Por Mario Aníbal Bravo
La Historia de la humanidad se ha
dividido siempre entre oprimidos y opresores. Desde que se tiene memoria han
existido amos y esclavos, señores y siervos, hacendados y campesinos, obreros y
capitalistas, entre otros. Las sociedades modernas no escapan a la lógica de la
dominación. Las clases dominantes siempre han encontrado la manera de mantener
sometida al resto de la población, ya sea a través de la fuerza física, el
control económico, hasta el velado dominio de la ley, la religión y la cultura.
Para Michel Foucault toda sociedad está
constituida en base a hechos violentos, perpetrados en las guerras de conquista
que derivaron en la opresión de una raza sobre otra. El sociólogo francés
argumentaba que la guerra es una relación social permanente que se gesta entre
dominantes y dominados y que constituye la base de las instituciones y las
relaciones de poder de nuestra sociedad[i]. Para Foucault los mecanismos de poder
son y funcionan esencialmente en esta relación de fuerzas, y este ejercicio del
poder, es la guerra proseguida por otros medios, invirtiendo la proposición de
Clusewitz [ii] quien señala que la guerra es la continuación de la política por
otros medios.
Pero ¿qué tiene que ver la guerra con
los procesos electorales y los discursos que emiten los políticos por
televisión? Foucault infiere esta relación de guerra del hecho de que, si bien
es cierto el poder político es capaz de establecer la paz en la sociedad,
también es capaz de desatar una guerra, por lo que la idea del conflicto de
fuerzas se encuentra siempre latente[1]. En esta hipótesis el papel del poder
político sería reinscribir perpetuamente esa relación, por medio de una especie
de guerra silenciosa, a través de las instituciones, las desigualdades
económicas, el lenguaje y hasta en los cuerpos de unos y de otros mediante el
poder normalizador que tiene los mecanismos disciplinarios.
Pero ¿como sucede esto? Según Foucault,
después de la expansión europea, mediante las guerras de conquistas, los
invasores ejercieron el poder a través de las armas. Privando a los pueblos
colonizados de las suyas, vencer a alguien era privarlo de sus armas, por lo
que los conquistadores tomaron en sus manos la administración de los litigios
que mas tarde se institucionalizaron en ley, la cual también fue absorbida y
administrada por los conquistadores y sus descendientes[iii]. Es así como se da
la correspondencia entre poder y saber. Detrás de todo saber o conocimiento lo
que esta en juego es la lucha por el poder. El poder político no está ausente
del saber, por el contrario, está tramado con este, o ¿a caso no son siempre
los expertos los que deciden? Es la tensión existente entre la aristocracia de
los expertos contra la democracia popular que la representatividad a intentado
reconciliar.
Platón en su obra “La república”
planteaba la idea de que el saber político es un saber privilegiado y exclusivo
de quienes ejercen el poder[iv]. En los siglos VI y VII el tirano era el hombre
del saber, aquel que dominaba tanto por el poder que ejercía como por el saber
que poseía; el rey y quienes lo rodeaban administraban un saber que no podía y
no debía ser comunicado a los demás grupo sociales[v].
Este poder institucionalizado se
convierte en la regla, en una norma que disciplina y reprime todo saber no
institucionalizado, por lo tanto, el instinto y la naturaleza humana, así como
las identidades de los pueblos colonizados, quedan relegados. La disciplina
excluye y reprime, elimina y sanciona a los que no son iguales o no entran
dentro de los cánones establecidos por la norma. El maestro Oscar Correas
señala que el otorgamiento de sentido es siempre un acto de dominio, quien da
sentido tiene el poder. En el caso del derecho, quien está en condiciones de
formular la norma, y más aun si está en condiciones de reprimir conductas
contrarias, ejerce la dominación sobre los otros[vi]. Pero esto no funciona
solo en el derecho, sino que se ve también en la educación, en el lenguaje, en los
hábitos alimenticios y hasta en las preferencias sexuales.
