transferir y enajenar total o parcialmente mediante un acto jurídico. El poder es un atributo concreto que todo individuo posee y que cede al soberano para constituir el poder político.

 

La legitimidad del contrato o la ley que da sustento al poder del soberano en la teoría jurídica clásica se apoya en la idea de que los súbditos o ciudadanos seden sus derechos mediante un contrato para convertirse en sujetos de un poder que ellos mismos ayudaron a construir. Esto en base a sus intereses, deseos y aspiraciones generados por consenso como sociedad. Cuando este derecho se ejerce sin atender a esos intereses, deseos y aspiraciones, el poder se torna ilegitimo volcándose en ejercicio autoritario del poder.

 

Entonces, si la guerra es una relación social permanente entre dominados y dominadores, y la base de las relaciones de poder, según el discurso de Foucault, las instituciones de poder como la ley nacen de los conflictos, de la lucha, de la guerra que continua viva después del establecimiento de los Estado. Ese discurso se encuentra en la mayoría de los teóricos de la ciencia política desde la antigüedad hasta nuestros días, donde se ha manifestado hasta el cansancio que la ley es la forma de regular los conflictos. Para los antiguos germanos el derecho es la forma ritual de la guerra. En el derecho germánico supone que la ley es una forma reglamentada de conducir la guerra entre los individuos y de encadenar los actos de venganza, es pues una forma reglamentada de hacer la guerra [vii].

 

Los antiguos romanos, de donde deriva nuestra tradición jurídica, reconocían que la ley deviene del conflicto. La organización de la antigua Roma se sustentaba en la lucha del senado (la aristocracia) y los tribunos (el pueblo) agrupados por un consenso que se generaba a través de la ley, lo que supone el conflicto previo entre casta o clases sociales. Por lo que dentro de la paz de las relaciones civiles, las luchas políticas, los enfrentamientos con respecto al poder en un sistema político deberían interpretarse como la secuela de la guerra. La ley nace, dice Foucault, de los conflictos de la lucha, de la guerra que subyace después del establecimiento de los Estados.

 

En las sociedades modernas con nuestro sistema político y el modelo representativo se ha perdido ese sentido de pertenencia a ciertas castas o gremios que arropaban al individuo contra los embates del poder. Ahora esos ropajes se han diluido aumentando la capacidad de control de los actores políticos sobre los ciudadanos. La supuesta libertad del individuo y su inclusión en el modelo representativo lo ha reducido todo a lo electoral, a su creciente mercantilización y a la frivolidad de sus contenidos. Ahora podemos observar un culto al personaje, al símbolo, a los colores, al triunfo electoral, sin importar la extracción social o el partido del candidato.

 

Al término de la guerra fría, en América latina, se presento una crisis de las ideologías que facilito la desmovilización y bloqueo de actores sociales que pudieran expresarse social y políticamente: la política se convirtió en una cuestión esencialmente practica, sin referentes valorativos[viii]. Así nuestro sistema electoral se convirtió en el espacio donde se regula una competencia electoral que penetra al interior de los partidos afectando muchos aspectos de la lucha política, incluyendo el modelo ideológico y las identidades colectivas que los partidos apoyan en sus estatutos. El más claro indicador de esta afectación de las identidades y modelos ideológicos son las alianzas o coaliciones de naturaleza totalmente opuesto.

 

Pero lo que me interesa resaltar ahora es cómo se han diluido las identidades que debían ser representadas por los actores políticos, lo que ha generado un ejercicio de la política donde esas identidades han venido a ser sustituidas por el mercado y capturadas por la clase política. Ha quedado atrás el antiguo modelo de democracia donde la ciudadanía participaba en la construcción de las decisiones, vaciando a la política de los contenidos que le dieron identidad al espacio público durante siglos y donde ahora, las opciones transitan entre una marca y otra, más allá de las propuestas que deberían profundizar en las perspectivas que determinaran nuestro futuro.

 

Esto obedece a una sobre simplificación de lo político donde todo se reduce a las marcas: azul o amarillo, izquierda o derecha, fresas o nacos, bueno o malos, y el colmo, bonitos o feos. Estos esquemas desproveen a la política de sus contenidos valorativos generando una polarización social muy difícil de superar. México padece una especie de esquizofrenia política en donde las pasiones dominan lo que debía estar guiado por la racionalidad. Espacios de deliberación donde se deberían regular los conflictos se encuentran dominados por la lógica de las pasiones guiadas por intereses económicos, por dogmas y enconos personales, lo que crea una parálisis política que nos enfrenta con el fantasma del totalitarismo.

 

El filosofo francés Gilles Lipovetsky, señala que en nuestra época se está gestando la segunda revolución individualista que ha vivido la humanidad (tras la que tuvo lugar en el siglo XVIII). La muerte de las clases sociales, de los grupos religiosos y políticos que guiaban los comportamientos, el hombre hipermoderno está solo. Disfruta de un individualismo hedonista y bulímico, pero vive angustiado por la ausencia de referencias, consume para ser más feliz[ix]. La vida política de nuestro país no escapa a esa lógica de consumo irracional.

