José Emilio Pacheco (México,
1939) aceptó el Premio Cervantes en 2009, con el que se le reconoce su obra
literaria que abarca casi todos los géneros. Se trata de uno de los grandes
renovadores de la poesía en lengua hispana, que en su momento supo cantarle al
mar, visitar sus habitantes y atender a sus quejas
...
“Casi todos los escritores somos,
a querer o no, miembros de una orden mendicante. No es culpa de nuestra vileza
esencial sino de un acontecimiento ya bimilenario que tiende a agudizarse en la
era electrónica”, dijo José Emilio Pacheco en su discurso de aceptación (y aquí
la palabra “aceptación” resuena lata; pronuncia su significado total) del
Premio Cervantes 2009. Aceptar es de novias, es sucumbir.
José Emilio aceptó, a su pesar y
merecidamente, él que es uno de los más grandes renovadores de la poesía en
lengua española de la segunda mitad del siglo pasado.
Llega a mis manos un librito que
una amiga me trae como obsequio de un viaje a México: Los trabajos del mar(Ediciones Era, 2007) de José Emilio Pacheco,
una edición modestísima, en cuyas páginas aguardan varias suites de poemas del
mexicano (opto por la categoría musical de suite, puesto que detesto la palabra
“poemario”, que rima consonante con dromedario y todos los que quisieron ser
poetas y no lo fueron pese a haber publicado mucho más de un poemario por
cuenta propia –esas vanidosísimas ediciones de autor--cuando no por la
indulgencia de alguna Casa de la Cultura municipal)
La cita
que inicia estas líneas es de esos pensamientos con los que uno amuebla la
siempre desamoblada existencia de quien quiera con talento y honestidad ejercer
la escritura.
José
Emilio Pacheco no es un optimista. Ningún poeta verdadero lo es, aunque eso no
excluye la esperanza que es un atavismo. Y hay en la poesía de este mexicano un
tono terminal, de belleza terminal. Un poema breve, un carnet, un apunte casi: “Mis
paginitas, ángel de la guardia, fe/ de las niñeces antiquísimas, no pueden,
nada logran, son inútiles/contra el horror creciente de este mundo./ Y en dónde
yace la esperanza, de dónde/ va a levantarse el día que sepulte/la noche
nuestra interminable y doliente”.
El mar reclama
En los
años sesenta, el crítico cubano Roberto Fernández Retamar empezó a hablar de
“poesía conversacional” para referirse a una tendencia que se decantaba de las
vanguardias, pero ya despojada de todo aspaviento experimental. El término lo
dice: se trata de una poesía que se aleja de la prosodia y la métrica en busca
de un tono coloquial, hablado, como de conversación.
No han
faltado quienes han visto en esta poesía renovada el atajo a las dificultades
de la versificación, los tercetos y sus rimas, la exigente notación de
octosílabos y alejandrinos de la poesía canónica. Pero, no. Al librarla de la
forma preceptiva, lo conversacional establece una franja aun mucho más sutil
entre lo que es y no es poesía.
En ese
límite es que Pacheco aparece como el gran maestro, cuando por ejemplo en el
libro citado le habla a un pulpo como a un viejo y admirado amigo, cuando
parodia un decir popular como es el de “la inmortalidad del cangrejo” para
otorgarle una profundidad oceánica: “Y de inmortalidades sólo creo/ en la tuya,
cangrejo amigo/Te aplastan te echan en agua hirviendo, inundan tu casa/Pero la
represión y la tortura/ de nada sirven…el cangrejo inmortal/toma la playa”.
En Los trabajos del mar, el poeta contempla
con terror y ternura al gigante oceánico, exiliado de la tierra, de la que una
vez fuese su amo absoluto, y ahora reclama su lugar con furia inusitada:
inundaciones, tormentas, anegaciones, el tsunami masivo y letal; ese vengativo
prisionero de los puertos: “El mar bullente en el calor de la noche/el mar que
lleva adentro su cólera,/ el mar sepulcro de las letrinas del puerto(…) No hay olas
en este mar encadenado”.
En lo que
va de año y a partir de que aceptara el Premio Cervantes, las ediciones y
reediciones del gran escritor mexicano se multiplican y el breve libro que
ocupa estas líneas asoma entre el merecido follaje editorial. Lo escribió entre
1975 y 1983. Mucho antes de la fiebre “verde” (el ambientalismo de última hora)
que ha contagiado apenas muy recientemente a gobiernos, estados y
multinacionales.
Solo el
poeta atendió al planeta doliente hace más de 30 años, a su mar que no deja de
quejarse con su oleaje y pese a todo: “Chartres de hierro, catedral de los
mares/ Cuánto poder y levedad en este puente/ en este triunfo contra el mar
enemigo/que arde allí abajo…el regreso/ de California hasta el rumor de las
aguas”.
¿Cuánto falta para que todo sea el puro rumor de las aguas? Ya en 1983, el poeta advertía, sin pretender ser profeta: “Ya progresamos hacia el fin del mundo”.
Publicado en El Mundo Economía y Negocios
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