El Estado moderno actúa a través de una
variedad de instituciones, normas, reglamentos, decisiones, estatutos y
ordenanzas que lo vuelven denso y extendido. Es decir, que cada vez existen
menos vacíos de regulación en la vida social y su alcance se extiende a las
esferas más intimas y personales del ciudadano, diciéndonos qué es lo que está
bien y qué es lo que no lo está. En contrapartida muy pocos participan en la
construcción del contenido de estas regulaciones lo que nos hace presa fácil de
una arbitrariedad.
El caso de México es un ejemplo
paradigmático de un país colonizado donde una raza sometió, se apoderó de los
bienes materiales e impuso su forma de vida y visión del mundo a sus pobladores
originales. Esta situación se ha venido reproduciendo desde entonces gracias a
que quienes escribieron las reglas del juego las diseña siempre para su
beneficio, lo que se hace evidente en las relaciones de dominación que ejercen
quienes detenta el poder político en contra de la población civil y que se
pretende justificar con la razón política, que en teoría busca fuentes
legitimas de poder. Esto sucede con el propósito de establecer fuentes de
autoridad para justificar las formas de dominación que perpetúa el estado de
opresión que ha prevalecido en la población desde la época de la colonia.
La historia reciente nos ha dado
innumerables muestras de esto con la enorme cantidad de guerras desatadas por
motivos étnicos en todo el mundo, incluyendo el caso de México con el
levantamiento Zapatista que evidenció las condiciones de vida de los indígenas
chiapanecos y de otro tanto de millones de marginados en todo el país que
padecen los efectos de la opresión de ese poder que no permite desarrollar en
igualdad de circunstancias las potencialidades del individuo.
En la teoría clásica de la democracia la
opresión es la consecuencia política de la guerra. Lo que ha alimentado el
derecho político han sido siempre las limitaciones al abuso de poder del
soberano que representa a una clase dominante. En la teoría del contrato social
esbozaba por Rousseau, Hobbes, entre otros autores, el poder es considerado
como un derecho que cada individuo posee como un bien, que puede transferir y
enajenar total o parcialmente mediante un acto jurídico. El poder es un
atributo concreto que todo individuo posee y que cede al soberano para
constituir el poder político.
La legitimidad del contrato o la ley que
da sustento al poder del soberano en la teoría jurídica clásica se apoya en la
idea de que los súbditos o ciudadanos seden sus derechos mediante un contrato
para convertirse en sujetos de un poder que ellos mismos ayudaron a construir.
Esto en base a sus intereses, deseos y aspiraciones generados por consenso como
sociedad. Cuando este derecho se ejerce sin atender a esos intereses, deseos y
aspiraciones, el poder se torna ilegitimo volcándose en ejercicio autoritario
del poder.
Entonces, si la guerra es una relación
social permanente entre dominados y dominadores, y la base de las relaciones de
poder, según el discurso de Foucault, las instituciones de poder como la ley
nacen de los conflictos, de la lucha, de la guerra que continua viva después
del establecimiento de los Estado. Ese discurso se encuentra en la mayoría de
los teóricos de la ciencia política desde la antigüedad hasta nuestros días,
donde se ha manifestado hasta el cansancio que la ley es la forma de regular
los conflictos. Para los antiguos germanos el derecho es la forma ritual de la
guerra. En el derecho germánico supone que la ley es una forma reglamentada de
conducir la guerra entre los individuos y de encadenar los actos de venganza,
es pues una forma reglamentada de hacer la guerra [vii].
Los antiguos romanos, de donde deriva
nuestra tradición jurídica, reconocían que la ley deviene del conflicto. La
organización de la antigua Roma se sustentaba en la lucha del senado (la
aristocracia) y los tribunos (el pueblo) agrupados por un consenso que se
generaba a través de la ley, lo que supone el conflicto previo entre casta o
clases sociales. Por lo que dentro de la paz de las relaciones civiles, las
luchas políticas, los enfrentamientos con respecto al poder en un sistema
político deberían interpretarse como la secuela de la guerra. La ley nace, dice
Foucault, de los conflictos de la lucha, de la guerra que subyace después del
establecimiento de los Estados.