 

Para el antropólogo social Roger Bartra, estos arrebatos emocionales devienen de conflictos derivados de la contienda electoral, lo que redunda en posturas absolutas con las que resulta prácticamente imposible generar consensos. El ejercicio de la política debe dejar atrás la lucha electoral y convertirse en el espacio de creación de consensos, de acercamiento de posiciones en el que todas las partes estén incluidas y dispuestas a dialogar. Pero claro, esto no sería redituable en un contexto donde la política se presenta como un producto en donde el ciudadano es un consumidor más de una marca, en donde lo que se vende es la confrontación y los descalificativos más que los acuerdos y las propuestas. La política mexicana no ofrece el panorama propio de las democracias modernas, donde el sistema de partidos funciona con una cierta coherencia y una relativa armonía[x].

 

La lógica de la lucha política en México consiste en la obtención, permanencia y disfrute del poder. Han quedado atrás las identidades colectivas para darle vida al nuevo monstruo de las democracias representativas “la clase política”. En nuestro país después de la alternancia política, la toma de decisiones ha sido capturadas por un puñado de políticos que trabajan en un horizonte de expectativas que no ve más allá de las próximas elecciones, alejando cada vez más el modelo representativo de la ciudadanía y generando un ejercicio ilegítimo del poder.

 

Por otro lado, en nuestro país todavía no se consolida una nueva cultura cívica democrática que estabilice el sistema de partidos. La ciudadanía, en su gran mayoría peca de ingenua, pues hasta ahora no ha sabido utilizar a la democracia electoral como mecanismo para conquistar otros derechos, se ha contentado con delegar el poder a la clase política esperado a que llegue un mesías a arreglar las cosas desde arriba. La ciudadanía debe aprender a fiscalizar a las autoridades mediante los contrapesos del poder político que le confiere el equilibrio de poderes que genera la alternancia, acompañado de un modelo efectivo de transparencia y rendición de cuentas. Hasta ahora la sociedad civil sigue padeciendo la condición de súbdito del soberano que caracterizaba a la ciudadanía de la edad media.

 

Ha quedado atrás la vigencia de los polos izquierda- derecha sustituido ahora, por los polos democracia-autoritarismo [xi]. La clase política se ha apoderado de los mecanismos de control de la sociedad erigiéndose en el nuevo enemigo de la ciudadanía, en una guerra en la que sin darnos cuenta estamos ya todos involucrados. Desde la óptica de Foucault esta guerra estalló hace algunos años y nos afecta a todos por igual. México debe vivir ya su tercera insurrección, la cual por su naturaleza debe dejar fuera a los caudillos y mantenerse alejada de las armas. Es la ciudadanía quien debe librar la batalla contra la clase política, la cual debe tomar en sus manos la construcción de su propio destino a través del cabildeo de los intereses colectivos, haciendo uso del equilibrio de poderes, de un modelo efectivo de transparencia y rendición de cuentas, de la movilización de todos los actores sociales y la independencia de los medios de comunicación, lo que deberá servir de base para exponer los errores de la clase gobernante. Esta sociedad civil debe representar la pluralidad de toda la población, donde ningún grupo social tendría un derecho de totalidad o exclusividad, una sociedad plural que funcione a manera de cabildero de sus propios intereses a través de organizaciones no gubernamentales que integren el corredor crítico que estabilice la política.

 

[1] Foucault Michel. Defender la sociedad. Curso del collage de france. (1975-1976) fondo de cultura económica. P. 28

[i] Ibid.

[ii] Militar prusiano, uno de los más influyentes historiadores y teóricos de la ciencia militar moderna. Es conocido principalmente por su tratado “De la guerra”, en el que aborda durante ocho volúmenes un análisis sobre los conflictos armados, desde su planteamiento y motivaciones hasta su ejecución, abarcando comentarios sobre táctica, estrategia e incluso filosofía.

[iii] Ibid.

[iv] Platón, La República (Libro I 327a-354a; Libro II 357a-369a; Libro III 412a-417a; Libro V 449a-469c; Libro VII 514a-521e; y Libro VIII 543c-562a).

[v] La verdad y las formas jurídicas. Foucault Michel.

[vi] Correas, Oscar. Kelsen y los marxistas.

[vii] La verdad y las formas jurídicas. Foucault Michel.

[viii] Zapata, Francisco. La cuestión democrática en la izquierda latinoamericana: Del dilema izquierda-Derecha al dilema Democracia autoritarismo.

[ix] Lipovetsky, Gilles. La era del vacío.

[x] Bartra, Roger. La Sombra del Futuro. Letras libres.

[xi] Ibid.

Comentarios

1 - - 29/05/2011 10:56
Hoy es posible evitar las guerras institucionalizando las diferencias de avance espiritual entre las clases. Hay un libro que contiene una teoría del Estado con ese objetivo: http://www.objet.com/NEWS_EVENTS/Press_Releases/Objet_3D_Printers_at_National_Manufacturing_Week/
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