Marc Augé propuso una
antropología de los mundos contemporáneos que, gracias a la vigencia de la
imprenta en la era de Internet, llega a cualquier desprevenido lector para
hacerle ver un mundo en el que en poco espacio coexisten tiempos históricos
distantes
...
Alguna vez escribí un
sarcasmo a propósito de Fernando Savater y ese afán suyo por bajar a tierra,
poner al alcance del lego materias que se suponen de antemano no estar al
alcance del hombre común como la filosofía, por ejemplo. Confieso que cada vez que
me acuerdo, me visita cierto arrepentimiento de cara a la obra del celebrado
autor dePolítica para Amador y Ética para Amador. Fue
un tremendismo de mi parte, más si tomo en cuenta que tengo su aleccionador Diccionario
filosófico profusamente subrayado.
Pasa que uno se deja
llevar por cierto impostado elitismo, un atávico escolasticismo que tiene más
de pose que otra cosa; o tal vez no sea más que una defensa –tan mezquina como
inútil—frente a la floreciente vulgaridad del día a día. Pagarla con Savater
que ahora lo veo como un verdadero guardián del saber, es un despropósito.
Savater
es un creyente de la educación, ganado a la idea de que cualquier ser humano
puede ser mejorado a través del saber acumulado y procesado a lo largo de la
historia: “No hay educación si no hay verdad que transmitir, si
todo es más o menos verdad, si cada cual tiene su verdad igualmente respetable
y no se puede decidir racionalmente entre tanta diversidad”.
La
cita corresponde no obstante a una de las mayores dificultades que la educación
confronta en la era de Internet, a la hora de transmitir una verdad
consensuada, como por ejemplo, que los Derechos Humanos no admiten
relativización ni autoderminación.
Más
allá del claustro
Desde
que Gutenberg hiciera funcionar su invento, los altos saberes se propagaron más
allá de monasterios y claustros. La imprenta con el paso de los siglos puso al
alcance de públicos muy amplios una información que antes circulaba poco. En el
siglo XIX, la literatura llega a la masa y florecen géneros para muchos
desdeñables como el folletín. Pero, la gente leía cada vez más y eso dio pie a
una industria editorial de altísima penetración.
La
aparición de los medios masivos audiovisuales tal vez haya significado una
merma de públicos para la industria editorial, pero fueron de la mano hasta no
hace mucho. Ahora, la irrupción de Internet pone en juego el papel del libro
como vehículo de la cultura por excelencia, a la vez que proporciona como nunca
antes la posibilidad de acceder a la información –además en tiempo real—y dar
pie a lo que han dado en llamar la sociedad del conocimiento.
Brechas
y acronías
Gracias
a la industria editorial, el lego pudo acceder a disciplinas enclaustradas como
la filosofía y las ciencias sociales. Recientemente, ojeaba un libro del
antropólogo francés, Marc Augé, Hacia una antropología de los mundos
contemporáneos (Gedisa, 2006).
Cualquier
lector desprevenido puede avanzar a través de las páginas de este título en un
saber que ya no se corresponde con la imagen idílica del antropólogo como un
misionero alejado en tribus remotas detenidas en el tiempo.
Precisamente,
en este libro Augé alecciona sobre “el espacio histórico de la antropología y
el tiempo antropológico de la historia”.
Lo
que este humilde redactor desprende de estas categorías es la sensación que se
experimenta al viajar por una autopista interurbana y súbito ingresar al
pasado. Esta experiencia podría corresponder a lo que el aludido pensador
denomina “encogimiento del planeta”, en un mundo sujeto a la “aceleración de la
historia”.
Un
aborigen de la Amazonia levanta la vista y atisba algo que semeja las aves que
ve todos los días pero truena como una tormenta: es el avión en el que viaja la
historia que hasta ahora ha transcurrido lejos de la selva, pero ya no tan
lejos al ser sobrevolada por una nueva ruta de la aeronáutica comercial.
Ese
avión ira a aterrizar al aeropuerto de una ciudad del siglo XXI, a unos miles
de kilómetros de la fronda amazónica (vale decir, no muy lejos desde que el
avión existe) Del avión bajará el ejecutivo de una corporación trasnacional de
la informática. Se sentará en una sala acondicionada VIP en espera de un
trasbordo. Es esta sala lo que Augé llama un no-lugar. Cerca del ejecutivo
trasnacional, espera un próspero mercader de telas que ha heredado su oficio de
varias generaciones, vale decir, poco ha cambiado en su familia en el último
siglo. Ambos poseen un teléfono inteligente. El uso que le dé cada cual puede
establecer la brecha histórica en un mismo espacio, una acronía. No se trata de
que uno aventaje a otro: son dos tiempos de la historia en un mismo lugar y
circunstancia.