En las sociedades modernas con nuestro
sistema político y el modelo representativo se ha perdido ese sentido de
pertenencia a ciertas castas o gremios que arropaban al individuo contra los
embates del poder. Ahora esos ropajes se han diluido aumentando la capacidad de
control de los actores políticos sobre los ciudadanos. La supuesta libertad del
individuo y su inclusión en el modelo representativo lo ha reducido todo a lo
electoral, a su creciente mercantilización y a la frivolidad de sus contenidos.
Ahora podemos observar un culto al personaje, al símbolo, a los colores, al
triunfo electoral, sin importar la extracción social o el partido del
candidato.
Al término de la guerra fría, en América
latina, se presento una crisis de las ideologías que facilito la
desmovilización y bloqueo de actores sociales que pudieran expresarse social y
políticamente: la política se convirtió en una cuestión esencialmente practica,
sin referentes valorativos[viii]. Así nuestro sistema electoral se convirtió en
el espacio donde se regula una competencia electoral que penetra al interior de
los partidos afectando muchos aspectos de la lucha política, incluyendo el
modelo ideológico y las identidades colectivas que los partidos apoyan en sus
estatutos. El más claro indicador de esta afectación de las identidades y
modelos ideológicos son las alianzas o coaliciones de naturaleza totalmente
opuesto.
Pero lo que me interesa resaltar ahora
es cómo se han diluido las identidades que debían ser representadas por los
actores políticos, lo que ha generado un ejercicio de la política donde esas
identidades han venido a ser sustituidas por el mercado y capturadas por la
clase política. Ha quedado atrás el antiguo modelo de democracia donde la
ciudadanía participaba en la construcción de las decisiones, vaciando a la
política de los contenidos que le dieron identidad al espacio público durante
siglos y donde ahora, las opciones transitan entre una marca y otra, más allá
de las propuestas que deberían profundizar en las perspectivas que determinaran
nuestro futuro.
Esto obedece a una sobre simplificación
de lo político donde todo se reduce a las marcas: azul o amarillo, izquierda o
derecha, fresas o nacos, bueno o malos, y el colmo, bonitos o feos. Estos
esquemas desproveen a la política de sus contenidos valorativos generando una
polarización social muy difícil de superar. México padece una especie de
esquizofrenia política en donde las pasiones dominan lo que debía estar guiado
por la racionalidad. Espacios de deliberación donde se deberían regular los
conflictos se encuentran dominados por la lógica de las pasiones guiadas por
intereses económicos, por dogmas y enconos personales, lo que crea una
parálisis política que nos enfrenta con el fantasma del totalitarismo.
El filosofo francés Gilles Lipovetsky,
señala que en nuestra época se está gestando la segunda revolución
individualista que ha vivido la humanidad (tras la que tuvo lugar en el siglo
XVIII). La muerte de las clases sociales, de los grupos religiosos y políticos
que guiaban los comportamientos, el hombre hipermoderno está solo. Disfruta de
un individualismo hedonista y bulímico, pero vive angustiado por la ausencia de
referencias, consume para ser más feliz[ix]. La vida política de nuestro país
no escapa a esa lógica de consumo irracional.
Para el antropólogo social Roger Bartra,
estos arrebatos emocionales devienen de conflictos derivados de la contienda
electoral, lo que redunda en posturas absolutas con las que resulta
prácticamente imposible generar consensos. El ejercicio de la política debe
dejar atrás la lucha electoral y convertirse en el espacio de creación de
consensos, de acercamiento de posiciones en el que todas las partes estén
incluidas y dispuestas a dialogar. Pero claro, esto no sería redituable en un
contexto donde la política se presenta como un producto en donde el ciudadano
es un consumidor más de una marca, en donde lo que se vende es la confrontación
y los descalificativos más que los acuerdos y las propuestas. La política
mexicana no ofrece el panorama propio de las democracias modernas, donde el
sistema de partidos funciona con una cierta coherencia y una relativa
armonía[x].
La lógica de la lucha política en México
consiste en la obtención, permanencia y disfrute del poder. Han quedado atrás
las identidades colectivas para darle vida al nuevo monstruo de las democracias
representativas “la clase política”. En nuestro país después de la alternancia
política, la toma de decisiones ha sido capturadas por un puñado de políticos
que trabajan en un horizonte de expectativas que no ve más allá de las próximas
elecciones, alejando cada vez más el modelo representativo de la ciudadanía y
generando un ejercicio ilegítimo del poder.
Por otro lado, en nuestro país todavía
no se consolida una nueva cultura cívica democrática que estabilice el sistema
de partidos. La ciudadanía, en su gran mayoría peca de ingenua, pues hasta
ahora no ha sabido utilizar a la democracia electoral como mecanismo para
conquistar otros derechos, se ha contentado con delegar el poder a la clase
política esperado a que llegue un mesías a arreglar las cosas desde arriba. La
ciudadanía debe aprender a fiscalizar a las autoridades mediante los
contrapesos del poder político que le confiere el equilibrio de poderes que
genera la alternancia, acompañado de un modelo efectivo de transparencia y
rendición de cuentas. Hasta ahora la sociedad civil sigue padeciendo la
condición de súbdito del soberano que caracterizaba a la ciudadanía de la edad
media.
Ha quedado atrás la vigencia de los
polos izquierda- derecha sustituido ahora, por los polos democracia-autoritarismo
[xi]. La clase política se ha apoderado de los mecanismos de control de la
sociedad erigiéndose en el nuevo enemigo de la ciudadanía, en una guerra en la
que sin darnos cuenta estamos ya todos involucrados. Desde la óptica de
Foucault esta guerra estalló hace algunos años y nos afecta a todos por igual.
México debe vivir ya su tercera insurrección, la cual por su naturaleza debe
dejar fuera a los caudillos y mantenerse alejada de las armas. Es la ciudadanía
quien debe librar la batalla contra la clase política, la cual debe tomar en
sus manos la construcción de su propio destino a través del cabildeo de los
intereses colectivos, haciendo uso del equilibrio de poderes, de un modelo
efectivo de transparencia y rendición de cuentas, de la movilización de todos
los actores sociales y la independencia de los medios de comunicación, lo que
deberá servir de base para exponer los errores de la clase gobernante. Esta
sociedad civil debe representar la pluralidad de toda la población, donde
ningún grupo social tendría un derecho de totalidad o exclusividad, una
sociedad plural que funcione a manera de cabildero de sus propios intereses a
través de organizaciones no gubernamentales que integren el corredor crítico
que estabilice la política.
[1] Foucault Michel. Defender la
sociedad. Curso del collage de france. (1975-1976) fondo de cultura económica.
P. 28
[i] Ibid.
[ii] Militar prusiano, uno de los más
influyentes historiadores y teóricos de la ciencia militar moderna. Es conocido
principalmente por su tratado “De la guerra”, en el que aborda durante ocho
volúmenes un análisis sobre los conflictos armados, desde su planteamiento y
motivaciones hasta su ejecución, abarcando comentarios sobre táctica,
estrategia e incluso filosofía.
[iii] Ibid.
[iv] Platón, La República (Libro I
327a-354a; Libro II 357a-369a; Libro III 412a-417a; Libro V 449a-469c; Libro
VII 514a-521e; y Libro VIII 543c-562a).
[v] La verdad y las formas jurídicas.
Foucault Michel.
[vi] Correas, Oscar. Kelsen y los
marxistas.
[vii] La verdad y las formas jurídicas. Foucault Michel.
[viii] Zapata, Francisco. La cuestión
democrática en la izquierda latinoamericana: Del dilema izquierda-Derecha al
dilema Democracia autoritarismo.
[ix] Lipovetsky, Gilles. La era del
vacío.
[x] Bartra, Roger. La Sombra del Futuro.
Letras libres.
[xi] Ibid.